sábado, 14 de febrero de 2026

CASA TOMADA


Casa Tomada






Julio Cortázar Bruselas, 1914 - París, 1984) Escritor argentino, uno de los grandes escritores del llamado «boom» de la literatura hispanoamericana.

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales), guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura, pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa.

Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y en los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

—¿Estás seguro?

Asentí.

—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

—No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina para ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resulta molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

—Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadrito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso, todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en voz alta, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo, casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte, pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

—¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.

—No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.




"La huida" cuento del escritor Augusto Rojas Gasco.

 

La huida.


Augusto Rojas Gasco

Aunque sintiera que le faltaba el aliento, que el pecho se le reventaba, que los músculos de sus piernas amenazaban con acalambrarse, que su cuerpo se untaba de sudor, de un sudor que además le enturbiaba la vista y le dificultaba precisar los obstáculos y eludirlos, aunque sintiera todo eso, no debía detenerse, debía continuar corriendo por ese terreno desconocido y disparejo, de piedras, yerbas, árboles, ciénagas, totoras, algodonales, lomas; por ese camino debía alejarse para encontrar algún río, y meterse en sus aguas y avanzar en sentido del viento, hasta burlar el olfato de esas bestias, de esos perros que lo rastreaban, y luego buscar, lejos de cualquier colmillo que lo amenazara, la boca de una cueva o el lecho de algún arbusto espeso, y tumbarse para descansar; para descansar aunque sea un momento, porque no bien se estuviera aliviando, y se creyera a salvo, sentiría el ladrido de esas bestias, el olor inconfundible que el viento le traería de ellas, y empezaría nuevamente a correr, y seguiría corriendo; porque así había vivido últimamente: huyendo; pues huir era ahora su existencia, a eso había estado condenado esos días; pero a él, no le importa todo ese padecimiento, pues confía en que, con su juventud y vigor, llegará al palenque donde se encuentran cimarrones como él; a ese palenque, del cual, cuando en una ocasión sus dueños lo llevaron a la Ciudad de los Reyes, supo por boca de unos esclavos que se ubicaba cerca de esa ciudad, en un paraje llamado Huachipa; a ese lugar se dirige, a ese palenque donde se encuentran miles de cimarrones encabezados por un negro congo; donde no sería tratado como un animal sino como un hombre libre; donde tendría la oportunidad junto con sus hermanos de color, de defenderse, de luchar a muerte si fuera necesario contra el hombre blanco, contra esos hombres que lo perseguían, que usaban a esas bestias de colmillos filosos, entrenadas para despedazar negros.

Pero para llegar a ese palenque antes debía burlar a sus perseguidores hasta entrar en el bosque, que se encontraba en su camino, donde ellos no se atreverían a seguirlo, ya que es un terreno plagado de alimañas, de animales salvajes, de forajidos y de cimarrones agrupados en bandas; y desde donde, luego, continuaría su marcha hacia el norte, hasta llegar al palenque. Hacia ese bosque se dirige, aun cuando sabe que le será casi imposible llegar, ya que, para librar a una india que era apaleada por uno de los capataces de don Álvaro de Villadiego, se trabó con aquel en una pelea, y lo mató; por eso el español don Álvaro, su amo, negrero de horca y cuchillo y maestre de campo despiadado, lo persigue como no se había visto perseguir antes a un cimarrón; por eso, y no por otro motivo, porque sabe que de no atraparlo y acabar con él, aquella muerte serviría de ejemplo para los demás esclavos.

De ahí que don Álvaro lo rastreaba con una partida inusual de capataces y de indios, y con sus mastines, esos perros que él mismo había entrenado con prendas de negros, para que odien el olor a negro; para que, como tantas veces había ocurrido, a su sola orden se arrojen sobre un cimarrón, o sobre un negro insumiso, y lo despedacen a mordiscones. De ahí, también, que en esta cacería haya involucrado a otros hacendados del lugar. En su huida, oculto en el follaje, desde lo alto de las lomas, ha avistado como lo rastreaban las partidas de los hacendados; ha escuchado que éstos azuzan a gritos a sus capataces y a sus perros para que lo encuentren; ha oído como hacen apuestas sobre quien lo caza primero y sus pronósticos de cómo lo iban a matar. Lo perseguían en arreglo con don Álvaro, y con mucha animosidad, con la misma, con que, a fin de reducirlo por hambre, habían guarecido sus almacenes, cocinas y rancherías, con perros y con vigilantes a pie o a caballo; a tal punto que, no bien se acercaba de noche para robar alimentos o alguna ropa, escuchaba ladridos, estampidos de arcabuz, el relincho y trotar de caballos, y los mismos gritos de que le disparen a matar.

Persecución que por eso mismo le ha obligado a veces a replegarse, a veces a avanzar dando rodeos, a descansar lo necesario, a depender para todo de lo que encuentra en su camino, y a evitar cualquiera enfrentamiento pues se encuentra desarmado. Persecución de la cual, en realidad, no se habría mantenido airoso, de no haber sido por las enseñanzas que recibió de sus padres: un negro congo y una negra zaire. Don Álvaro los había comprado al capitán de un galeón negrero, en el Callao, y los trajo a la hacienda y los apareó. De esa unión nació él, y también el pacto que ellos juraron: el hijo de ambos no envejecería esclavo. De modo que mientras trabajaban apañando el algodón o en la vendimia; o mientras lavaban en el río; o cuando de noche se evadían al corral de la casa hacienda, a donde poco después los llevaron; es decir: en cualquier momento en que sabían que no eran vistos ellos lo adiestraban, y desde muy niño, con cuantos recursos trajeron del África o aprendieron de los indios para enfrentar una huida como ésta. Le enseñaron a cazar aves y otros animales del lugar, y a valerse de los frutos silvestres, de la raíces, de las hojas, de las cortezas, del barro, del agua, para según sea el caso, alimentarse, curar sus heridas, resguardarse del frío y del calor; asimismo le adiestraron a orientarse por los astros, a nadar, a borrar sus rastros, a correr, a esconderse, a atacar; pero, ante todo le enseñaron a desconfiar del hombre blanco, de esos hombres que habían usurpado esas tierras; de esos hombres extraños que profesaban una religión extraña, que adoraban a un Dios que ellos mismos habían matado; ese Dios, le habían dicho, es falso, los verdaderos dioses son: Olurún, Obatalá, Ochalá, Ogún Changó, Babalú Ayé, Yemayá, y demás Orichás…Y a ellos se encomendaba.

Es por eso que se mantiene airoso. Aunque, a decir verdad, en una ocasión se creyó vencido.

Ocurrió en la mañana de hoy, en que está corriendo, cuando a punto de ser atrapado (ya que no bien se libraba de una patrulla otra empezaba a perseguirlo) debió de atravesar ríos a nado, rebasar cultivos, tierras eriazas y montes, hasta llegar, hacia el mediodía, al rellano de una pendiente, donde, tras comprobar que nadie lo seguía, cayó exhausto, presa de escalofríos y de fiebre; entonces se sintió indefenso y se apoderó de él un insólito miedo, que no era para menos, cuanto más si a poco lo abrasó el delirio y con una velocidad y nitidez espantosas cruzaron por su mente escenas de su vida; en una (de aquellas que más lo atormentaron) vio que sus padres eran vendidos por don Álvaro, vio que con mucha rabia se enfrentó a los hombres de éste, y que lo redujeron a golpes, y que era azotado por su amo en el cepo hasta que se le abrieron las carnes; en otra, vio que la india era apaleada por el más fornido, despiadado y abusivo de todos los capataces españoles de don Álvaro, y además su hombre de confianza; vio que para amparar a esa india se trabó en una lucha desigual, pues mientras que su oponente portaba un facón, él se batía a manos limpias; vio que con suerte logró arrebatarle el arma y que con ella lo tendió de una estocada; pero, sin duda, la visión que más lo espantó no se refería a un hecho de su vida, sino a una aparición que inesperadamente empezó a padecerla, porque se vio tendido en ese rellano con los ojos puestos en una nube que se deformaba en imágenes caprichosas, y que de pronto se trocó en la silueta de un guerrero, o quizás un dios negro, gigantesco y extremadamente fornido, ataviado con pieles de fieras, con un collar de colmillos, con una imponente lanza en la diestra, con brazales de oro en forma de culebras, y con un enorme cuchillo ceñido a la cintura; vio que, ante esa colosal aparición, quiso incorporarse, gritar, huir, pero que su cuerpo no le obedecía; vio que aquella aparición hincó la rodilla en el suelo, posó la mano en la frente de él, y le hablaba con voz a la vez potente y afectuosa.

Al principio el ruido lo oyó como un chasquido, luego como un murmullo; pero no era ni lo uno ni lo otro: era la cuadrilla de don Álvaro; era don Álvaro que se acercaba cabalgando, con sus capataces e indios, y con sus perros. Abrió los ojos, recuperado ya de sus malestares y se incorporó de un golpe y viró; pero no vio a nadie. Pero el corazón se lo anunciaba. Corriendo subió el trecho que le faltaba de la pendiente; llegó a la cima; luego procedió a bajar la pendiente contraria, hacia el llano. Huía como tantas otras veces, solo que ahora, inusitadamente, corría con mayor velocidad, como si de pronto intuyera que empezaba el tramo más difícil, el decisivo en su huida, y que por lo mismo, del esfuerzo que desplegara para superarlo dependía que lo maten, o que ingrese en el bosque y sea un hombre libre; por eso es que ahora sólo le interese correr raudamente, mantener ese ritmo; de ahí que, ahora cuando está corriendo, aunque sintiera que le faltaba el aliento, que el pecho se le reventaba, que los músculos de sus piernas amenazaban con acalambrarse, que su cuerpo se untaba de sudor, que aunque sintiera todo eso, no debía detenerse, debía continuar evadiéndose por esa explanada de piedras, yerbas, árboles, totoras, barro, rocas; para luego subir la pendiente de esa loma que estaba frente a sus ojos, y proseguir hasta encontrar algún río, y meterse en sus aguas y avanzar en sentido del viento, y así burlar el olfato de esas bestias, de esos perros que lo seguían; y buscar luego, la boca de una cueva o el lecho de algún arbusto espeso, y tumbarse para descansar, aunque sea un momento, porque no bien se hubiera aliviado, y se creyera a salvo, sentiría el ladrido de esas bestias, el olor inconfundible que el viento le traería de ellas, y empezaría nuevamente a correr, hasta penetrar en el bosque, que no se encontraba lejos; para luego de atravesarlo, continuar su travesía hacia el norte, y antes de entrar en la Ciudad de los Reyes desviarse hacia Huachipa, a ese lugar donde se encontraba el palenque de negros libres.

Pero al llegar a la cresta de la loma quedó perplejo

Frente a sus ojos se encontraba el bosque, el ansiado bosque, y como le habían descrito unos comerciantes en la hacienda antes del bosque había una cuesta, y antes de la cuesta un río, y antes del río una pampa de pasto salvaje. Pero le asaltó de nuevo el presentimiento anterior y viró violentamente, y esta vez sí distinguió, con ojos alarmados, a sus perseguidores; vio que no solo lo seguía una partida, sino dos. Aunque imprecisamente, reconoce en una de ellas la silueta de don Álvaro. Lo reconoce por su cabello y barba color del bronce, y por su apariencia arrogante y baladrona: con la espada, el arcabuz, la ballesta, la faca, el trabuco. Sabe, también, que don Álvaro lo ha visto no solo por el modo como dirige a su patrulla, en coordinación con la otra, sino también por los disparos que efectúa. Disparos que a poco lo intrigan, porque don Álvaro es entendido en artillería, y sabe que él no se encuentra a tiro de arcabuz. Vuelve entonces la cabeza a diestra y siniestra, como si sospechara cuál era el propósito del hacendado, y se percata que, a lo lejos, en ambos extremos de la loma, otras patrullas, que ya lo han visto, se han movilizado para cerrarle el paso. Comprende ahora sí, con temor y amargura, que le han tendido una celada. Pero se reanima, y acto seguido calcula la distancia que lo separa del río, y del bosque; calcula la distancia que lo aparta de las patrullas que se aproximan, y de aquellas que se movilizan para darle el encuentro, y la posibilidad de que éstas lo intercepten. Concluye en que tiene pocas posibilidades de llegar al río, pero que aun así es su única oportunidad de sobrevivir; y empieza a correr, a bajar la falda de la loma a toda brida, endiabladamente, sin apartar las espinas de las zarzas y de los ramajes que le laceraban las carnes, y llega a la pampa y continúa corriendo con ese mismo ritmo que le hace sentir que pisa en el aire, que se eleva sobre las piedras y matorrales; con esa aceleración que amenaza, por el esfuerzo que despliega, fulminarlo en cualquier momento; pero le son indiferentes esos riesgos; así como también le son indiferentes los gritos de sus perseguidores, el infernal ladrido de la jauría y el retumbar de los cascos, el estampido de los arcabuces cuyos proyectiles los siente cada vez más cerca; nada de eso le interesa; solo le interesa llegar a la orilla, de la cual ya ve los matorrales rastreros; a esa orilla, bajo la cual, en la hondonada, se encuentra el río, puede escuchar ahora el rumor de las aguas; a esa orilla, por último, a la cual ha llegado.

A esa orilla, desde la cual, al cabo, salta al vacío.

Corría un ventarrón salvaje en la tarde turbia, y él siente, mientras lanza espantosos gritos, que en el aire se precipita inerme, bamboleándose, sin control. Luego al impactar contra el río se apodera de él un dolor inclemente; y así, espantado y adolorido, se hunde hasta las corrientes profundas. Pero lucha instintivamente contra estas corrientes y emerge. Se abraza entonces de un tronco que es arrastrado por las aguas lentas. El movimiento que hace le descubre una ligera efusión de sangre que mana de su brazo izquierdo, y eleva la mirada. Arriba, las patrullas que se desplazan a ambos flancos lo avistan. Escucha que don Álvaro ordena que le disparen a fuego graneado. Se oye el estampido de las armas y el silbido de los proyectiles. Pero él se da cuenta de que ahora todo era diferente: ahora no estaba a tiro de arcabuz ni de ballesta ni de lanza, ni al alcance de los perros. Aunque esta situación lo desconcierta, solloza de júbilo. El crepúsculo ya fenecía cuando braceó rápidamente hasta la orilla, repechó la cuesta y llegó al primer árbol. Allí, y en tanto recobra aliento, voltea y mira por unos segundos las sombras de las patrullas confundidas con la noche… Finalmente, vira, y sin más reparos, penetra en la completa oscuridad del bosque.

Cuento tomado del libro Historia del Jabón y los cuentos ganadores y finalistas XIII Bienal de Cuento “Premio COPÉ 2004”, publicado por PETROPERÚ

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