La abuela
Conocía muy bien a la abuela. Sabía que todas las mañanas se despertaba a las cinco en punto; y que a esa misma hora el gallo atado a la pata de su catre debería cantar, y cantaba. Sabía que antes de acostarse apuntaba en su agenda las tareas del día siguiente; y que las repartía entre nosotros en el desayuno, a las cinco y media. Sabía que, así como en el desayuno, ella nos esperaba en el comedor a la una para el almuerzo, a las cinco para el lonche, a las siete para la cena, y a las nueve para rezar el rosario, antes de acostarnos a las diez. Conocía también que esa actitud la mantenía aún el domingo, en que, después de dejar preparado el almuerzo y ensillar los caballos, nos dirigíamos a la ciudad, y en una mañana ordenada, ya habíamos ido a misa, de compras, y a visitar al abuelo en su tumba, para luego regresar justo a la hora del almuerzo. Conocía, finalmente, que la abuela siempre cumplía su palabra, y en el momento preciso, aun a costa de enemistarse con alguien, poner en riesgo sus bienes, su salud, o su vida. Porque así era ella.
Por eso, conociéndola así, quedé estupefacto cuando aquel domingo en el desayuno nos dijo que moriría en el día de San Juan, y a las cinco de la mañana cuando cantase el gallo.
Es curioso cómo en estos casos unas reacciones dejan lugar a otras, y se congregan sentimientos dispares. Por lógica y sentido común sabía que la premonición es un embuste, y que por lo tanto la abuela sobreviviría a aquella fecha. Pero al mismo tiempo no olvidaba que la abuela era una mujer especial, que jamás faltó a su palabra, y que siendo así, era evidente que moriría en la fecha, hora y del modo como lo había planeado. De tal manera que en unos momentos me sentía alegre, y en otros, muy triste. ¿Pero qué podía hacer ante este desorden de evidencias y sentimientos inconexos? Nada. Sólo vivir con angustia la semana que faltaba para el día de San Juan.
En cambio, ella, la abuela, durante toda esa semana lució espléndida. Espléndida en su mirada profunda y en sus maneras graves y vigorosas que le daban un aire imperturbable. Espléndida también en la sutileza cómo día por día dispuso, y sin alterar horarios ni obligaciones, los mínimos detalles de sus actos funerarios. Así, ese domingo compró todos los aditamentos para confeccionar un hábito blanco. Luego, el lunes, visitó al notario y le dictó su testamento. El martes, compró ropa de luto para mí y para mi hermana Martha. El miércoles, ordenó en la imprenta, además de los partes necrológicos, los partes para la misa del mes, y también pagó los gastos de la cámara mortuoria. El jueves, comprometió al párroco y al director de la banda de músicos para que le asistan con sus buenos oficios. El viernes, en la mañana, hizo con nosotros la limpieza de la casa, y en la noche, visitó a dos plañideras y las contrató para el velorio y los funerales. El sábado, en la mañana, dispuso qué animales se iban a sacrificar y quiénes deberían de ser las cocineras, y luego en la tarde, ayudó a los de la funeraria a instalar la capilla ardiente; y en la noche, nos hizo ingresar a su habitación para rezar el rosario, aconsejarnos, y decirle a mi hermana que cuando muriera le sujetase la mandíbula al cráneo hasta cerrarle la boca. Luego nos dio su bendición.
Como es de suponer, esta actitud de la abuela ahondó nuestro sufrimiento. La serenidad imperturbable, el casi júbilo con que planeaba su muerte nos abrumaba de confusión y angustia. Tanto, que Martha de día se mantenía silenciosa, y de noche lloraba con gran desconsuelo.
Por eso ya en la noche de la víspera de San Juan, después de la bendición de la abuela, y mientras Martha de tanto llorar se había quedado dormida, yo permanecí despierto, apoltronado en la mecedora frente al reloj grande de la sala. Referir con puntualidad las impresiones de aquella noche, es imposible. El tiempo mitiga las circunstancias ingratas. Lo cierto es que, en ese silencio, y sin perder de vista al reloj, fui registrando los objetos de las habitaciones de la casa, tratando de encontrar en cada uno de ellos alguna evocación que me explicara el porqué de mi orfandad de padres, y posiblemente en unas horas, también de abuela. Que me explicara el porqué de esa arquitectura de líneas exactas que guardaba la soledad de tantos muertos. Que me explicara por qué en ese orden exacto de cosas se encontraba siempre el rostro profundo de la abuela. Por qué las quince habitaciones estaban dispuestas como para cumplir una función precisa. Por qué los relojes de cada una de esas habitaciones jamás se atrasaban, ni adelantaban. Por qué el gallo atado a la pata del catre de la abuela nunca cantó antes de las cinco, ni después. Por último, que me explicara por qué ese silencio y esa angustia me tenían maniatado esperando la muerte.
De pronto, las campanas de las cuatro del reloj grande de la sala hicieron que saltara mi corazón, y viera a Martha que con ojos asustados corría hacia mí. Entonces, no pude más, y abracé sollozando a mi hermana.
Del cuarto de la abuela se oían cada vez más fuertes los rezos y el aletear del gallo.
Fuente: libro “CUANDO LAS ÚLTIMAS LUCES SE HAYAN APAGADO, Y LOS CUENTOS GANADORES DEL PREMIO COPÉ 1994”. Editado por el Departamento de Relaciones Públicas de PETROPERÚ, 1994

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