miércoles, 15 de julio de 2026

LUGARES PROPICIOS A LA VID

 LUGARES PROPICIOS A LA VID





La Costa1, que se inicia en el litoral, a orillas del mar Pacífico, está conformada por la faja que termina en las estribaciones occidentales de la Cordillera de los Andes. Esta extensa planicie, de ancho variable, es recorrida por pequeños ríos que bajan por la pendiente andina y van a dar a la mar. Tales ríos, de aguas presurosas y periódicas, interrumpen la aridez de la Costa y generan fértiles valles, donde están ubicadas las principales ciudades costeras del Perú.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, el creciente proceso de urbanización ha mermado ostensiblemente las áreas tradicionalmente dedicadas a la agricultura. Sin embargo, en la Costa se han preservado importantes áreas agrícolas, especialmente en los casos en que sus productos han estado asociados a procesos industriales. Así ha ocurrido con el cultivo de la vid en los departamentos de Lima, Ica, Arequipa, Moquegua y Tacna, donde se encuentran las áreas vitivinícolas más amplias del país, tales como: Supe, Pativilca, Barranca, Sayán, Chancay, Huaral, La Esperanza, Carabayllo, Ate, Lurín, Puente Piedra, Pachacamac, Mala, Cañete, Lunahuaná, Pacarán, Zúñiga, Chincha, Pisco, Palpa, Ica, Ingenio, Nazca, Caraveli, Cháparra, Majes, Sihuas, Vítor, Tiabaya, Omate, Moquegua, Cinto, Locumba y Tacna. Si bien estos lugares son los mayores productores de vid, cabe señalar que ésta se cultiva también en algunos valles de la Costa norte, así como en ciertos valles templados de la región andina.
En efecto, las mejores condiciones climáticas para el desarrollo de la actividad vitícola se presentan a partir de Pativilca hasta Tacna. Es en esta faja donde se hallan los viñedos más importantes del país, tanto por su extensión, volumen de producción y calidad de sus productos, como por el desarrollo de las actividades industriales conexas. De toda esta zona, son los valles de Pisco e Ica los que presentan características ecológicas más apropiadas para el desarrollo de la actividad vitícola. Su clima es semicálido y las precipitaciones pluviales son escasas, oscilando entre los 2 mm. anuales en el desierto costanero, y más de 80 mm. en la zona de pie de monte andino. Las temperaturas medias son saludablemente uniformes: sobrepasan los 20°C durante los meses de enero a abril, y no bajan de los 10°C en los meses de mayo a setiembre. La humedad atmosférica en el valle de Ica, presenta promedios inferiores a otros valles de la Costa central, lo cual es altamente favorable para el cultivo de la vid. La insolación promedio anual es superior a las existentes en otros oasis de la Costa, lo que resulta ventajoso para asegurar un alto índice glucométrico de los frutos.
Estos factores climáticos, favorables a la actividad vitícola, se suman a las características topográficas de la región. Las tierras que ocupa el cultivo de la vid en Ica y otros oasis de la Costa central y sur, son uniformes, con pendientes suaves. La composición de los suelos es de la más alta calidad: muy homogénea, de textura media, muy porosa y de buena permeabilidad, permitiendo una adecuada velocidad de infiltración al agua. Su alto contenido de arena hace que los suelos irradien intenso calor por refracción de los rayos solares, especialmente durante el verano, lo que redunda en un mayor contenido de glucosa en las uvas, propiedad favorable para la elaboración de vinos y piscos de óptima calidad.
En los sectores altos de los valles cañetanos de Lunahuaná, Pacarán, Zúñiga, también de Pisco, Chincha y Nazca se presentan inmejorables condiciones para la viticultura, debido a que su clima es similar al descrito para el valle de Ica: la temperatura media anual es de 20.5°C, con un bajo porcentaje de humedad relativa, mínima nubosidad y, en consecuencia, mayor promedio diario de horas de sol. Todos estos factores permiten obtener frutos de un alto índice glucométrico, que puede llegar a ser de 16 grados, óptimo para la elaboración de piscos y vinos generosos.
En la extensión costera que va desde Pativilca hasta Tacna, se cultiva las siguientes variedades de uva: Quebranta, Negra Corriente, Italia, Albilla, Borgoña (Isabella), Malbeck, Alicante Bouchet, Moscatel, Cabernet, Sauvignon, Grenache, Barbera y Chenin (Pinot de la Loire). En menor cuantía, también existen sembríos de Moscato de Hamburgo, Palomino, Semillón Riesling, Cabernet Franc, Carignane, Emperatriz Cardinal, Ruby Cabernet, Pinot Blanc, Alfonso Lavalle (Alphonse Lavalier), Thompson Seedless (Sultanina), Pinot y Rosa del Perú.
De lo dicho se desprende que en la Costa central y sur del Perú, la naturaleza presenta condiciones altamente propicias para el desarrollo de la viticultura. Pero ello es solamente un aspecto que no explica completamente el sostenido impulso de la industria vitivinícola peruana y la calidad de sus productos. El historiador Lorenzo Huertas señala que “la calidad peculiar del vino y del aguardiente se debe no sólo al español que trajo y sembró la vid, sino también al indígena y a su milenaria experiencia en la cerámica y en la preparación de diversos tipos de bebidas espirituosas, y al forastero africano que rápidamente aprendió las técnicas del cultivo de la vid, de la elaboración del vino y que no se quedó atrás en cuanto a la fabricación de piscos y botijas peruleras. El otro factor matriz fue la tierra que acondicionada por climas específicos y requiebros sísmicos, reproducía sus frutos”.2
___________________
1 En este punto se glosa la descripción de la Costa peruana que ofrece el doctor Carlos Peñaherrera del Águila en la obra Geografía General del Perú. Tomo I. Aspectos Físicos. Lima, 1986.
2 Lorenzo Huertas. Op. cit., p. 15.

LA PRIMERA BATALLA POR LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ FUE EN EL CENTRO DE NASCA

 

LA PRIMERA BATALLA POR LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ FUE EN EL CENTRO DE NASCA



La acción de armas por la causa de la Independencia del Perú, realizada en la entonces Villa de Nasca, el 15 de Octubre de 1820, por las fuerzas del General don José de San Martín, al desembarcar en Paracas, algunos historiadores contemporáneos, tergiversando los hechos, señalan esta batalla en la zona de Changuillo (109), cuando en esa época no era un pueblo sino el nombre de unas chácaras que pertenecieron a la jurisdicción de la hacienda de San Javier, propiedad que fue de la Compañía de Jesús desde el año de 1742. El Gral. San Martín, con el propósito de atacar la división enemiga de Quimper que había fugado de Pisco a Ica y de penetrar al centro del país por la Sierra, formó una Vanguardia el día 3 de Octubre de 1820, al mando del General don Juan Antonio Álvarez de Arenales, quien llegó en dos jornadas a Ica, en la madrugada del día 6 de Octubre, atravesando las pampas de “Villakurí” y las sendas cerradas de los montes guarangales de Guadalupe, Makakona y Saraja, y no encontró obstáculo alguno, antes bien el Cabildo, los prelados de los conventos y los párrocos, y una parte del vecindario, mostrando gran alegría, salieron a extramuros de la ciudad a recibir al Ejército Libertador. Álvarez de Arenales indagó que Quimper y el Conde de Monte-Mar don Fernando Carrillo, hacendado de Chincha, había fugado con rumbo al Sur precipitadamente la noche de 5 de Octubre, con 500 infantes, 100 caballos y una pieza. Entonces, Álvarez Arenales dispuso que el Coronel Manuel Rojas, “CON 80 CABALLOS E IGUAL NÚMERO DE INFANTES, MARCHASE HASTA NAZCA, DONDE, SEGÚN NOTICIAS CONSTANTES, PERMANECÍA EL ENEMIGO CON CUANTO PUDO SALVAR EN SU FUGA”. (110). En el mismísimo Boletín Nº 2, también, menciónase: “EL DÍA 12 SALIÓ DE ICA EL TENIENTE CORONEL ROJAS DIRIGIENDO SU MARCHA POR DESIERTOS EXTRAVIADOS LLEGÓ EL 15 A CHANGUILLO, TRES LEGUAS DE RETAGUARDIA DEL ENEMIGO”. Este párrafo prueba claramente que el Coronel Rojas llega a Changuillo, posiblemente, en la madrugada del día 15 e indaga que se encuentra a tres leguas de retaguardia del enemigo. El historiógrafo Bartolomé Mitre es preciso y lacónico en sus términos al tiempo de comentar el Boletín del Ejército Libertador: “MARCHANDO POR CAMINOS EXTRAVIADOS SITUOSE A TRES LEGUAS DE RETAGUARDIA DE QUIMPER, QUE CON 600 HOMBRES DE INFANTERÍA Y CABALLERÍA, HABÍA HECHO ALTO EN EL PUEBLO DE NASCA”. La distancia que media entre Changuillo y Nasca está equivocada, por cuanto los naturales de ese lugar no suministran un cómputo preciso; de esto mismo Álvarez de Arenales ya se quejaba desde Chunchanga al tiempo de escribir a San Martín, en su jornada de Pisco a Ica; empero, la distancia que media entre Changuillo y Nasca es de más de 40 kilómetros, y que el Ejército Libertador de Rojas, para atravesar el despoblado de “Sokos” y llegar hasta Nasca, debió emplear, por lo menos, cinco horas. El Coronel Manuel Rojas salió de Changuillo el día 15 por la mañana y desembocó por la zona de “Kunkumayo”, único camino de entrada para el pueblo de Nasca. El mismo Coronel dispuso que los valientes capitanes Lavalle, Bermúdez y el Teniente Suárez de cazadores de la escolta, entraran por las calles del pueblo con la caballería a galope, mientras avanzaba la infantería. Refiere el Boletín que el día 15 de Octubre de 1820, la confusión y el desorden fueron igual a la sorpresa: “LOS ENEMIGOS ABANDONARON LA PLAZA CON LA VELOCIDAD DEL MIEDO Y FUERON PERSEGUIDOS Y ACUCHILLADOS HASTA UNA LEGUA DEL PUEBLO: EL CAMINO POR DONDE EMPRENDIERON SU FUGA QUEDÓ SEMBRADO DE CADÁVERES”. Esto prueba que la batalla fue sangrienta. Los soldados realistas fueron perseguidos a cinco kilómetros de Nasca, por el camino de herradura de Pangaraví que conducía hasta el Cantón o “Portachuelo”, en el que existe, antes de tramontar hacia Pajonal, una pampa eriaza. En esta batalla campal los enemigos, entre muertos y heridos, tuvieron 50 hombres; prisioneros, 6 oficiales y 80 soldados de línea, y gran número de milicianos; se recogieron 300 fusiles, crecido número de tercerolas, fornituras, sables y lanzas y todos los equipajes de la división. El Coronel Quimper salió de esta refriega en fuga y dijo según declaración de un soldado realista, en su escape a Acarí: “que le siguiese la caballería”.

Los restos de los soldados y oficiales defensores de la libertad que murieron en el combate de Nasca, el día 15 de Octubre de 1820, fueron sepultados en el cementerio de San Clemente (hoy clausurado), tal como consta en las partidas de defunción asentadas en los libros parroquiales de Nasca.

Después de esta sangrienta refriega, en la que fueron vencidos el ejército realista, el comandante Rojas fue informado por los vecinos de Nasca, que el enemigo había remitido “100 cargas de pertrechos de guerra y otros efectos” al pueblo de Acarí, en las fronteras de Arequipa. Refiere el Boletín: “En la noche del 15 dispuso que el Teniente Suárez, con una partida de cazadores, saliese con prontitud a apoderarse de aquel cargamento. La actividad de este oficial venció las dificultades que le oponían la distancia y la calidad del terreno; y el día 16 a las 2 de la tarde entró en Acarí y se apoderó de todo por sorpresa. Los habitantes recibieron a nuestros soldados con entusiasmo y era fácil conocer en sus semblantes, que suspiraban tiempo ha por abrazar a sus libertadores”.

El día 19 de Octubre de 1820, en medio de gran entusiasmo, regresó el Comandante Rojas a Ica, llevando muy alto la bandera libertadora salpicada con la sangre de chilenos y argentinos, como primer ensayo de aquella Vanguardia encabezada por el general Álvarez de Arenales, cuya división tuvo que salir de Ica en dirección a Huamanga el día 20, dejando como Comandante del Sur al bravo Coronel Bermúdez, el que había peleado en la Batalla de Nasca.

(109) Manuel C. Bonilla — Epopeya de la Libertad, T. I, pág. 145, año 1921.

(110) Boletín Nº 2 del Ejército Libertador — Cuartel General de Pisco, Octubre 22 de 1820. Mariano Felipe Paz Soldán — Historia del Perú Independiente — Primer Período (1819-1822), Lima, 1848, pág. 73.

P. ALBERTO ROSSEL CASTRO

 

LLEGADA DE LA VID AL PERÚ

 

LLEGADA DE LA VID AL PERÚ



Sin asomo de duda, el padre Bernabé Cobo afirmaba: “La planta más provechosa y necesaria que los españoles han traído y plantado en este Nuevo Mundo es la vid”;¹ y a renglón seguido referirá del Perú: “donde primero se plantaron parras en él y se dieron uvas fue en esta ciudad de Lima, a la cual el primero que trajo y plantó la vid fue uno de sus primeros pobladores, llamado Hernando de Montenegro; y el primer año que cogió abundancia de uvas para vender fue el de 1551, y se las puso al licenciado Rodrigo Niño, que a la sazón era fiel ejecutor, a medio peso de oro la libra, que montaba entonces doscientos y veinticinco maravedices. El cual precio pareció tan bajo al dicho Montenegro para la estimación que se tenía en aquel tiempo de fruta tan nueva y regalada, que, como de agravio manifiesto que se le hacía, apeló a la Real Audiencia”.²

Esta referencia del padre Cobo contrasta con la que hace Garcilaso de la Vega, quien afirma que la vid llegó al Perú traída por el toledano Francisco de Caravantes, “antiguo conquistador de los primeros del Perú”. Las cepas, según refiere, fueron de uva prieta, recogidas en las Islas Canarias. Por otra parte informa que el primer vino producido en el Perú fue elaborado en el Cusco, en el año de 1560, en la hacienda Marcahuasi, propiedad de Pedro López de Cazalla. La uva fue pisada en artesa, a falta de lagar. Al decir de Garcilaso, Cazalla fue movido a elaborar el primer vino, más por “la honra y fama de haber sido el primero que en el Cuzco hubiese hecho vino de sus viñas” que por “la codicia de los dineros de la joya” (dos barras de plata de trescientos ducados cada una), “que los Reyes Católicos y el Emperador Carlos Quinto habían mandado se diese de su real hacienda al primero que en cualquier pueblo de españoles sacase fruto nuevo de España, como trigo, cebada, vino y aceite en cierta cantidad”.³ Antes de Cazalla se elaboraba un vino “no del todo tinto”, según el decir de Garcilaso, de muy baja calidad y al que se dio el nombre de aloque o aloquillo.

Tal traslado de la viticultura a tierras del Nuevo Mundo, tuvo sus razones. Fue expresión, por un lado, del alto aprecio de los españoles por la vid y sus productos, y, por otro, de la necesidad de vinos ligada a la liturgia católica. O, también, según refiere Garcilaso, “porque las ansias que los españoles tuvieron por ver cosas de su tierra en las Indias han sido tan boscosas y eficaces, que ningún trabajo se les ha hecho grande para dejar de intentar el efecto de su deseo”. Así, durante las etapas iniciales de su expansión por tierras del nuevo continente, España estimuló la siembra de la vid en sus colonias, tal como lo indica una ordenanza del año 1522, promulgada por la Casa de Contratación de Sevilla, y en la cual se manda “que todos los barcos que salgan hacia el Nuevo Mundo, deberán llevar cepas”.

La vid como que germinó en tierra propicia, y fue tan exitosa su suerte que muy pronto su cultivo se extendió por casi toda la superficie del virreinato del Perú. Especialmente en Ica y Moquegua, donde se la cultivó en gran escala, convirtiéndose tales zonas en los más importantes centros de producción vitivinícola del país.

En la Crónica del Perú,⁴ publicada en 1553 y que puede ser considerada como la más antigua fuente que informa acerca de la producción de vid en el país, su autor, el soldado Pedro de Cieza de León refiere que vio viñas en San Miguel de Piura, Pacasmayo, Santa, Chincha y León de Huánuco; las parras, según dice, se aclimataron tan bien que por todo lugar propicio se las encontraba y que por todo poblado donde hubiera españoles existían cultivos de vid.

Según testimonios de época, a mediados del siglo XVII la viticultura no sólo estaba muy difundida, sino que ya se cosechaba gran variedad de uvas: mollar, albilla, moscatel, blanca, negra y, como informa Cobo, “otras dos o tres diferencias de ellas”.

Cobo da cuenta también del éxito y extensión de la vid en el Nuevo Mundo: “Ha cundido ya esta planta por todas las Indias, y principalmente por este reino [del Perú], de manera que en muchas partes hay grandes pagos de viñas, y algunas tan cuantiosas que dan de quince a veinte mil arrobas de mosto; y de sólo el vino que se cosecha (vendimia) en el corregimiento de Ica.

Notas / Referencias bibliográficas

1. Bernabé Cobo. Historia del Nuevo Mundo [1653]. Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, 1964, tomo I, p. 391. Libro X, cap. XIII. “De la vid”.

2. Bernabé Cobo. Op. cit., pp. 391-392.

3. Garcilaso de la Vega. Comentarios reales [1617]. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1976, tomo 2. Libro 9, Cap. XXV, pp. 255-258.

4. Pedro de Cieza de León. Crónica del Perú [1551]; Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, 1853. Cap. LXXI.

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