LLEGADA DE LA VID AL
PERÚ
Sin asomo de duda, el padre Bernabé Cobo afirmaba: “La planta más
provechosa y necesaria que los españoles han traído y plantado en este Nuevo
Mundo es la vid”;¹ y a renglón seguido referirá del Perú: “donde primero se
plantaron parras en él y se dieron uvas fue en esta ciudad de Lima, a la cual
el primero que trajo y plantó la vid fue uno de sus primeros pobladores,
llamado Hernando de Montenegro; y el primer año que cogió abundancia de uvas
para vender fue el de 1551, y se las puso al licenciado Rodrigo Niño, que a la
sazón era fiel ejecutor, a medio peso de oro la libra, que montaba entonces
doscientos y veinticinco maravedices. El cual precio pareció tan bajo al dicho
Montenegro para la estimación que se tenía en aquel tiempo de fruta tan nueva y
regalada, que, como de agravio manifiesto que se le hacía, apeló a la Real
Audiencia”.²
Esta referencia del padre Cobo contrasta con la que hace Garcilaso
de la Vega, quien afirma que la vid llegó al Perú traída por el toledano
Francisco de Caravantes, “antiguo conquistador de los primeros del Perú”. Las
cepas, según refiere, fueron de uva prieta, recogidas en las Islas Canarias.
Por otra parte informa que el primer vino producido en el Perú fue elaborado en
el Cusco, en el año de 1560, en la hacienda Marcahuasi, propiedad de Pedro
López de Cazalla. La uva fue pisada en artesa, a falta de lagar. Al decir de
Garcilaso, Cazalla fue movido a elaborar el primer vino, más por “la honra y
fama de haber sido el primero que en el Cuzco hubiese hecho vino de sus viñas”
que por “la codicia de los dineros de la joya” (dos barras de plata de
trescientos ducados cada una), “que los Reyes Católicos y el Emperador Carlos
Quinto habían mandado se diese de su real hacienda al primero que en cualquier
pueblo de españoles sacase fruto nuevo de España, como trigo, cebada, vino y
aceite en cierta cantidad”.³ Antes de Cazalla se elaboraba un vino “no del todo
tinto”, según el decir de Garcilaso, de muy baja calidad y al que se dio el
nombre de aloque o aloquillo.
Tal traslado de la viticultura a tierras del Nuevo Mundo, tuvo sus
razones. Fue expresión, por un lado, del alto aprecio de los españoles por la
vid y sus productos, y, por otro, de la necesidad de vinos ligada a la liturgia
católica. O, también, según refiere Garcilaso, “porque las ansias que los
españoles tuvieron por ver cosas de su tierra en las Indias han sido tan
boscosas y eficaces, que ningún trabajo se les ha hecho grande para dejar de
intentar el efecto de su deseo”. Así, durante las etapas iniciales de su
expansión por tierras del nuevo continente, España estimuló la siembra de la
vid en sus colonias, tal como lo indica una ordenanza del año 1522, promulgada
por la Casa de Contratación de Sevilla, y en la cual se manda “que todos los
barcos que salgan hacia el Nuevo Mundo, deberán llevar cepas”.
La vid como que germinó en tierra propicia, y fue tan exitosa su
suerte que muy pronto su cultivo se extendió por casi toda la superficie del
virreinato del Perú. Especialmente en Ica y Moquegua, donde se la cultivó en
gran escala, convirtiéndose tales zonas en los más importantes centros de
producción vitivinícola del país.
En la Crónica del Perú,⁴ publicada en 1553 y que puede ser considerada
como la más antigua fuente que informa acerca de la producción de vid en el
país, su autor, el soldado Pedro de Cieza de León refiere que vio viñas en San
Miguel de Piura, Pacasmayo, Santa, Chincha y León de Huánuco; las parras, según
dice, se aclimataron tan bien que por todo lugar propicio se las encontraba y
que por todo poblado donde hubiera españoles existían cultivos de vid.
Según testimonios de época, a mediados del siglo XVII la viticultura
no sólo estaba muy difundida, sino que ya se cosechaba gran variedad de uvas:
mollar, albilla, moscatel, blanca, negra y, como informa Cobo, “otras dos o
tres diferencias de ellas”.
Cobo da cuenta también del éxito y extensión
de la vid en el Nuevo Mundo: “Ha cundido ya esta planta por todas las Indias, y
principalmente por este reino [del Perú], de manera que en muchas partes hay
grandes pagos de viñas, y algunas tan cuantiosas que dan de quince a veinte mil
arrobas de mosto; y de sólo el vino que se cosecha (vendimia) en el
corregimiento de Ica.
Notas / Referencias bibliográficas
1.
Bernabé Cobo. Historia del Nuevo Mundo [1653]. Madrid, Biblioteca de Autores
Españoles, 1964, tomo I, p. 391. Libro X, cap. XIII. “De la vid”.
2.
Bernabé Cobo. Op. cit., pp. 391-392.
3.
Garcilaso de la Vega. Comentarios reales [1617]. Caracas, Biblioteca Ayacucho,
1976, tomo 2. Libro 9, Cap. XXV, pp. 255-258.
4.
Pedro de Cieza de León. Crónica del Perú [1551]; Madrid, Biblioteca de Autores
Españoles, 1853. Cap. LXXI.

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