La huida.
Augusto Rojas Gasco
Aunque
sintiera que le faltaba el aliento, que el pecho se le reventaba, que los
músculos de sus piernas amenazaban con acalambrarse, que su cuerpo se untaba de
sudor, de un sudor que además le enturbiaba la vista y le dificultaba precisar
los obstáculos y eludirlos, aunque sintiera todo eso, no debía detenerse, debía
continuar corriendo por ese terreno desconocido y disparejo, de piedras,
yerbas, árboles, ciénagas, totoras, algodonales, lomas; por ese camino debía
alejarse para encontrar algún río, y meterse en sus aguas y avanzar en sentido
del viento, hasta burlar el olfato de esas bestias, de esos perros que lo
rastreaban, y luego buscar, lejos de cualquier colmillo que lo amenazara, la
boca de una cueva o el lecho de algún arbusto espeso, y tumbarse para descansar;
para descansar aunque sea un momento, porque no bien se estuviera aliviando, y
se creyera a salvo, sentiría el ladrido de esas bestias, el olor inconfundible que
el viento le traería de ellas, y empezaría nuevamente a correr, y seguiría
corriendo; porque así había vivido últimamente: huyendo; pues huir era ahora su
existencia, a eso había estado condenado esos días; pero a él, no le importa
todo ese padecimiento, pues confía en que, con su juventud y vigor, llegará al
palenque donde se encuentran cimarrones como él; a ese palenque, del cual,
cuando en una ocasión sus dueños lo llevaron a la Ciudad de los Reyes, supo por
boca de unos esclavos que se ubicaba cerca de esa ciudad, en un paraje llamado
Huachipa; a ese lugar se dirige, a ese palenque donde se encuentran miles de
cimarrones encabezados por un negro congo; donde no sería tratado como un
animal sino como un hombre libre; donde tendría la oportunidad junto con sus hermanos
de color, de defenderse, de luchar a muerte si fuera necesario contra el hombre
blanco, contra esos hombres que lo perseguían, que usaban a esas bestias de
colmillos filosos, entrenadas para despedazar negros.
Pero para
llegar a ese palenque antes debía burlar a sus perseguidores hasta entrar en el
bosque, que se encontraba en su camino, donde ellos no se atreverían a seguirlo,
ya que es un terreno plagado de alimañas, de animales salvajes, de forajidos y
de cimarrones agrupados en bandas; y desde donde, luego, continuaría su marcha hacia
el norte, hasta llegar al palenque. Hacia ese bosque se dirige, aun cuando sabe
que le será casi imposible llegar, ya que, para librar a una india que era
apaleada por uno de los capataces de don Álvaro de Villadiego, se trabó con
aquel en una pelea, y lo mató; por eso el español don Álvaro, su amo, negrero
de horca y cuchillo y maestre de campo despiadado, lo persigue como no se había
visto perseguir antes a un cimarrón; por eso, y no por otro motivo, porque sabe
que de no atraparlo y acabar con él, aquella muerte serviría de ejemplo para
los demás esclavos.
De ahí
que don Álvaro lo rastreaba con una partida inusual de capataces y de indios, y
con sus mastines, esos perros que él mismo había entrenado con prendas de negros,
para que odien el olor a negro; para que, como tantas veces había ocurrido, a su
sola orden se arrojen sobre un cimarrón, o sobre un negro insumiso, y lo despedacen
a mordiscones. De ahí, también, que en esta cacería haya involucrado a otros
hacendados del lugar. En su huida, oculto en el follaje, desde lo alto de las
lomas, ha avistado como lo rastreaban las partidas de los hacendados; ha
escuchado que éstos azuzan a gritos a sus capataces y a sus perros para que lo
encuentren; ha oído como hacen apuestas sobre quien lo caza primero y sus
pronósticos de cómo lo iban a matar. Lo perseguían en arreglo con don Álvaro, y
con mucha animosidad, con la misma, con que, a fin de reducirlo por hambre, habían
guarecido sus almacenes, cocinas y rancherías, con perros y con vigilantes a
pie o a caballo; a tal punto que, no bien se acercaba de noche para robar
alimentos o alguna ropa, escuchaba ladridos, estampidos de arcabuz, el relincho
y trotar de caballos, y los mismos gritos de que le disparen a matar.
Persecución
que por eso mismo le ha obligado a veces a replegarse, a veces a avanzar dando
rodeos, a descansar lo necesario, a depender para todo de lo que encuentra en
su camino, y a evitar cualquiera enfrentamiento pues se encuentra desarmado.
Persecución de la cual, en realidad, no se habría mantenido airoso, de no haber
sido por las enseñanzas que recibió de sus padres: un negro congo y una negra
zaire. Don Álvaro los había comprado al capitán de un galeón negrero, en el Callao,
y los trajo a la hacienda y los apareó. De esa unión nació él, y también el pacto
que ellos juraron: el hijo de ambos no envejecería esclavo. De modo que
mientras trabajaban apañando el algodón o en la vendimia; o mientras lavaban en
el río; o cuando de noche se evadían al corral de la casa hacienda, a donde
poco después los llevaron; es decir: en cualquier momento en que sabían que no
eran vistos ellos lo adiestraban, y desde muy niño, con cuantos recursos
trajeron del África o aprendieron de los indios para enfrentar una huida como
ésta. Le enseñaron a cazar aves y otros animales del lugar, y a valerse de los
frutos silvestres, de la raíces, de las hojas, de las cortezas, del barro, del
agua, para según sea el caso, alimentarse, curar sus heridas, resguardarse del
frío y del calor; asimismo le adiestraron a orientarse por los astros, a nadar,
a borrar sus rastros, a correr, a esconderse, a atacar; pero, ante todo le
enseñaron a desconfiar del hombre blanco, de esos hombres que habían usurpado
esas tierras; de esos hombres extraños que profesaban una religión extraña, que
adoraban a un Dios que ellos mismos habían matado; ese Dios, le habían dicho, es
falso, los verdaderos dioses son: Olurún, Obatalá, Ochalá, Ogún Changó, Babalú
Ayé, Yemayá, y demás Orichás…Y a ellos se encomendaba.
Es por
eso que se mantiene airoso. Aunque, a decir verdad, en una ocasión se creyó
vencido.
Ocurrió
en la mañana de hoy, en que está corriendo, cuando a punto de ser atrapado (ya
que no bien se libraba de una patrulla otra empezaba a perseguirlo) debió de atravesar
ríos a nado, rebasar cultivos, tierras eriazas y montes, hasta llegar, hacia el
mediodía, al rellano de una pendiente, donde, tras comprobar que nadie lo seguía,
cayó exhausto, presa de escalofríos y de fiebre; entonces se sintió indefenso y
se apoderó de él un insólito miedo, que no era para menos, cuanto más si a poco
lo abrasó el delirio y con una velocidad y nitidez espantosas cruzaron por su
mente escenas de su vida; en una (de aquellas que más lo atormentaron) vio que
sus padres eran vendidos por don Álvaro, vio que con mucha rabia se enfrentó a
los hombres de éste, y que lo redujeron a golpes, y que era azotado por su amo en
el cepo hasta que se le abrieron las carnes; en otra, vio que la india era
apaleada por el más fornido, despiadado y abusivo de todos los capataces
españoles de don Álvaro, y además su hombre de confianza; vio que para amparar a
esa india se trabó en una lucha desigual, pues mientras que su oponente portaba
un facón, él se batía a manos limpias; vio que con suerte logró arrebatarle el
arma y que con ella lo tendió de una estocada; pero, sin duda, la visión que
más lo espantó no se refería a un hecho de su vida, sino a una aparición que inesperadamente
empezó a padecerla, porque se vio tendido en ese rellano con los ojos puestos
en una nube que se deformaba en imágenes caprichosas, y que de pronto se trocó
en la silueta de un guerrero, o quizás un dios negro, gigantesco y
extremadamente fornido, ataviado con pieles de fieras, con un collar de
colmillos, con una imponente lanza en la diestra, con brazales de oro en forma
de culebras, y con un enorme cuchillo ceñido a la cintura; vio que, ante esa colosal
aparición, quiso incorporarse, gritar, huir, pero que su cuerpo no le obedecía;
vio que aquella aparición hincó la rodilla en el suelo, posó la mano en la
frente de él, y le hablaba con voz a la vez potente y afectuosa.
Al
principio el ruido lo oyó como un chasquido, luego como un murmullo; pero no
era ni lo uno ni lo otro: era la cuadrilla de don Álvaro; era don Álvaro que se
acercaba cabalgando, con sus capataces e indios, y con sus perros. Abrió los
ojos, recuperado ya de sus malestares y se incorporó de un golpe y viró; pero no
vio a nadie. Pero el corazón se lo anunciaba. Corriendo subió el trecho que le
faltaba de la pendiente; llegó a la cima; luego procedió a bajar la pendiente
contraria, hacia el llano. Huía como tantas otras veces, solo que ahora, inusitadamente,
corría con mayor velocidad, como si de pronto intuyera que empezaba el tramo más
difícil, el decisivo en su huida, y que por lo mismo, del esfuerzo que
desplegara para superarlo dependía que lo maten, o que ingrese en el bosque y
sea un hombre libre; por eso es que ahora sólo le interese correr raudamente,
mantener ese ritmo; de ahí que, ahora cuando está corriendo, aunque sintiera
que le faltaba el aliento, que el pecho se le reventaba, que los músculos de
sus piernas amenazaban con acalambrarse, que su cuerpo se untaba de sudor, que aunque
sintiera todo eso, no debía detenerse, debía continuar evadiéndose por esa
explanada de piedras, yerbas, árboles, totoras, barro, rocas; para luego subir
la pendiente de esa loma que estaba frente a sus ojos, y proseguir hasta
encontrar algún río, y meterse en sus aguas y avanzar en sentido del viento, y
así burlar el olfato de esas bestias, de esos perros que lo seguían; y buscar
luego, la boca de una cueva o el lecho de algún arbusto espeso, y tumbarse para
descansar, aunque sea un momento, porque no bien se hubiera aliviado, y se
creyera a salvo, sentiría el ladrido de esas bestias, el olor inconfundible que
el viento le traería de ellas, y empezaría nuevamente a correr, hasta penetrar en
el bosque, que no se encontraba lejos; para luego de atravesarlo, continuar su
travesía hacia el norte, y antes de entrar en la Ciudad de los Reyes desviarse
hacia Huachipa, a ese lugar donde se encontraba el palenque de negros libres.
Pero al
llegar a la cresta de la loma quedó perplejo
Frente
a sus ojos se encontraba el bosque, el ansiado bosque, y como le habían
descrito unos comerciantes en la hacienda antes del bosque había una cuesta, y
antes de la cuesta un río, y antes del río una pampa de pasto salvaje. Pero le
asaltó de nuevo el presentimiento anterior y viró violentamente, y esta vez sí distinguió,
con ojos alarmados, a sus perseguidores; vio que no solo lo seguía una partida,
sino dos. Aunque imprecisamente, reconoce en una de ellas la silueta de don
Álvaro. Lo reconoce por su cabello y barba color del bronce, y por su apariencia
arrogante y baladrona: con la espada, el arcabuz, la ballesta, la faca, el trabuco.
Sabe, también, que don Álvaro lo ha visto no solo por el modo como dirige a su
patrulla, en coordinación con la otra, sino también por los disparos que
efectúa. Disparos que a poco lo intrigan, porque don Álvaro es entendido en
artillería, y sabe que él no se encuentra a tiro de arcabuz. Vuelve entonces la
cabeza a diestra y siniestra, como si sospechara cuál era el propósito del hacendado,
y se percata que, a lo lejos, en ambos extremos de la loma, otras patrullas,
que ya lo han visto, se han movilizado para cerrarle el paso. Comprende ahora
sí, con temor y amargura, que le han tendido una celada. Pero se reanima, y acto
seguido calcula la distancia que lo separa del río, y del bosque; calcula la
distancia que lo aparta de las patrullas que se aproximan, y de aquellas que se
movilizan para darle el encuentro, y la posibilidad de que éstas lo
intercepten. Concluye en que tiene pocas posibilidades de llegar al río, pero
que aun así es su única oportunidad de sobrevivir; y empieza a correr, a bajar
la falda de la loma a toda brida, endiabladamente, sin apartar las espinas de
las zarzas y de los ramajes que le laceraban las carnes, y llega a la pampa y
continúa corriendo con ese mismo ritmo que le hace sentir que pisa en el aire,
que se eleva sobre las piedras y matorrales; con esa aceleración que amenaza,
por el esfuerzo que despliega, fulminarlo en cualquier momento; pero le son
indiferentes esos riesgos; así como también le son indiferentes los gritos de
sus perseguidores, el infernal ladrido de la jauría y el retumbar de los cascos,
el estampido de los arcabuces cuyos proyectiles los siente cada vez más cerca;
nada de eso le interesa; solo le interesa llegar a la orilla, de la cual ya ve
los matorrales rastreros; a esa orilla, bajo la cual, en la hondonada, se
encuentra el río, puede escuchar ahora el rumor de las aguas; a esa orilla, por
último, a la cual ha llegado.
A esa
orilla, desde la cual, al cabo, salta al vacío.
Corría un ventarrón salvaje en la tarde turbia, y él siente, mientras lanza espantosos gritos, que en el aire se precipita inerme, bamboleándose, sin control. Luego al impactar contra el río se apodera de él un dolor inclemente; y así, espantado y adolorido, se hunde hasta las corrientes profundas. Pero lucha instintivamente contra estas corrientes y emerge. Se abraza entonces de un tronco que es arrastrado por las aguas lentas. El movimiento que hace le descubre una ligera efusión de sangre que mana de su brazo izquierdo, y eleva la mirada. Arriba, las patrullas que se desplazan a ambos flancos lo avistan. Escucha que don Álvaro ordena que le disparen a fuego graneado. Se oye el estampido de las armas y el silbido de los proyectiles. Pero él se da cuenta de que ahora todo era diferente: ahora no estaba a tiro de arcabuz ni de ballesta ni de lanza, ni al alcance de los perros. Aunque esta situación lo desconcierta, solloza de júbilo. El crepúsculo ya fenecía cuando braceó rápidamente hasta la orilla, repechó la cuesta y llegó al primer árbol. Allí, y en tanto recobra aliento, voltea y mira por unos segundos las sombras de las patrullas confundidas con la noche… Finalmente, vira, y sin más reparos, penetra en la completa oscuridad del bosque.
Cuento tomado del libro Historia del Jabón y los cuentos ganadores y finalistas XIII Bienal de Cuento “Premio COPÉ 2004”, publicado por PETROPERÚ

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