La tristeza
Antón Chéjov (1860 - 1904)
cuentista, dramaturgo y médico ruso.
La capital
está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos
copos, gira alrededor de los faroles encendidos, extiende su capa fina y blanda
sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos,
sobre los sombreros.
El cochero
Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo,
encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil.
Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.
Su caballo
está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su
cuerpo, por la tiesura de palo de sus patas, aun mirado de cerca parece un
caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec.
Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del
trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su
caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande
la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y
angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.
Hace mucho
tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes
de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.
Las sombras
se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más
brillante. El ruido aumenta.
-¡Cochero!
-oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!
Yona se
estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con
impermeable.
-¿Oyes? ¡A
Viborgskaya! ¿Estás dormido?
Yona le da un
latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento
en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y
agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin
apresurarse, se pone en marcha.
-¡Ten
cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-. ¡Nos vas a atropellar,
imbécil! ¡A la derecha!
-¡Vaya un
cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!
Siguen
oyéndose los juramentos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con
el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga
algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira
alrededor como si acabara de despertar de un sueño profundo.
-¡Se diría
que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice en tono
irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu
caballo. ¡Una verdadera conspiración!
Yona vuelve
la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están
como paralizados y no puede pronunciar una palabra.
El cliente
advierte sus esfuerzos y pregunta:
-¿Qué hay?
Yona hace un
nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:
-Ya ve usted,
señor… He perdido a mi hijo… Murió la semana pasada…
-¿De veras?…
¿Y de qué murió?
Yona,
alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:
-No lo sé… De
una de tantas enfermedades… Ha estado tres meses en el hospital y a la postre…
Dios que lo ha querido.
-¡A la
derecha! -óyese de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego,
imbécil!
-¡A ver!
-dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca.
¡Dale algún latigazo al caballo!
Yona estira
de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe,
pesado, agita el látigo.
Se vuelve
repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el
otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle.
Por fin,
llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente
se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una
taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve
cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.
Una hora,
dos… ¡Nadie! ¡Ni un cliente!
Mas he aquí
que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son
altos, delgados; el tercero, bajo y jorobado.
-¡Cochero,
llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!
Yona coge las
riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante,
acepta; lo que a él le importa es tener clientes.
Los tres
jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como solo hay dos
asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se
decide que vaya de pie el jorobado.
-¡Bueno; en
marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro
llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se
puede encontrar un gorro más feo…
-¡El señor
está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro…
-¡Bueno,
bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas
más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.
-Me duele la
cabeza -dice uno de los jóvenes-.Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de
Dukmasov cuatro botellas de caña.
-¡Eso no es
verdad! -responde el otro-. Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te
cree.
-¡Palabra de
honor!
-¡Oh, tu
honor! No daría yo por él ni un céntimo.
Yona, deseoso
de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe
atipladamente.
-¡Ji, ji,
ji!… ¡Qué buen humor!
-¡Vamos,
vejestorio! -grita enojado el chepudo-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de
firme a tu caballo perezoso. ¡Qué diablo!
Yona agita su
látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento;
no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los
jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja
oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:
-Y yo,
señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada…
-¡Todos nos
hemos de morir! -contesta el chepudo-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es
insoportable! Prefiero ir a pie.
-Si quieres
que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.
-¿Oye, viejo,
estás enfermo? -grita el chepudo-. Te la vas a ganar si esto continúa.
Y, hablando
así, le da un puñetazo en la espalda.
-¡Ji, ji, ji!
-ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!
-Cochero,
¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.
-¿Yo? ! Ji,
ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie… Solo me espera la
sepultura… Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha
equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.
Y vuelve de
nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el
jorobado, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:
-¡Por fin,
hemos llegado!
Yona recibe
los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Los sigue con los ojos
hasta que desaparecen en un portal.
Torna a
quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel,
su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando
entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente
parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.
Su tristeza a
cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho
inundaría al mundo entero.
Yona ve a un
portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él
conversación.
-¿Qué hora
es? -le pregunta, melifluo.
-Van a dar
las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante
de la puerta.
Yona avanza
un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha
convencido de que es inútil dirigirse a la gente.
Pasa otra
hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.
-No puedo más
-murmura-. Hay que irse a acostar.
El caballo,
como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso
trote.
Una hora
después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde,
acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es
pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.
Yona se
arrepiente de haber vuelto tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá
por eso-piensa- se siente tan desgraciado.
En un rincón,
un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la
mirada.
- ¿Quieres
beber? -le pregunta Yona.
-Sí.
-Aquí tienes
agua… He perdido a mi hijo… ¿Lo sabías?… La semana pasada, en el hospital… ¡Qué
desgracia!
Pero sus
palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho caso, se ha
vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le
oye roncar.
Yona exhala
un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su
desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no
ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera
hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir
cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al
morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro… Su difunto hijo ha
dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas
cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a
escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo!
Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres,
aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que
viertan torrentes de lágrimas.
Yona decide
ir a ver a su caballo.
Se viste y
sale a la cuadra.
El caballo,
inmóvil, come heno.
-¿Comes? -le
dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho?
Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno… Soy ya
demasiado viejo para ganar mucho… A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi
hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su
oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto…
Tras una
corta pausa, Yona continúa:
-Sí, amigo…
ha muerto… ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera…
Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?…
El caballo
sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y
cálido.
Yona,
escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.
Antón Chéjov fue un cuentista, encuadrado en las
corrientes literarias del realismo y el naturalismo, fue un maestro del relato
corto. “La tristeza” es uno de sus cuentos sobrecogedores.

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