LUGARES PROPICIOS A LA VID
CANCIÓN DEL SILENCIO
El silencio no es una palabra escrita sobre una pared, es una canción solitaria con el viento que no se detiene en el medio de un infierno. Silencio señores grandes, que despiertan las historias. León Gieco.
miércoles, 15 de julio de 2026
LUGARES PROPICIOS A LA VID
LA PRIMERA BATALLA POR LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ FUE EN EL CENTRO DE NASCA
LA PRIMERA BATALLA POR LA
INDEPENDENCIA DEL PERÚ FUE EN EL CENTRO DE NASCA
La
acción de armas por la causa de la Independencia del Perú, realizada en la
entonces Villa de Nasca, el 15 de Octubre de 1820, por las fuerzas del General
don José de San Martín, al desembarcar en Paracas, algunos historiadores
contemporáneos, tergiversando los hechos, señalan esta batalla en la zona de
Changuillo (109), cuando en esa época no era un pueblo sino el nombre de unas chácaras
que pertenecieron a la jurisdicción de la hacienda de San Javier, propiedad que
fue de la Compañía de Jesús desde el año de 1742. El Gral. San Martín, con el
propósito de atacar la división enemiga de Quimper que había fugado de Pisco a
Ica y de penetrar al centro del país por la Sierra, formó una Vanguardia el día
3 de Octubre de 1820, al mando del General don Juan Antonio Álvarez de
Arenales, quien llegó en dos jornadas a Ica, en la madrugada del día 6 de
Octubre, atravesando las pampas de “Villakurí” y las sendas cerradas de los
montes guarangales de Guadalupe, Makakona y Saraja, y no encontró obstáculo
alguno, antes bien el Cabildo, los prelados de los conventos y los párrocos, y
una parte del vecindario, mostrando gran alegría, salieron a extramuros de la
ciudad a recibir al Ejército Libertador. Álvarez de Arenales indagó que Quimper
y el Conde de Monte-Mar don Fernando Carrillo, hacendado de Chincha, había
fugado con rumbo al Sur precipitadamente la noche de 5 de Octubre, con 500
infantes, 100 caballos y una pieza. Entonces, Álvarez Arenales dispuso que el
Coronel Manuel Rojas, “CON 80 CABALLOS E IGUAL NÚMERO DE INFANTES, MARCHASE
HASTA NAZCA, DONDE, SEGÚN NOTICIAS CONSTANTES, PERMANECÍA EL ENEMIGO CON CUANTO
PUDO SALVAR EN SU FUGA”. (110). En el mismísimo Boletín Nº 2, también,
menciónase: “EL DÍA 12 SALIÓ DE ICA EL TENIENTE CORONEL ROJAS DIRIGIENDO SU
MARCHA POR DESIERTOS EXTRAVIADOS LLEGÓ EL 15 A CHANGUILLO, TRES LEGUAS DE
RETAGUARDIA DEL ENEMIGO”. Este párrafo prueba claramente que el Coronel Rojas
llega a Changuillo, posiblemente, en la madrugada del día 15 e indaga que se
encuentra a tres leguas de retaguardia del enemigo. El historiógrafo Bartolomé
Mitre es preciso y lacónico en sus términos al tiempo de comentar el Boletín
del Ejército Libertador: “MARCHANDO POR CAMINOS EXTRAVIADOS SITUOSE A TRES
LEGUAS DE RETAGUARDIA DE QUIMPER, QUE CON 600 HOMBRES DE INFANTERÍA Y
CABALLERÍA, HABÍA HECHO ALTO EN EL PUEBLO DE NASCA”. La distancia que media
entre Changuillo y Nasca está equivocada, por cuanto los naturales de ese lugar
no suministran un cómputo preciso; de esto mismo Álvarez de Arenales ya se
quejaba desde Chunchanga al tiempo de escribir a San Martín, en su jornada de
Pisco a Ica; empero, la distancia que media entre Changuillo y Nasca es de más
de 40 kilómetros, y que el Ejército Libertador de Rojas, para atravesar el
despoblado de “Sokos” y llegar hasta Nasca, debió emplear, por lo menos, cinco
horas. El Coronel Manuel Rojas salió de Changuillo el día 15 por la mañana y
desembocó por la zona de “Kunkumayo”, único camino de entrada para el pueblo de
Nasca. El mismo Coronel dispuso que los valientes capitanes Lavalle, Bermúdez y
el Teniente Suárez de cazadores de la escolta, entraran por las calles del
pueblo con la caballería a galope, mientras avanzaba la infantería. Refiere el
Boletín que el día 15 de Octubre de 1820, la confusión y el desorden fueron
igual a la sorpresa: “LOS ENEMIGOS ABANDONARON LA PLAZA CON LA VELOCIDAD DEL
MIEDO Y FUERON PERSEGUIDOS Y ACUCHILLADOS HASTA UNA LEGUA DEL PUEBLO: EL CAMINO
POR DONDE EMPRENDIERON SU FUGA QUEDÓ SEMBRADO DE CADÁVERES”. Esto prueba que la
batalla fue sangrienta. Los soldados realistas fueron perseguidos a cinco
kilómetros de Nasca, por el camino de herradura de Pangaraví que conducía hasta
el Cantón o “Portachuelo”, en el que existe, antes de tramontar hacia Pajonal,
una pampa eriaza. En esta batalla campal los enemigos, entre muertos y heridos,
tuvieron 50 hombres; prisioneros, 6 oficiales y 80 soldados de línea, y gran
número de milicianos; se recogieron 300 fusiles, crecido número de tercerolas,
fornituras, sables y lanzas y todos los equipajes de la división. El Coronel
Quimper salió de esta refriega en fuga y dijo según declaración de un soldado
realista, en su escape a Acarí: “que le siguiese la caballería”.
Los
restos de los soldados y oficiales defensores de la libertad que murieron en el
combate de Nasca, el día 15 de Octubre de 1820, fueron sepultados en el
cementerio de San Clemente (hoy clausurado), tal como consta en las partidas de
defunción asentadas en los libros parroquiales de Nasca.
Después
de esta sangrienta refriega, en la que fueron vencidos el ejército realista, el
comandante Rojas fue informado por los vecinos de Nasca, que el enemigo había
remitido “100 cargas de pertrechos de guerra y otros efectos” al pueblo de
Acarí, en las fronteras de Arequipa. Refiere el Boletín: “En la noche del 15
dispuso que el Teniente Suárez, con una partida de cazadores, saliese con
prontitud a apoderarse de aquel cargamento. La actividad de este oficial venció
las dificultades que le oponían la distancia y la calidad del terreno; y el día
16 a las 2 de la tarde entró en Acarí y se apoderó de todo por sorpresa. Los
habitantes recibieron a nuestros soldados con entusiasmo y era fácil conocer en
sus semblantes, que suspiraban tiempo ha por abrazar a sus libertadores”.
El día
19 de Octubre de 1820, en medio de gran entusiasmo, regresó el Comandante Rojas
a Ica, llevando muy alto la bandera libertadora salpicada con la sangre de
chilenos y argentinos, como primer ensayo de aquella Vanguardia encabezada por
el general Álvarez de Arenales, cuya división tuvo que salir de Ica en
dirección a Huamanga el día 20, dejando como Comandante del Sur al bravo
Coronel Bermúdez, el que había peleado en la Batalla de Nasca.
(109) Manuel C. Bonilla — Epopeya de la
Libertad, T. I, pág. 145, año 1921.
(110) Boletín Nº 2 del Ejército Libertador —
Cuartel General de Pisco, Octubre 22 de 1820. Mariano Felipe Paz Soldán —
Historia del Perú Independiente — Primer Período (1819-1822), Lima, 1848, pág.
73.
P. ALBERTO ROSSEL CASTRO
LLEGADA DE LA VID AL PERÚ
LLEGADA DE LA VID AL
PERÚ
Sin asomo de duda, el padre Bernabé Cobo afirmaba: “La planta más
provechosa y necesaria que los españoles han traído y plantado en este Nuevo
Mundo es la vid”;¹ y a renglón seguido referirá del Perú: “donde primero se
plantaron parras en él y se dieron uvas fue en esta ciudad de Lima, a la cual
el primero que trajo y plantó la vid fue uno de sus primeros pobladores,
llamado Hernando de Montenegro; y el primer año que cogió abundancia de uvas
para vender fue el de 1551, y se las puso al licenciado Rodrigo Niño, que a la
sazón era fiel ejecutor, a medio peso de oro la libra, que montaba entonces
doscientos y veinticinco maravedices. El cual precio pareció tan bajo al dicho
Montenegro para la estimación que se tenía en aquel tiempo de fruta tan nueva y
regalada, que, como de agravio manifiesto que se le hacía, apeló a la Real
Audiencia”.²
Esta referencia del padre Cobo contrasta con la que hace Garcilaso
de la Vega, quien afirma que la vid llegó al Perú traída por el toledano
Francisco de Caravantes, “antiguo conquistador de los primeros del Perú”. Las
cepas, según refiere, fueron de uva prieta, recogidas en las Islas Canarias.
Por otra parte informa que el primer vino producido en el Perú fue elaborado en
el Cusco, en el año de 1560, en la hacienda Marcahuasi, propiedad de Pedro
López de Cazalla. La uva fue pisada en artesa, a falta de lagar. Al decir de
Garcilaso, Cazalla fue movido a elaborar el primer vino, más por “la honra y
fama de haber sido el primero que en el Cuzco hubiese hecho vino de sus viñas”
que por “la codicia de los dineros de la joya” (dos barras de plata de
trescientos ducados cada una), “que los Reyes Católicos y el Emperador Carlos
Quinto habían mandado se diese de su real hacienda al primero que en cualquier
pueblo de españoles sacase fruto nuevo de España, como trigo, cebada, vino y
aceite en cierta cantidad”.³ Antes de Cazalla se elaboraba un vino “no del todo
tinto”, según el decir de Garcilaso, de muy baja calidad y al que se dio el
nombre de aloque o aloquillo.
Tal traslado de la viticultura a tierras del Nuevo Mundo, tuvo sus
razones. Fue expresión, por un lado, del alto aprecio de los españoles por la
vid y sus productos, y, por otro, de la necesidad de vinos ligada a la liturgia
católica. O, también, según refiere Garcilaso, “porque las ansias que los
españoles tuvieron por ver cosas de su tierra en las Indias han sido tan
boscosas y eficaces, que ningún trabajo se les ha hecho grande para dejar de
intentar el efecto de su deseo”. Así, durante las etapas iniciales de su
expansión por tierras del nuevo continente, España estimuló la siembra de la
vid en sus colonias, tal como lo indica una ordenanza del año 1522, promulgada
por la Casa de Contratación de Sevilla, y en la cual se manda “que todos los
barcos que salgan hacia el Nuevo Mundo, deberán llevar cepas”.
La vid como que germinó en tierra propicia, y fue tan exitosa su
suerte que muy pronto su cultivo se extendió por casi toda la superficie del
virreinato del Perú. Especialmente en Ica y Moquegua, donde se la cultivó en
gran escala, convirtiéndose tales zonas en los más importantes centros de
producción vitivinícola del país.
En la Crónica del Perú,⁴ publicada en 1553 y que puede ser considerada
como la más antigua fuente que informa acerca de la producción de vid en el
país, su autor, el soldado Pedro de Cieza de León refiere que vio viñas en San
Miguel de Piura, Pacasmayo, Santa, Chincha y León de Huánuco; las parras, según
dice, se aclimataron tan bien que por todo lugar propicio se las encontraba y
que por todo poblado donde hubiera españoles existían cultivos de vid.
Según testimonios de época, a mediados del siglo XVII la viticultura
no sólo estaba muy difundida, sino que ya se cosechaba gran variedad de uvas:
mollar, albilla, moscatel, blanca, negra y, como informa Cobo, “otras dos o
tres diferencias de ellas”.
Cobo da cuenta también del éxito y extensión
de la vid en el Nuevo Mundo: “Ha cundido ya esta planta por todas las Indias, y
principalmente por este reino [del Perú], de manera que en muchas partes hay
grandes pagos de viñas, y algunas tan cuantiosas que dan de quince a veinte mil
arrobas de mosto; y de sólo el vino que se cosecha (vendimia) en el
corregimiento de Ica.
Notas / Referencias bibliográficas
1.
Bernabé Cobo. Historia del Nuevo Mundo [1653]. Madrid, Biblioteca de Autores
Españoles, 1964, tomo I, p. 391. Libro X, cap. XIII. “De la vid”.
2.
Bernabé Cobo. Op. cit., pp. 391-392.
3.
Garcilaso de la Vega. Comentarios reales [1617]. Caracas, Biblioteca Ayacucho,
1976, tomo 2. Libro 9, Cap. XXV, pp. 255-258.
4.
Pedro de Cieza de León. Crónica del Perú [1551]; Madrid, Biblioteca de Autores
Españoles, 1853. Cap. LXXI.
martes, 26 de mayo de 2026
Los gallinazos sin plumas
Los gallinazos sin plumas
A las seis de la mañana la ciudad
se levanta de puntillas y comienza a dar sus primeros pasos. Una fina niebla
disuelve el perfil de los objetos y crea como una atmósfera encantada. Las
personas que recorren la ciudad a esta hora parece que están hechas de otra
sustancia, que pertenecen a un orden de vida fantasmal. Las beatas se arrastran
penosamente hasta desaparecer en los pórticos de las iglesias. Los noctámbulos,
macerados por la noche, regresan a sus casas envueltos en sus bufandas y en su
melancolía. Los basureros inician por la avenida Pardo su paseo siniestro,
armados de escobas y de carretas. A esta hora se ve también obreros caminando
hacia el tranvía, policías bostezando contra los árboles, canillitas morados de
frío, sirvientas sacando los cubos de basura. A esta hora, por último, como a
una especie de misteriosa consigna, aparecen los gallinazos sin plumas.
A esta hora el viejo don Santos se
pone la pierna de palo y sentándose en el colchón comienza a berrear:
– ¡A levantarse! ¡Efraín, Enrique!
¡Ya es hora!
Los dos muchachos corren a la
acequia del corralón frotándose los ojos legañosos. Con la tranquilidad de la
noche el agua se ha remansado y en su fondo transparente se ven crecer yerbas y
deslizarse ágiles infusorios. Luego de enjuagarse la cara, coge cada cual su
lata y se lanzan a la calle. Don Santos, mientras tanto, se aproxima al
chiquero y con su larga vara golpea el lomo de su cerdo que se revuelca entre
los desperdicios.
¡Todavía te falta un poco, marrano!
Pero aguarda no más, que ya llegará tu turno.
Efraín y Enrique se demoran en el
camino, trepándose a los árboles para arrancar moras o recogiendo piedras, de
aquellas filudas que cortan el aire y hieren por la espalda. Siendo aún la hora
celeste llegan a su dominio, una larga calle ornada de casas elegantes que
desemboca en el malecón.
Ellos no son los únicos. En otros
corralones, en otros suburbios alguien ha dado la voz de alarma y muchos se han
levantado. Unos portan latas, otros cajas de cartón, a veces sólo basta un
periódico viejo. Sin conocerse forman una especie de organización clandestina
que tiene repartida toda la ciudad. Los hay que merodean por los edificios
públicos, otros han elegido los parques o los muladares. Hasta los perros han
adquirido sus hábitos, sus itinerarios, sabiamente aleccionados por la miseria.
Efraín y Enrique, después de un
breve descanso, empiezan su trabajo. Cada uno escoge una acera de la calle. Los
cubos de basura están alineados delante de las puertas. Hay que vaciarlos
íntegramente y luego comenzar la exploración. Un cubo de basura es siempre una
caja de sorpresas. Se encuentran latas de sardinas, zapatos viejos, pedazos de
pan, pericotes muertos, algodones inmundos. A ellos sólo les interesa los
restos de comida. En el fondo del chiquero, Pascual recibe cualquier cosa y
tiene predilección por las verduras ligeramente descompuestas. La pequeña lata
de cada uno se va llenando de tomates podridos, pedazos de sebo, extrañas
salsas que no figuran en ningún manual de cocina. No es raro, sin embargo, hacer
un hallazgo valioso. Un día Efraín encontró unos tirantes con los que fabricó
una honda. Otra vez una pera casi buena que devoró en el acto. Enrique, en
cambio, tiene suerte para las cajitas de remedios, los pomos brillantes, las
escobillas de dientes usadas y otras cosas semejantes que colecciona con
avidez.
Después de una rigurosa selección
regresan la basura al cubo y se lanzan sobre el próximo. No conviene demorarse
mucho porque el enemigo siempre está al acecho. A veces son sorprendidos por
las sirvientas y tienen que huir dejando regado su botín. Pero, con más
frecuencia, es el carro de la Baja Policía el que aparece y entonces la jornada
está perdida.
Cuando el sol
asoma sobre las lomas, la hora celeste llega a su fin. La niebla se ha
disuelto, las beatas están sumidas en éxtasis, los noctámbulos duermen, los
canillitas han repartido los diarios, los obreros trepan a los andamios. La luz
desvanece el mundo mágico del alba. Los gallinazos sin plumas han regresado a
su nido.
Don Santos los esperaba con el café
preparado.
–A ver, ¿qué cosa me han traído?
Husmeaba entre las latas y si la
provisión estaba buena hacía siempre el mismo comentario:
– Pascual tendrá banquete hoy día.
Pero la mayoría de las veces
estallaba:
– ¡Idiotas! ¿Qué han hecho hoy día?
¡Se han puesto a jugar seguramente! ¡Pascual se morirá de hambre!
Ellos huían hacia el emparrado, con
las orejas ardientes de los pescozones, mientras el viejo se arrastraba hasta
el chiquero. Desde el fondo de su reducto el cerdo empezaba a gruñir. Don Santos
le aventaba la comida.
– ¡Mi pobre
Pascual! Hoy día te quedarás con hambre por culpa de estos zamarros. Ellos no
te engríen como yo. ¡Habrá que zurrarlos para que aprendan!
Al comenzar el invierno el cerdo
estaba convertido en una especie de monstruo insaciable. Todo le parecía poco y
don Santos se vengaba en sus nietos del hambre del animal. Los obligaba a
levantarse más temprano, a invadir los terrenos ajenos en busca de más
desperdicios. Por último los forzó a que se dirigieran hasta el muladar que estaba
al borde del mar.
– Allí encontrarán más cosas. Será
más fácil además porque todo está junto.
Un domingo, Efraín y Enrique
llegaron al barranco. Los carros de la Baja Policía, siguiendo una huella de
tierra, descargaban la basura sobre una pendiente de piedras. Visto desde el
malecón, el muladar formaba una especie de acantilado oscuro y humeante, donde
los gallinazos y los perros se desplazaban como hormigas. Desde lejos los
muchachos arrojaron piedras para espantar a sus enemigos. El perro se retiró
aullando. Cuando estuvieron cerca sintieron un olor nauseabundo que penetró
hasta sus pulmones. Los pies se les hundían en un alto de plumas, de
excrementos, de materias descompuestas o quemadas. Enterrando las manos
comenzaron la exploración. A veces, bajo un periódico amarillento, descubrían
una carroña devorada a medios. En los acantilados próximos los gallinazos
espiaban impacientes y algunos se acercaban saltando de piedra en piedra, como
si quisieran acorralarlos. Efraín gritaba para intimidarlos y sus gritos
resonaban en el desfiladero y hacían desprenderse guijarros qne rodaban hacía
el mar. Después de una hora de trabajo regresaron al corralón con los cubos
llenos.
– ¡Bravo! – exclamó don Santos –.
Habrá que repetir esto dos o tres veces por semana.
Desde entonces, los miércoles y los
domingos, Efraín y Enrique hacían el trote hasta el muladar. Pronto formaron
parte de la extraña fauna de esos lugares y los gallinazos, acostumbrados a su
presencia, laboraban a su lado, graznando, aleteando, escarbando con sus picos
amarillos, como ayudándoles a descubrir la pista de la preciosa suciedad.
Fue al regresar de una de esas
excursiones que Efraín sintió un dolor en la planta del pie. Un vidrio e había
causado una pequeña herida. Al día siguiente tenía el pie hinchado, no obstante
lo cual prosiguió su trabajo. Cuando regresaron no podía casi caminar, pero Don
Santos no se percató de ello, pues tenía visita. Acompañado de un hombre gordo
que tenía las manos manchadas de sangre, observaba el chiquero.
– Dentro de veinte o treinta días
vendré por acá – decía el hombre –. Para esa fecha creo que podrá estar a punto.
Cuando partió, don Santos echaba
fuego por los ojos.
– ¡A trabajar! ¡A trabajar! ¡De
ahora en adelante habrá que aumentar la ración de Pascual! El negocio anda
sobre rieles.
A la mañana siguiente, sin embargo,
cuando don Santos despertó a sus nietos, Efraín no se pudo levantar.
– Tiene una herida en el pie –
explicó Enrique –. Ayer se cortó con un vidrio.
Don Santos examinó el pie de su
nieto. La infección había comenzado.
– ¡Esas son patrañas! Que se lave
el pie en la acequia y que se envuelva con un trapo.
– ¡Pero si le duele! – intervino
Enrique –. No puede caminar bien.
Don Santos meditó un momento. Desde
el chiquero llegaban los gruñidos de Pascual.
– Y ¿a mí? – preguntó dándose un
palmazo en la pierna de palo –. ¿Acaso no me duele la pierna? Y yo tengo
setenta años y yo trabajo... ¡Hay que dejarse de mañas!
Efraín salió a la calle con su
lata, apoyado en el hombro de su hermano. Media hora después regresaron con los
cubos casi vacíos.
– ¡No podía más! – dijo Enrique al
abuelo –. Efraín está medio cojo.
Don Santos observó a sus dos nietos
como si meditara una sentencia.
– Bien, bien –
dijo rascándose la barba rala y cogiendo a Efraín del pescuezo lo arreó hacia
el cuarto –. ¡Los enfermos a la cama! ¡A podrirse sobre el colchón! Y tú harás
la tarea de tu hermano. ¡Vete ahora mismo al muladar!
Cerca de mediodía Enrique regresó
con los cubos repletos. Lo seguía un extraño visitante: un perro escuálido y
medio sarnoso.
– Lo encontré en el muladar –
explicó Enrique – y me ha venido siguiendo.
Don Santos cogió la vara.
– ¡Una boca más en el corralón!
Enrique levantó al perro contra su
pecho y huyó hacia la puerta.
– ¡No le hagas nada, abuelito! Le
daré yo de mi comida.
Don Santos se acercó, hundiendo su
pierna de palo en el lodo.
– ¡Nada de perros aquí! ¡Ya tengo
bastante con ustedes!
Enrique abrió la puerta de la
calle.
– Si se va él, me voy yo también.
El abuelo se detuvo. Enrique
aprovechó para insistir:
– No come casi nada..., mira lo
flaco que está. Además, desde que Efraín está enfermo, me ayudará. Conoce bien
el muladar y tiene buena nariz para la basura.
Don Santos reflexionó, mirando el
cielo donde se condensaba la garúa. Sin decir nada, soltó la .vara, cogió los
cubos y se fue rengueando hasta el chiquero.
Enrique sonrió de alegría y con su
amigo aferrado al corazón corrió donde su hermano.
– ¡Pascual, Pascual... Pascualito!
– cantaba el abuelo.
– Tú te llamarás Pedro – dijo
Enrique acariciando la cabeza de su perro e ingresó donde Efraín.
Su alegría se esfumó: Efraín
inundado de sudor se revolcaba de dolor sobre el colchón. Tenía el pie
hinchado, como si fuera de jebe y estuviera lleno de aire. Los dedos habían
perdido casi su forma.
– Te he traído este regalo, mira –
dijo mostrando al perro –. Se llama Pedro, es para ti, para que te acompañe...
Cuando yo me vaya al muladar te lo dejaré y los dos jugarán todo el día. Le
enseñarás a que te traiga piedras en la boca.
¿Y el abuelo? – preguntó Efraín
extendiendo su mano hacia el animal.
– El abuelo no dice nada – suspiró
Enrique.
Ambos miraron hacia la puerta. La
garúa había empezado a caer. La voz del abuelo llegaba:
– ¡Pascual,
Pascual... Pascualito!
Esa misma noche salió luna llena.
Ambos nietos se inquietaron, porque en esta época el abuelo se ponía
intratable. Desde el atardecer lo vieron rondando por el corralón, hablando
solo, dando de varillazos al emparrado. Por momentos se aproximaba al cuarto,
echaba una mirada a su interior y al ver a sus nietos silenciosos, lanzaba un
salivazo cargado de rencor. Pedro le tenía miedo y cada vez que lo veía se
acurrucaba y quedaba inmóvil como una piedra.
– ¡Mugre, nada más que mugre! –
repitió toda la noche el abuelo, mirando la luna.
A la mañana siguiente Enrique
amaneció resfriado. El viejo, que lo sintió estornudar en la madrugada, no dijo
nada. En el fondo, sin embargo, presentía una catástrofe. Si Enrique enfermaba,
¿quién se ocuparía de Pascual? La voracidad del cerdo crecía con su gordura.
Gruñía por las tardes con el hocico enterrado en el fango. Del corralón de
Nemesio, que vivía a una cuadra, se habían venido a quejar.
Al segundo día sucedió lo
inevitable: Enrique no se pudo levantar. Había tosido toda la noche y la mañana
lo sorprendió temblando, quemado por la fiebre.
– y Tú también? – preguntó el
abuelo.
Enrique señaló su pecho, que
roncaba. El abuelo salió furioso del cuarto. Cinco minutos después regresó.
– ¡Está muy mal engañarme de esta
manera! – plañía –. Abusan de mí porque no puedo caminar. Saben bien que soy
viejo, que soy cojo. ¡De otra manera los mandaría al diablo y me ocuparía yo
solo de Pascual!
Efraín se despertó quejándose y
Enrique comenzó a toser.
– ¡Pero no importa! Yo me encargaré
de él. ¡Ustedes son basura, nada más que basura! ¡Unos pobres gallinazos sin
plumas! Ya verán cómo les saco ventaja. El abuelo está fuerte todavía. ¡Pero eso
sí, hoy día no habrá, comida para ustedes! ¡No habrá comida hasta que no puedan
levantarse y trabajar!
A través del umbral lo vieron
levantar las latas en vilo y volcarse en la calle. Media hora después regresó
aplastado. Sin la ligereza de sus nietos el carro de la Baja Policía lo había
ganado. Los perros, además, habían querido morderlo.
¡Pedazos de mugre! ¡Ya saben, se
quedarán sin comida hasta que no trabajen!
Al día siguiente trató de repetir
la operación pero tuvo que renunciar. Su pierna de palo había perdido la
costumbre de las pistas de asfalto, de las duras aceras y cada paso que daba
era como un lanzazo en la ingle. A la hora celeste del tercer día quedó
desplomado en su colchón, sin otro ánimo que para el insulto.
–¡Si se muere de
hambre – gritaba – será por culpa de ustedes!
Desde entonces empezaron unos días
angustiosos, interminables. Los tres pasaban el día encerrados en el cuarto,
sin hablar, sufriendo una especie de reclusión forzosa. Efraín se revolcaba sin
tregua, Enrique tosía. Pedro se levantaba y después de hacer un recorrido por
el corralón, regresaba con una piedra en la boca, que depositaba en las manos
de sus amos. Don Santos, a medio acostar, jugaba con su pierna de palo y les
lanzaba miradas feroces. A mediodía se arrastraba hasta la esquina del terreno
donde crecían verduras y preparaba su almuerzo, que devoraba en secreto. A
veces aventaba a la cama de sus nietos alguna lechuga o una zanahoria cruda,
con el propósito de excitar su apetito creyendo así hacer más refinado su castigo.
Efraín ya no tenía
fuerzas para quejarse. Solamente Enrique sentía crecer en su corazón un miedo
extraño y al mirar a los ojos del abuelo creía desconocerlo, como si ellos
hubieran perdido su expresión humana. Por las noches, cuando la luna se levantaba,
cogía a Pedro entre sus brazos y lo aplastaba tiernamente hasta hacerlo gemir.
A esa hora el cerdo comenzaba a gruñir y el abuelo se quejaba como si lo
estuvieran ahorcando. A veces se ceñía la pierna de palo y salía al corralón. A
la luz de la luna Enrique lo veía ir diez veces del chiquero a la huerta,
levantando los puños, atropellando lo que encontraba en su camino. Por último
reingresaba en su cuarto y quedaba mirándolos fijamente, como si quisiera
hacerlos responsables del hambre de Pascual.
La última noche de luna llena nadie
pudo dormir. Pascual lanzaba verdaderos rugidos. Enrique había oído decir que
los cerdos, cuando tenían hambre, se volvían locos como los hombres. El abuelo
permaneció en vela, sin apagar siquiera el farol. Esta vez no salió al corralón
ni maldijo entre dientes. Hundido en su colchón miraba fijamente la puerta.
Parecía amasar dentro de sí una cólera muy vieja, jugar con ella, aprestarse a
dispararla. Cuando el cielo comenzó a desteñirse sobre las lomas, abrió la
boca, mantuvo su oscura oquedad vuelta hacia sus nietos y lanzó un rugido:
¡Arriba, arriba, arriba! – los
golpes comenzaron a llover –. ¡A levantarse haraganes! ¿Hasta cuándo vamos a
estar así? ¡Esto se acabó! ¡De pie!...
Efraín se echó a llorar, Enrique se
levantó, aplastándose contra la pared. Los ojos del abuelo parecían fascinarlo
hasta volverlo insensible a los golpes. Veía la vara alzarse y abatirse sobre
su cabeza como si fuera una vara de cartón. Al fin pudo reaccionar.
– ¡A Efraín no! ¡El no tiene la
culpa! ¡Déjame a mí solo, yo saldré, yo iré al muladar!
El abuelo se contuvo jadeante.
Tardó mucho en recuperar el aliento.
– Ahora mismo... al muladar...
lleva los dos cubos, cuatro cubos...
Enrique se apartó, cogió los cubos
y se alejó a la carrera. La fatiga del hambre y de la convalecencia lo hacían
trastabillar. Cuando abrió la puerta del corralón, Pedro quiso seguirlo.
– Tú no. Quédate aquí cuidando a
Efraín.
Y se lanzó a la calle respirando a
pleno pulmón el aire de la mañana. En el camino comió yerbas, estuvo a punto de
mascar la tierra. Todo lo veía a través de una niebla mágica. La debilidad lo
hacía ligero, etéreo: volaba casi como un pájaro. En el muladar se sintió un
gallinazo más entre los gallinazos. Cuando los cubos estuvieron rebosantes
emprendió el regreso. Las beatas, los noctámbulos, los canillitas descalzos,
todas las secreciones del alba comenzaban a dispersarse por la ciudad. Enrique,
devuelto a su mundo, caminaba feliz entre ellos, en su mundo de perros y
fantasmas, tocado por la hora celeste.
Al entrar al corralón sintió un
aire opresor, resistente, que lo obligó a detenerse. Era como si allí, en el
dintel, terminara un mundo y comenzara otro fabricado de barro, de rugidos, de
absurdas penitencias. Lo sorprendente era, sin embargo, que esta vez reinaba en
el corralón una calma cargada de malos presagios, como si toda la violencia
estuviera en equilibrio, a punto de desplomarse. El abuelo, parado al borde del
chiquero, miraba hacia el fondo. Parecía un árbol creciendo desde su pierna de
palo. Enrique hizo ruido pero el abuelo no se movió.
– ¡Aquí están los cubos!
Don Santos le volvió la espalda y
quedó inmóvil. Enrique soltó los cubos y corrió intrigado hasta el cuarto.
Efraín apenas lo vio, comenzó a gemir:
– Pedro... Pedro...
– ¿Qué pasa?
– Pedro ha mordido al abuelo... el
abuelo cogió la vara... después lo sentí aullar.
Enrique salió del cuarto.
– ¡Pedro, ven aquí! ¿Dónde estás,
Pedro?
Nadie le respondió. El abuelo
seguía inmóvil, con la mirada en la pared. Enrique tuvo un mal presentimiento.
De un salto se acercó al viejo.
– ¿Dónde está Pedro?
Su mirada descendió al chiquero.
Pascual devoraba algo en medio del lodo. Aún quedaban las piernas y el rabo del
perro.
– ¡No! – gritó Enrique tapándose
los ojos –. ¡No, no! – y a través de las lágrimas buscó la mirada del abuelo.
Este la rehuyó, girando torpemente sobre su pierna de palo. Enrique comenzó a
danzar en torno suyo, prendiéndose de su camisa, gritando, pataleando, tratando
de mirar sus ojos, de encontrar una respuesta.
– ¿Por qué has hecho eso? ¿Por qué?
El abuelo no respondía. Por último,
impaciente, dio un manotón a su nieto que lo hizo rodar por tierra. Desde allí
Enrique observó al viejo que, erguido como un gigante, miraba obstinadamente el
festín de Pascual. Estirando la mano encontró la vara que tenía el extremo
manchado de sangre. Con ella se levantó de puntillas y se acercó al viejo.
– ¡Voltea! – gritó – ¡Voltea!
Cuando don Santos se volvió, divisó
la vara que cortaba el aire y se estrellaba contra su pómulo.
– ¡Toma! – chilló Enrique y levantó
nuevamente la mano. Pero súbitamente se detuvo, temeroso de lo que estaba
haciendo y, lanzando la vara a su alrededor, miró al abuelo casi arrepentido.
El viejo, cogiéndose el rostro, retrocedió un paso, su pierna de palo tocó
tierra húmeda, resbaló, y dando un alarido se precipitó de espaldas al
chiquero.
Enrique retrocedió unos pasos.
Primero aguzó el oído pero no se escuchaba ningún ruido. Poco a poco se fue
aproximando. El abuelo, con la pata de palo quebrada, estaba de espaldas en el
fango. Tenía la boca abierta y sus ojos buscaban a Pascual, que se había
refugiado en un ángulo y husmeaba sospechosamente el lodo.
Enrique se fue retirando, con el
mismo sigilo con que se había aproximado. Probablemente el abuelo alcanzó a
divisarlo pues mientras corría hacia el cuarto le pareció que lo llamaba por su
nombre, con un tono de ternura que él nunca había escuchado.
¡ A mí, Enrique, a mí!...
– ¡Pronto! – exclamó Enrique,
precipitándose sobre su hermano –¡Pronto, Efraín! ¡El viejo se ha caído al
chiquero! ¿Debemos irnos de acá!
– ¿Adónde? – preguntó Efraín.
– ¿Adonde sea, al muladar, donde
podamos comer algo, donde los gallinazos!
– ¡No me puedo parar!
Enrique cogió a su hermano con
ambas manos y lo estrechó contra su pecho. Abrazados hasta formar una sola
persona cruzaron lentamente el corralón. Cuando abrieron el portón de la calle
se dieron cuenta que la hora celeste había terminado y que la ciudad, despierta
y viva, abría ante ellos su gigantesca mandíbula.
Desde el chiquero llegaba el rumor
de una batalla
Autor: Julio Ramón Ribeyro
jueves, 14 de mayo de 2026
EL TROMPO
EL TROMPO
Sobre el cerro San Cristóbal la neblina había puesto una capota sucia que
cubría la cruz de hierro. Una garúa de calabobos se cernía entre los árboles
lavando las hojas, transformándose en un fango ligero y descendiendo hasta la
tierra que acentuaba su color pardo. Las estatuas desnudas de la Alameda de los Descalzos se chorreaban con el barro formado por la lluvia y el polvo acumulado
en cada escorzo. Un policía, cubierto con su capote azul de vueltas rojas, daba
unos pasos aburridos entre las bancas desiertas, sin una sola pareja, dejando la estela fumosa de su cigarro. Al fondo, en el convento de los frailes franciscanos
se estremecía la débil campanita como un son triste..
En esa tarde todo era opaco y silencioso. Los automóviles, los tranvías, las carretillas repartidoras de cervezas y sodas, los "colectivos", se esfumaban en la niebla gris-azulada y todos los ruidos parecían lejanos. A veces surgía la estridencia característica de los neumáticos
rodando sobre el asfalto húmedo y
sonoro y surgía también solitario y escuálido, el silbido vagabundo del transeúnte
invisible. Esta tarde se parecía a la tarde del vals sentimental y huachafo que, hace muchos años, cantaban los currutacos de las tiorbas:
¡La tarde era triste, la nieve caía!
Por la acera izquierda de la Alameda iba Chupitos, a su lado el cholo Feliciano
Mayta. Chupitos era un zambito de diez años, con ojos vivísimos sombreados por
largas pestañas y una jeta burlona que siempre fruncía con estrepitoso sorbo. Chupitos le llamaron desde que un día, hacía un año más o menos, sus amigos le
encontraron en la puerta de la botica de San Lázaro pidiendo:
-¡Despáchabame esta receta!...
Uno de los ganchos, Glicerio Carmona, le preguntó:
-¿Quién está enfermo en tu casa?
-Nadies...Soy yo que me ha salido unos chupitos... Y con "Chupitos" quedó bautizado el mocoso que ahora iba con Feliciano, Glicerio, el bizco Nicasio, Faustino Zapata, pendencieros de la misma edad que vendían suertes
o pregonaban crímenes, ávidamente leídos en los diarios que ofrecían. Cerraba la
marcha Ricardo, el famoso Ricardo que, cada vez que entraba a un cafetín
japonés a comprar un alfajor o un comeycalla, salía, nadie sabía cómo, con dulces
o bizcochos para todos los feligreses de la tira:
-¡Pestaña que tiene uno, compadre!
Gran pestaña, famosa pestaña que un día
le falló, desgraciadamente, como siempre falla, y que costó una noche íntegra en la comisaría de donde salió con el
orgullo inmenso de quien tiene la experiencia carcelera
que él sintetizaba en una frase aprendida de una crónica policial:
-Yo soy un avesado en la senda del crimen...
El grupo iba en silencio.
El día anterior, Chupitos había perdido su trompo, jugando a la "cocina" con Glicerio
Carmona, ese juego infame y taimado, sin
gallardía de destreza, sin arrogancia de fuerza. Un juego que consiste en ir empujando el trompo contrario
hasta meterlo dentro de un círculo, en la "cocina", en donde el perdidoso tiene que entregar el trompo cocinado a quien tuvo la habilidad rastrera
de saberlo empujar.
No era ese un juego de hombres. Chupitos y los otros sabían bien que los
trompos, como todo en la vida, deben pelearse a tajos y a quiñes, con el puñal
franco de las púas sin la mujeril arteria del evangelio. El pleíto tenía siempre que ser
definitivo, con un triunfador y un derrotado, sin prisionero posible
para el orgullo de los mulatos palomillas.
Y, naturalmente, Chupitos andaba medio tibio por haber perdido su trompo. Le había costado veinte centavos y era de naranjo. Con esa ciencia sutil y
maravillosa, que sólo poseen los iniciados, el muchacho había acicalado su trompo así como su padre acicalaba sus ajisecos y sus giros, sus cenizos y sus
carmelos, todos esos gallos que eran su mayor y su más alto orgullo. Así como a los gallos se les corta la cresta para que el enemigo no pueda prenderse y patear a su antojo, así Chupitos le cortó la cabeza al trompo, una especie de perrilla que no servía para nada; lo fue puliendo, nivelando y dándole cera para hacerlo más resbaladizo y le cambió la innoble púa de garbanzo, una púa roma y cobarde, por
la púa de clavo afilada y brillante como una de las navajas que su padre amarraba a las estacas de sus pollos peleadores.
Aquel trompo había sido su orgullo. Certero en la chuzada, Chupitos nunca quedó el último y, por consiguiente, jamás ordenó cocina, ese juego zafio de
empellones. ¡Eso nunca! Con los trompos se juega a los quiñes, a rajar al chantado y sacarle hasta la contumelia que en, en lengua faraona, viene a ser algo así como la vida. ¡Cuántas veces su trompo, disparado con su fuerza infantil, había partido en dos al otro que enseñaba sus entrañas compactas de madera, la contumelia destrozada! Y cómo se ufanaba entonces de su hazaña con una
media sonrisa pero sin permitirse jamás la risotada burlona que habría humillado al perdedor:
-Los hombres cuando ganan, ganan. Y ya está.
Nunca se permitió una burla. Apenas la burla presuntuosa que delataba el orgullo de su sabiduría en el juego y, como la cosa más natural del mundo, volver a chuzar para que otro trompo se chantase y rajarlo en dos con la infalibilidad de
su certeza. Sólo que el día anterior, sin que él se lo pudiese explicar hasta este
instante, cayó detrás
de Carmona. ¡Cosas de la vida! Lo cierto es que tuvo que chantarse y el otro, sin poder disimular su codicia, ordenó rápidamente por las
ganas que tenía
de
quedarse con el trompo hazañudo
de Chupitos:
-¡Cocina!
Se atolondró la protesta del zambito:
-¡Yo no juego a la cocina! Si quieres a los quiñes...
La rebelión de Chupitos causó un estupor inenarrable en el grupo de los
palomillas. ¿Desde cuándo un chantado se atrevía a discutir al prima? El gran Ricardo murmuró con la cabeza baja mientras enhuracaba
su
trompo:
-Tú sabes, Chupitos, que el que manda, manda, así es la ley...
Chupitos, claro
está,
ignoraba que la ley
no es siempre la
justicia y viendo la
desaprobación de la tira de sus amigotes, no tuvo más remedio que arrojar su trompo al suelo y esperar,
arrimado a la pared con la huaraca enrollada en la mano, que hicieran con su juguete lo que les daba la gana. ¡Ah, de fijo que le iban a quitar su trompo!... Todos aquellos compadres
sabían lo suficiente para no quemarse ni errar un solo tiro y el arma de su orgullo iría a parar al fin en la
cocina odiosa, en esa cocina que la avaricia y la cobardía de Glicerio Carmona
había ordenado para apoderarse del trozo de naranjo torneado, en que el zambito
fincaba su viril complacencia de su fuerza, Y, sin decirlo naturalmente, sin
pronunciar las palabras en alta voz, Chupitos insultó espantosamente a Carmona pensando:
-¡Chontano tenía que ser!
Los golpes se fueron sucediendo y sucediendo hasta que, al fin, el grito de
júbilo de Glicerio anunció el final del juego:
-¡Lo gané!
Sí, ya era suyo y no había poder humano que se lo arrebatase. Suyo, pero
muy
suyo, sin apelación posible, por la pericia mañosa de su juego. Y todos los amigos le envidiaban el trompo
que
Carmona mostraba en la mano exclamando:
-Ya no juego más...
II
¡Pero qué mala pata, Chupitos! Desde chiquito la cosa había sido de una pata espantosa. El día que nació, por ejemplo, en el Callejón
de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, una vecina dejó sobre un trapo la plancha ardiente, encima de la tabla de planchar, y el trapo y la tabla se encendieron y el fuego se extendió por
las paredes empapeladas con carátulas de revistas. Total: casi se quema el callejón. La madre tuvo que salir en brazos del marido y una hermana de éste
alzó al chiquillo de la cuna. A poco, los padres tuvieron que entregarlo a una
vecina para que lo lactara,
no fuera que el susto de la madre se la pasara
al muchacho. Luego fue creciendo en un ambiente "sumamente peleador",
como decía él, para explicar esa su pasión
por las trompeaduras. ¿Que sucedía? Que su madre, zamba engreída, había salido un poco volantusa, según la severa y acaso exagerada opinión de la hermana del marido, porque volantusería era, al fin
y al cabo, eso de demorarse dos horas en la plaza del mercado y llegar a la casa, a los dos cuartos del callejón
humilde, toda
sofocada y preguntando por el marido:
-¿Ya llegó Demetrio?
Hasta que un día se armó la de Dios es Cristo y mueran los moros y vivan los cristianos. Chupitos tenía siete años y se
acordaba de todo. Sucedió que un
día su mamá llegó con una oreja muy colorada y el revuelto pelo mal arreglado. El
marido hizo la
clásica pregunta:
-¿A dónde has estado?... La comida está fría y yo... ¡espera que te espera! A ver,
vamos a ver...
Y, torpemente, sin poder
urdir la mentira tan clásica como la pregunta, la zamba había respondido rabiosamente:
-¡Caramba! Ni que fuera una criminal... Arguyó la impaciencia contenida
del
marido:
-Yo no digo que tú eres una criminal. Lo que quiero es saber adónde has estado. Nada más.
-En la esquina.
-¿En la esquina? ¿Y qué hacías en la esquina?
-Estaba con Juana Rosa...
Y dando una
media vuelta que hizo revolar la falda, se fue
a avivar los
tizones y recalentar la carapulcra. La comida fue en silencio. Chupitos no se atrevía a levantar las narices del plato y el padre apuraba,
uno tras otro, largos vasos de vino. Al terminar, el zambo se lió la bufanda al cuello, se terció la gorra sobre una
oreja, y, encendiendo un cigarrillo,
salió dando
un
portazo.
La mujer no dijo ni chus ni mus. Vio salir al marido y adivinó a dónde iba: ¡a
hablar con Juana Rosa! Y entonces, sin reflexionar en la locura que iba
a cometer, se envolvió en el pañolón, ató en una frazada unas cuantas ropas y salió
también de estampida dejando al pobre Chupitos que, de puro susto, se tragaba
unas lágrimas que le desbordaban los ojazos ingenuos sin saber el porqué. A medianoche regresó el marido con toda la ira del engaño avivada por el alcohol; abrió
la puerta de una patada y rabió la llamada:
-¡Aurora!
Le respondió
el
llanto del hijo:
-Se fue, papacito...
El zambo entonces guardó con lentitud el objeto de peligro que le brillaba en la mano y murmuró con
voz
opaco:
-Ah, se fue, ¿no?... Si tenía la conciencia más negra que su cara... ¡Con Juana
Rosa!...¡Yo le voy a
dar
Juana Rosa!...
Su hermana había tenido razón: Aurora fue siempre una volantusa...
No había nada qué hacer. Es decir, sí, sí
había qué hacer: romperle la cara, marcarla duro y hondo para que se acordara siempre de su tamaña ofensa. Allá, en la esquina, se lo habían contado todo y ya sabía lo que mejor hubiese ignorado siempre:
esa oreja enrojecida, ese pelo revuelto, era el resultado de la rabia del amante que la
zamaqueó rudamente por sabe Dios, o el diablo, qué discusión sin vergüenza... Ah, no sólo había habido engaño sino que, además, había otro hombre que
también se creía con derecho de asentarle la mano... No, eso no: los dos tenían que saber
quién era Demetrio Velásquez... ¡Claro que
lo iban a saber!
Y lo supieron. Sólo que, después, Demetrio estuvo preso quince días por la
paliza que propinó
a los mendaces y quien, en buena cuenta pagó el pato
el pobre
Chupitos que se quedó si madre y con el padre preso,
mal consolado por la hospitalidad de la tía, la hermana de Demetrio, que todo el día no hacía sino hablar
de Aurora.
-Zamba más sinvergüenza... ¡Jesús!
Cuando el padre volvió
de la prisión el chiquillo le preguntó llorando:
-¿Y mi mamá?
El zambo arrugó sin piedad la frente:
-¡Se murió!... Y... ¡no llores!
El muchacho lo miró asombrado, sin entender, sin querer entender, con una pena y con un estupor que le dolían malamente en su alma huérfana. Luego se atrevió:
-¿De veras?
Tardó unos instantes el padre en responder. Luego, bajando la cabeza y apretándose las manos, murmuró sordamente:
-De veras.
Mujeres con quiñes, como si fueran trompos... ¡Ni de vainas!
III
Fue la primera lección que aprendió Chupitos en su vida: mujeres con quiñes, como si fueran trompos, ¡ni de vainas! Luego los trompos tampoco debían tener
quiñes...No, nada de lo que un hombre posee, mujer o trompo
-juguetes- podía estar maculado por nadie ni por nada. Que si el hombre pone toda su complacencia y todo su orgullo en la compañera o en juego, nada ni nadie puede
ganarle la mano. Así es la cosa y no puede ser de otra guisa. Esa es la dura ley de
los hombres y la justicia
dura de la vida.
Y no lo olvidó nunca. Tres años pasaron desde que el muchacho se quedara sin madre y, en esos tres años, sin más compañía que el padre, se fue haciendo hombre, es decir, fue aprendiendo a luchar solo, a enfrentarse a sus propios conflictos, a resolverlos sin ayuda de nadie, sólo por la sutileza de su ingenio criollo o por la pujanza viril de sus puños palomillas, En las tientas de gallos, mientras sostenía al chuzo desplumado que servía de señuelo a los gallos que su
padre adiestraba, aprendió ese arte peligroso de saber pelear, de agredir sin
peligro y de pegar siempre primero.
Ahora tenía que resolver la dura cuestión
que le planteaba la codicia del cholo
Carmona: ¡había perdido su trompo!
Y aquella
misma tarde de la
derrota regresó
a su casa para pedir a su padre después de la comida:
-Papá, regáleme treinta centavos, ¿quiere?
-¿Treinta
centavos? Come tu ajiaco y cállate la
boca,
El muchacho
insistió levantando
las
cejas para exagerar su pena:
-Es que me ganaron mi trompo y tengo
que comprarme otro.
-¿Y para qué
te lo dejaste
ganar?
-¿Y qué iba a hacer?
La
lógica paterna:
-No dejártelo ganar...
Chupitos explicaba alzando más las
cejas:
-Fue Carmona, papá, que mandó cocina
y como tuve
que chantarme... Deme los treinta chuyos, ¿quiere?...
En la expresión
y en la voz del muchacho el padre advirtió algo inusitado, una emoción que se mezclaba con la tristeza de una virilidad humillada y con la rabia
apremiante de una venganza por cumplir. Y, casi sin pensarlo, se metió la mano en el bolsillo
y sacó
los tres reales pedidos:
-Cuidado con que te ganen
otro.
El muchacho no respondió. Después de echar la cantidad inmensa de azúcar en
la taza de té, bebió
resoplando.
-¡Caray con
el
muchacho! ¡Te vas
a sancochar el hocico! rezongó la tía
El zambito, sin responder, bebía y bebía, resopló al terminar, se limpió los belfos con el dorso
de
la mano y salió corriendo:
-¿A dónde vas?
-¡A la chingana de la esquina!
Llegó acezando a la pulpería en donde el chino despachaba impasible
a la luz amarilla del candil de
kerosene:
-Oye, dame ese trompo!
Y señalaba uno, más chico que el anterior, también de naranjo, con su
petulante cabecita y su vergonzante púa de garbanzo. Pagó veinte
centavos y compró un pedazo de lija con qué pulir el arma que le recuperase al día siguiente el trompo
que
fue su orgullo y la
envidia
de toda la tira del barrio.
Por la mañana se levantó temprano y temprano fue al corral. Allí escogió un
claro y comenzó toda la larga operación de transformar el pacífico juguete en un arma de combate. Le quitó la púa roma y con el serrucho más fino que su padre empleaba para cortar los espolones de sus gallos, le cortó la cabeza inútil. Luego
con la lija, pulió el lomo y fue desbastando el contorno para hacerlo invulnerable. Dos horas estuvo afilando el clavo para hacer la púa de pelea, como las navajas
de los gallos, y le robó un cabito de vela para encerarlo. Terminada la operación, enrolló el trompo con la huaraca, la fina cuerda
bien manoseada, escupió una
babita y lo lanzó con fuerza en el centro de la señal. Y al levantarlo, girando como
una sedita, sin una sola vibración, vio con orgullo cómo la púa de clavo le hacía sangrar la palma rosada de su mano morena:
-¡Ya está! ¡Ahora va a ver ese cholo currupantioso!
IV
La tarde era triste, la nieve caía!...
En Lima, gracias a Dios, no hay nieve que caiga ni caído nunca. Apenas esa
garúa finita de calabobos, como dije al principio de este relato, chorreando su fanguito de las hojas de los árboles, morenizando el mármol de las estatuas que
ornan la Alameda de los Descalzos. Allá iban los amigotes del barrio a chuzar esa
partida en que Chupitos había puesto todo su orgullo
y su angustiada esperanza:
-¿Se lo ganaré a Carmona?...
Al principio, cuando Mayta, por sugerencia del zambito, propuso la pelea de los trompos, el propio Chupitos opinó que en esa tarde, con tanta lluvia y tanto barro, no se podría jugar. Y como lo presumió, Carmona tuvo la mezquindad de
burlarse:
-Lo que tienes es miedo de que te
quite otro trompo.
-¿Yo miento? No seas...
-Entonces, ¿vamos?
-Al tirito.
Y fueron al camino que conduce a la Pampa de Amancaes que todavía tiene, felizmente, tierra que juegan los palomillas. Carmona se apresuró a escupir la babita alrededor de la cual todos formaron un círculo. Mayta disparó primero, luego Ricardo, después Faustino Zapata. Carmona midió la distancia con la piola, adelantó el pie derecho, enhuaracó con calma y disparó. Sólo que fue carrera de caballo y parada de borrico porque cayó el último. Chupitos disparó a su vez, inexplicablemente para él, su púa se hincó detrás de la marca de Ricardo quien resultó
prima. Desgraciadamente, así, en público, el muchacho no pudo sugerirle
que
mandase la cocina con que
habría recuperado su trompo y Ricardo mandó:
-¡Quiñes!
El trompo que ahora tenía Carmona, el trompo que antes había sido de Chupitos, se chantó ignominiosamente: ¡en sus manos jamás se habría chantado! Y allí estaba estúpido e inerte, esperando que las púas de los otros trompos se
cebaran en su noble madera de naranjo. Y los golpes fueron llegando: Mayta le sacó una lonja y Faustino le hizo los quiñes de emparada. Hasta que al fin le llegó el turno a Chupitos. ¿Qué podría hacer?
¡Los trompos con quiñes, como la mujeres, ni de vainas!... Nunca sería el suyo
ese trompo malamente estropeado ahora por la ley del juego que tanto se parece
a la
ley de la vida... Lenta, parsimoniosamente, Chupitos comenzó a enhuaracar
su trompo para poner fin a esa vergüenza. Ajustó ahora la piola y pasó por la púa el pulgar y el índice mojados en saliva; midió la distancia, alzó el bracito y disparó con
toda su alma. Una sola
exclamación admirativa se escuchó:
-¡Lo rajaste!
Chupitos ni siquiera miró el trompo rajado: se alzó de hombros y abandonando junto al viejo el trompo nuevo, se metió las manos en los bolsillos y dio la espalda a la
tira
murmurando:
-Ya lo sabía...
Y se fue. Los muchachos no se explicaban por qué los dos trompos allí, tirados, ni por qué se iba pegadito a la pared. De pronto se detuvo. Sus amigos que lo
miraban marchar con la cabecita gacha, pensaron que iba a volver, pero Chupitos sacó del bolsillo el resto del clavo que le sirviera para hacer la segunda púa de
combate, y
arañando la pared, volvió a emprender su marcha hasta que se perdió, solo, triste
e inútilmente vencedor; tras la esquina esa en que, a la hora de la
tertulia, tanto había ponderado al viejo trompo partido ahora por
su
mano:
-¡Más legal, te digo!...¡De naranjo
purito!
(José Diez Canseco)
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