sábado, 14 de febrero de 2026

CASA TOMADA


Casa Tomada






Julio Cortázar Bruselas, 1914 - París, 1984) Escritor argentino, uno de los grandes escritores del llamado «boom» de la literatura hispanoamericana.

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales), guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura, pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa.

Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y en los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

—¿Estás seguro?

Asentí.

—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

—No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina para ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resulta molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

—Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadrito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso, todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en voz alta, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo, casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte, pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

—¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.

—No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.




"La huida" cuento del escritor Augusto Rojas Gasco.

 

La huida.


Augusto Rojas Gasco

Aunque sintiera que le faltaba el aliento, que el pecho se le reventaba, que los músculos de sus piernas amenazaban con acalambrarse, que su cuerpo se untaba de sudor, de un sudor que además le enturbiaba la vista y le dificultaba precisar los obstáculos y eludirlos, aunque sintiera todo eso, no debía detenerse, debía continuar corriendo por ese terreno desconocido y disparejo, de piedras, yerbas, árboles, ciénagas, totoras, algodonales, lomas; por ese camino debía alejarse para encontrar algún río, y meterse en sus aguas y avanzar en sentido del viento, hasta burlar el olfato de esas bestias, de esos perros que lo rastreaban, y luego buscar, lejos de cualquier colmillo que lo amenazara, la boca de una cueva o el lecho de algún arbusto espeso, y tumbarse para descansar; para descansar aunque sea un momento, porque no bien se estuviera aliviando, y se creyera a salvo, sentiría el ladrido de esas bestias, el olor inconfundible que el viento le traería de ellas, y empezaría nuevamente a correr, y seguiría corriendo; porque así había vivido últimamente: huyendo; pues huir era ahora su existencia, a eso había estado condenado esos días; pero a él, no le importa todo ese padecimiento, pues confía en que, con su juventud y vigor, llegará al palenque donde se encuentran cimarrones como él; a ese palenque, del cual, cuando en una ocasión sus dueños lo llevaron a la Ciudad de los Reyes, supo por boca de unos esclavos que se ubicaba cerca de esa ciudad, en un paraje llamado Huachipa; a ese lugar se dirige, a ese palenque donde se encuentran miles de cimarrones encabezados por un negro congo; donde no sería tratado como un animal sino como un hombre libre; donde tendría la oportunidad junto con sus hermanos de color, de defenderse, de luchar a muerte si fuera necesario contra el hombre blanco, contra esos hombres que lo perseguían, que usaban a esas bestias de colmillos filosos, entrenadas para despedazar negros.

Pero para llegar a ese palenque antes debía burlar a sus perseguidores hasta entrar en el bosque, que se encontraba en su camino, donde ellos no se atreverían a seguirlo, ya que es un terreno plagado de alimañas, de animales salvajes, de forajidos y de cimarrones agrupados en bandas; y desde donde, luego, continuaría su marcha hacia el norte, hasta llegar al palenque. Hacia ese bosque se dirige, aun cuando sabe que le será casi imposible llegar, ya que, para librar a una india que era apaleada por uno de los capataces de don Álvaro de Villadiego, se trabó con aquel en una pelea, y lo mató; por eso el español don Álvaro, su amo, negrero de horca y cuchillo y maestre de campo despiadado, lo persigue como no se había visto perseguir antes a un cimarrón; por eso, y no por otro motivo, porque sabe que de no atraparlo y acabar con él, aquella muerte serviría de ejemplo para los demás esclavos.

De ahí que don Álvaro lo rastreaba con una partida inusual de capataces y de indios, y con sus mastines, esos perros que él mismo había entrenado con prendas de negros, para que odien el olor a negro; para que, como tantas veces había ocurrido, a su sola orden se arrojen sobre un cimarrón, o sobre un negro insumiso, y lo despedacen a mordiscones. De ahí, también, que en esta cacería haya involucrado a otros hacendados del lugar. En su huida, oculto en el follaje, desde lo alto de las lomas, ha avistado como lo rastreaban las partidas de los hacendados; ha escuchado que éstos azuzan a gritos a sus capataces y a sus perros para que lo encuentren; ha oído como hacen apuestas sobre quien lo caza primero y sus pronósticos de cómo lo iban a matar. Lo perseguían en arreglo con don Álvaro, y con mucha animosidad, con la misma, con que, a fin de reducirlo por hambre, habían guarecido sus almacenes, cocinas y rancherías, con perros y con vigilantes a pie o a caballo; a tal punto que, no bien se acercaba de noche para robar alimentos o alguna ropa, escuchaba ladridos, estampidos de arcabuz, el relincho y trotar de caballos, y los mismos gritos de que le disparen a matar.

Persecución que por eso mismo le ha obligado a veces a replegarse, a veces a avanzar dando rodeos, a descansar lo necesario, a depender para todo de lo que encuentra en su camino, y a evitar cualquiera enfrentamiento pues se encuentra desarmado. Persecución de la cual, en realidad, no se habría mantenido airoso, de no haber sido por las enseñanzas que recibió de sus padres: un negro congo y una negra zaire. Don Álvaro los había comprado al capitán de un galeón negrero, en el Callao, y los trajo a la hacienda y los apareó. De esa unión nació él, y también el pacto que ellos juraron: el hijo de ambos no envejecería esclavo. De modo que mientras trabajaban apañando el algodón o en la vendimia; o mientras lavaban en el río; o cuando de noche se evadían al corral de la casa hacienda, a donde poco después los llevaron; es decir: en cualquier momento en que sabían que no eran vistos ellos lo adiestraban, y desde muy niño, con cuantos recursos trajeron del África o aprendieron de los indios para enfrentar una huida como ésta. Le enseñaron a cazar aves y otros animales del lugar, y a valerse de los frutos silvestres, de la raíces, de las hojas, de las cortezas, del barro, del agua, para según sea el caso, alimentarse, curar sus heridas, resguardarse del frío y del calor; asimismo le adiestraron a orientarse por los astros, a nadar, a borrar sus rastros, a correr, a esconderse, a atacar; pero, ante todo le enseñaron a desconfiar del hombre blanco, de esos hombres que habían usurpado esas tierras; de esos hombres extraños que profesaban una religión extraña, que adoraban a un Dios que ellos mismos habían matado; ese Dios, le habían dicho, es falso, los verdaderos dioses son: Olurún, Obatalá, Ochalá, Ogún Changó, Babalú Ayé, Yemayá, y demás Orichás…Y a ellos se encomendaba.

Es por eso que se mantiene airoso. Aunque, a decir verdad, en una ocasión se creyó vencido.

Ocurrió en la mañana de hoy, en que está corriendo, cuando a punto de ser atrapado (ya que no bien se libraba de una patrulla otra empezaba a perseguirlo) debió de atravesar ríos a nado, rebasar cultivos, tierras eriazas y montes, hasta llegar, hacia el mediodía, al rellano de una pendiente, donde, tras comprobar que nadie lo seguía, cayó exhausto, presa de escalofríos y de fiebre; entonces se sintió indefenso y se apoderó de él un insólito miedo, que no era para menos, cuanto más si a poco lo abrasó el delirio y con una velocidad y nitidez espantosas cruzaron por su mente escenas de su vida; en una (de aquellas que más lo atormentaron) vio que sus padres eran vendidos por don Álvaro, vio que con mucha rabia se enfrentó a los hombres de éste, y que lo redujeron a golpes, y que era azotado por su amo en el cepo hasta que se le abrieron las carnes; en otra, vio que la india era apaleada por el más fornido, despiadado y abusivo de todos los capataces españoles de don Álvaro, y además su hombre de confianza; vio que para amparar a esa india se trabó en una lucha desigual, pues mientras que su oponente portaba un facón, él se batía a manos limpias; vio que con suerte logró arrebatarle el arma y que con ella lo tendió de una estocada; pero, sin duda, la visión que más lo espantó no se refería a un hecho de su vida, sino a una aparición que inesperadamente empezó a padecerla, porque se vio tendido en ese rellano con los ojos puestos en una nube que se deformaba en imágenes caprichosas, y que de pronto se trocó en la silueta de un guerrero, o quizás un dios negro, gigantesco y extremadamente fornido, ataviado con pieles de fieras, con un collar de colmillos, con una imponente lanza en la diestra, con brazales de oro en forma de culebras, y con un enorme cuchillo ceñido a la cintura; vio que, ante esa colosal aparición, quiso incorporarse, gritar, huir, pero que su cuerpo no le obedecía; vio que aquella aparición hincó la rodilla en el suelo, posó la mano en la frente de él, y le hablaba con voz a la vez potente y afectuosa.

Al principio el ruido lo oyó como un chasquido, luego como un murmullo; pero no era ni lo uno ni lo otro: era la cuadrilla de don Álvaro; era don Álvaro que se acercaba cabalgando, con sus capataces e indios, y con sus perros. Abrió los ojos, recuperado ya de sus malestares y se incorporó de un golpe y viró; pero no vio a nadie. Pero el corazón se lo anunciaba. Corriendo subió el trecho que le faltaba de la pendiente; llegó a la cima; luego procedió a bajar la pendiente contraria, hacia el llano. Huía como tantas otras veces, solo que ahora, inusitadamente, corría con mayor velocidad, como si de pronto intuyera que empezaba el tramo más difícil, el decisivo en su huida, y que por lo mismo, del esfuerzo que desplegara para superarlo dependía que lo maten, o que ingrese en el bosque y sea un hombre libre; por eso es que ahora sólo le interese correr raudamente, mantener ese ritmo; de ahí que, ahora cuando está corriendo, aunque sintiera que le faltaba el aliento, que el pecho se le reventaba, que los músculos de sus piernas amenazaban con acalambrarse, que su cuerpo se untaba de sudor, que aunque sintiera todo eso, no debía detenerse, debía continuar evadiéndose por esa explanada de piedras, yerbas, árboles, totoras, barro, rocas; para luego subir la pendiente de esa loma que estaba frente a sus ojos, y proseguir hasta encontrar algún río, y meterse en sus aguas y avanzar en sentido del viento, y así burlar el olfato de esas bestias, de esos perros que lo seguían; y buscar luego, la boca de una cueva o el lecho de algún arbusto espeso, y tumbarse para descansar, aunque sea un momento, porque no bien se hubiera aliviado, y se creyera a salvo, sentiría el ladrido de esas bestias, el olor inconfundible que el viento le traería de ellas, y empezaría nuevamente a correr, hasta penetrar en el bosque, que no se encontraba lejos; para luego de atravesarlo, continuar su travesía hacia el norte, y antes de entrar en la Ciudad de los Reyes desviarse hacia Huachipa, a ese lugar donde se encontraba el palenque de negros libres.

Pero al llegar a la cresta de la loma quedó perplejo

Frente a sus ojos se encontraba el bosque, el ansiado bosque, y como le habían descrito unos comerciantes en la hacienda antes del bosque había una cuesta, y antes de la cuesta un río, y antes del río una pampa de pasto salvaje. Pero le asaltó de nuevo el presentimiento anterior y viró violentamente, y esta vez sí distinguió, con ojos alarmados, a sus perseguidores; vio que no solo lo seguía una partida, sino dos. Aunque imprecisamente, reconoce en una de ellas la silueta de don Álvaro. Lo reconoce por su cabello y barba color del bronce, y por su apariencia arrogante y baladrona: con la espada, el arcabuz, la ballesta, la faca, el trabuco. Sabe, también, que don Álvaro lo ha visto no solo por el modo como dirige a su patrulla, en coordinación con la otra, sino también por los disparos que efectúa. Disparos que a poco lo intrigan, porque don Álvaro es entendido en artillería, y sabe que él no se encuentra a tiro de arcabuz. Vuelve entonces la cabeza a diestra y siniestra, como si sospechara cuál era el propósito del hacendado, y se percata que, a lo lejos, en ambos extremos de la loma, otras patrullas, que ya lo han visto, se han movilizado para cerrarle el paso. Comprende ahora sí, con temor y amargura, que le han tendido una celada. Pero se reanima, y acto seguido calcula la distancia que lo separa del río, y del bosque; calcula la distancia que lo aparta de las patrullas que se aproximan, y de aquellas que se movilizan para darle el encuentro, y la posibilidad de que éstas lo intercepten. Concluye en que tiene pocas posibilidades de llegar al río, pero que aun así es su única oportunidad de sobrevivir; y empieza a correr, a bajar la falda de la loma a toda brida, endiabladamente, sin apartar las espinas de las zarzas y de los ramajes que le laceraban las carnes, y llega a la pampa y continúa corriendo con ese mismo ritmo que le hace sentir que pisa en el aire, que se eleva sobre las piedras y matorrales; con esa aceleración que amenaza, por el esfuerzo que despliega, fulminarlo en cualquier momento; pero le son indiferentes esos riesgos; así como también le son indiferentes los gritos de sus perseguidores, el infernal ladrido de la jauría y el retumbar de los cascos, el estampido de los arcabuces cuyos proyectiles los siente cada vez más cerca; nada de eso le interesa; solo le interesa llegar a la orilla, de la cual ya ve los matorrales rastreros; a esa orilla, bajo la cual, en la hondonada, se encuentra el río, puede escuchar ahora el rumor de las aguas; a esa orilla, por último, a la cual ha llegado.

A esa orilla, desde la cual, al cabo, salta al vacío.

Corría un ventarrón salvaje en la tarde turbia, y él siente, mientras lanza espantosos gritos, que en el aire se precipita inerme, bamboleándose, sin control. Luego al impactar contra el río se apodera de él un dolor inclemente; y así, espantado y adolorido, se hunde hasta las corrientes profundas. Pero lucha instintivamente contra estas corrientes y emerge. Se abraza entonces de un tronco que es arrastrado por las aguas lentas. El movimiento que hace le descubre una ligera efusión de sangre que mana de su brazo izquierdo, y eleva la mirada. Arriba, las patrullas que se desplazan a ambos flancos lo avistan. Escucha que don Álvaro ordena que le disparen a fuego graneado. Se oye el estampido de las armas y el silbido de los proyectiles. Pero él se da cuenta de que ahora todo era diferente: ahora no estaba a tiro de arcabuz ni de ballesta ni de lanza, ni al alcance de los perros. Aunque esta situación lo desconcierta, solloza de júbilo. El crepúsculo ya fenecía cuando braceó rápidamente hasta la orilla, repechó la cuesta y llegó al primer árbol. Allí, y en tanto recobra aliento, voltea y mira por unos segundos las sombras de las patrullas confundidas con la noche… Finalmente, vira, y sin más reparos, penetra en la completa oscuridad del bosque.

Cuento tomado del libro Historia del Jabón y los cuentos ganadores y finalistas XIII Bienal de Cuento “Premio COPÉ 2004”, publicado por PETROPERÚ

sábado, 7 de febrero de 2026

La tristeza (Antón Chéjov)

 

La tristeza

                            


                      

                                                 Antón Chéjov (1860 - 1904)

cuentista, dramaturgo y médico ruso.

La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, extiende su capa fina y blanda sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.

El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.

Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palo de sus patas, aun mirado de cerca parece un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.

Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.

Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.

-¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!

Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.

-¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?

Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.

-¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!

-¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!

Siguen oyéndose los juramentos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabara de despertar de un sueño profundo.

-¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice en tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!

Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados y no puede pronunciar una palabra.

El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:

-¿Qué hay?

Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:

-Ya ve usted, señor… He perdido a mi hijo… Murió la semana pasada…

-¿De veras?… ¿Y de qué murió?

Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:

-No lo sé… De una de tantas enfermedades… Ha estado tres meses en el hospital y a la postre… Dios que lo ha querido.

-¡A la derecha! -óyese de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!

-¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!

Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.

Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle.

Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.

Una hora, dos… ¡Nadie! ¡Ni un cliente!

Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y jorobado.

-¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!

Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.

Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como solo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.

-¡Bueno; en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo…

-¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro…

-¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.

-Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-.Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.

-¡Eso no es verdad! -responde el otro-. Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.

-¡Palabra de honor!

-¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.

Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.

-¡Ji, ji, ji!… ¡Qué buen humor!

-¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el chepudo-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme a tu caballo perezoso. ¡Qué diablo!

Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:

-Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada…

-¡Todos nos hemos de morir! -contesta el chepudo-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.

-Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.

-¿Oye, viejo, estás enfermo? -grita el chepudo-. Te la vas a ganar si esto continúa.

Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.

-¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!

-Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.

-¿Yo? ! Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie… Solo me espera la sepultura… Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.

Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el jorobado, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:

-¡Por fin, hemos llegado!

Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Los sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.

Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.

Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero.

Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él conversación.

-¿Qué hora es? -le pregunta, melifluo.

-Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.

Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.

Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.

-No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.

El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.

Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.

Yona se arrepiente de haber vuelto tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso-piensa- se siente tan desgraciado.

En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.

- ¿Quieres beber? -le pregunta Yona.

-Sí.

-Aquí tienes agua… He perdido a mi hijo… ¿Lo sabías?… La semana pasada, en el hospital… ¡Qué desgracia!

Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar.

Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro… Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.

Yona decide ir a ver a su caballo.

Se viste y sale a la cuadra.

El caballo, inmóvil, come heno.

-¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno… Soy ya demasiado viejo para ganar mucho… A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto…

Tras una corta pausa, Yona continúa:

-Sí, amigo… ha muerto… ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera… Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?…

El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido.

Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.

Antón Chéjov fue un cuentista, encuadrado en las corrientes literarias del realismo y el naturalismo, fue un maestro del relato corto. “La tristeza” es uno de sus cuentos sobrecogedores.

lunes, 2 de febrero de 2026

LOS FUGITIVOS

 

Los fugitivos.





Alejo Carpentier

I

El rastro moría al pie de un árbol. Cierto era que había un fuerte olor a negro en el aire, cada vez que la brisa levantaba las moscas que trabajaban en oquedades de frutas podridas. Pero el perro –nunca lo habían llamado sino Perro– estaba cansado. Se revolcó entre las yerbas para desrizarse el lomo y aflojar los músculos. Muy lejos, los gritos de los de la cuadrilla se perdían en el atardecer. Seguía oliendo a negro. Tal vez el cimarrón estaba escondido arriba, en alguna parte, a horcajadas sobre una rama, escuchando con los ojos. Sin embargo, Perro no estaba ya en la batida. Había otro olor ahí, en la tierra vestida de bejuquedas que un próximo roce borraría tal vez para siempre. Olor a hembra. Olor a Perro se prendía del lomo, retorciéndose patas arriba, riendo por el colmillo, para llevarlo encima y poder alargar una lengua demasiado corta hacia el hueco que separaba sus omóplatos.

Las sombras se hacían más húmedas. Perro se volteó, cayendo sobre sus patas. Las campanas del ingenio, volando despacio, le enderezaron las orejas. En el valle, la neblina y el humo eran una misma inmovilidad azulosa sobre la que frotaban, cada vez más siluetadas, una chimenea de ladrillos, un techo de grandes aleros, la torre de la iglesia y luces que parecían encenderse en el fondo de un lago. Perro tenía hambre. Pero hacia allá olía a hembra. A veces lo envolvía aún el olor a negro. Pero el olor de su propio celo, llamado por olor de otro celo, se imponía a todo lo demás. Las patas traseras de Perro se espigaron, haciéndolo alargar el cuello. Su vientre se hundía, al pie del costillar, en el ritmo de un jadear corto y ansioso. Las frutas, demasiado llenas de sol, caían aquí y allá con un ruido mojado, esparciendo, a ras del suelo, efluvios de pulpas tibias.

Perro echó a correr hacia el monte, con la cola gacha, como perseguido por la tralla del mayoral, contrariando su propio sentido de la orientación su propio sentido de la orientación. Perro olía a hembra, Su hocico seguía una estela sinuosa que a veces volvía sobre sí misma, abandonaba el sendero, se intensificaba en las espinas de un aromo, se perdía en las hojas demasiado agriadas por la fermentación, y renacía, con inesperada fuerza, sobre un poco de tierra recién barrida por una cola. De pronto, Perro se desvió de la pista invisible, del hilo que se torcía y destorcía, para arrojarse sobre un hurón. Con dos sacudidas que sonaron a castañuela en un guante, le quebró la columna vertebral, arrojándolo contra un tronco. Perro se detuvo de súbito, dejando una pata en suspenso. Unos ladridos, muy lejanos, descendían de la montaña.

No eran los de la jauría del ingenio. El acento era distinto, mucho más áspero y desgarrado, salido del fondo del gaznate, enronquecido por fauces potentes. En alguna parte se libraba una batalla de machos que no llevaban, como Perro, un collar de cobre con una placa numerada. Ante esas voces desconocidas, mucho más alobonadas que todo lo que hasta entonces había oído, Perro tuvo miedo.

Echó a correr en sentido inverso, hasta que las plantas se pintaron de luna. Ya no olía a hembra. Olía a negro. Y ahí estaba el negro, en efecto, con su calzón rayado, boca abajo, dormido. Perro estuvo por arrojarse sobre él siguiendo una consigna lanzada de madrugada, en medio de un gran revuelo de látigos, allá donde había calderos y literas de paja. Pero arriba, no se sabía donde, proseguía la pelea de machos. Al lado del cimarrón quedaban huesos de costillas roídas. Perro se acerco lentamente, con las orejas desconfiadas, decidido a arrebatar a las hormigas algún sabor a carne. Además, aquellos otros perros de un ladrar tan feroz, lo asustaban. Más valía permanecer, por ahora, al lado del hombre. Y escuchar. El viento del sur, sin embargo, acabó por llevarse la amenaza. Perro dio tres vueltas sobre sí mismo y se olvidó rendido. Sus patas corrieron un sueño malo. Al alba, cimarrón le echó un brazo por encima, con gesto de quien ha dormido mucho con mujeres. Perro se arrimó a su pecho, buscando calor. Ambos seguían en plena fuga, con los nervios estremecidos por una misma pesadilla.

Una araña, que había descendido para ver mejor, recogió el hilo y se perdió en la copa del almendro, cuyas hojas comenzaban a salir de la noche.

II

Por hábito, cimarrón y Perro se despertaron cuando sonó la campana del ingenio. La revelación de que habían dormido juntos, cuerpo con cuerpo, los enderezó de un salto. Después de adosarse a dos troncos, se miraron largamente. Perro ofreciéndose a tomar dueño. El negro ansioso de recuperar alguna amistad. El valle se desperezaba. A la apremiante espadaña, destinada a los esclavos, respondía ahora, más lento, el bordón armoriado de la capilla, cuyo verdín se mecía de sombra a sol sobre un fondo de mugidos y relinchos, como indulgente aviso a los que dormían en altos lechos de caoba. Los gallos rondaban a las gallinas para cubrirlas temprano, en espera de que el meñique de la mayorala se cerciorarse de la presencia de huevos aún sin poner. Un pavo real hacía la rueda sobre la casa-vivienda, encendiéndose, con un grito, en cada vuelta y revuelta. Los caballos del trapiche iniciaban su largo viaje en redondo. Los esclavos oraban frente a cazuelas llenas de pan con guarapo. Cimarrón se abrió la bragueta, dejando un reguero de espuma entre las raíces de una ceiba. Perro alzó la pata en los cortes de caña. Los dogos de la jauría cazadora de negros sacudían sus cadenas, impacientes por ser sacados al batey.

–¿Te vas conmigo? –preguntó Cimarrón.

Perro lo siguió dócilmente. Allá abajo había demasiados latigazos, demasiadas cadenas, para quienes regresaban arrepentidos. Ya no olía a hembra. Pero tampoco olía a negro. Ahora, Perro estaba mucho más atento al olor a blanco, olor a peligro. Porque olía a blanco, a pesar del almidón planchado de sus guayaberas y el betún acre de sus polainas de piel de cerdo. Era el mismo olor de las señoritas de la casa, a pesar del perfume que despedía sus encajes. El olor del cura, a pesar del tufo de cera derretida y el incienso, que hacía tan desagradable la sombra, tan fresca, sin embargo, de la capilla. El mismo que llevaba el organista encima, a pesar de los fuelles del armonio le hubiesen echado tantos y tantos soplos de fieltro apolillado. Había que huir ahora del olor a blanco. Perro había cambiado de bando.

III

En los primeros días, Perro y Cimarrón echaron de menos la seguridad del condumio. Perro recordaba los huesos, vaciados por cubos, en el batey, al caer la tarde. Cimarrón añoraba el congrí, traído en cubo a los barracones, después del toque de oración o cuando se guardaban los tambores del domingo. Por ello, después de dormir demasiado en las mañanas sin campanas ni patadas, se habituaron a ponerse a la caza desde el alba. Perro olfateaba una jutía oculta entre las hojas de un cedro; Cimarrón la tumbaba a pedradas. El día en que se daba con el rastro de un cochino jíbaro, había para horas y horas, hasta que la bestia, desgarradas las orejas, aturdida por tantos ladridos, pero acometiendo aún, era acorralada al pie de una peña y derribada a garrotazos. Poco a poco, Perro y Cimarrón olvidaron los tiempos en que habían comido con regularidad. Se devoraba lo que se agarrara, de una vez, engullendo lo más posible, a sabiendas de que mañana podría llover y que el agua de arriba correría entre las piedras para alfombrar mejor el fondo del valle. Por suerte, Perro sabía comer frutas. Cuando Cimarrón daba con un árbol de mango o de mamey, Perro también se pintaba el hocico de amarillo o de rojo. Además, como siempre había sido huevero, se desquitaba, con algún nido de codorniz, de la incomprensible afición del amo por los langostinos que dormían a contracorriente, a la salida del río subterráneo que se alumbraba de una boca de caracoles petrificados.

Vivían en una caverna, bien oculta por una corriente de helechos arborescentes. Las estalactitas lloraban isócronamente, llenando las sobras frías de un ruido de relojes. Un día, Perro comenzó a escarbar a pie de una de las paredes. Pronto sus dientes sacaron un fémur y unas costillas, tan antiguas que ya no tenían sabor, rompiéndose sobre la lengua con desabrimiento de polvo amasado. Luego, llevó a Cimarrón, que se tallaba un cinto de piel de maja, un cráneo humano. A pesar de que quedasen en el hoyo unos restos de alfarería y unos rascadores de piedra que hubieran podido aprovecharse, Cimarrón, aterrorizado por la presencia de muertos en su casa, abandonó la caverna esa misma tarde, mascullando oraciones, sin pensar en la lluvia. Ambos durmieron entre raíces y semillas, envueltos en un mismo olor a perro mojado. Al amanecer buscaron una cueva de techo más bajo, donde el hombre tuvo que entrar en cuatro patas. Allí, al menos, no había huesos de aquellos que para nada servían, y sólo podían traer ñeques y apariciones de cosas malas.

Al no haber sabido de batidas en mucho tiempo, ambos empezaron a aventurarse hacia el camino. A veces, un carretero conocido, una beata vestida con el hábito de Nazareno, o un punteador de guitarra, de esos que conocen el patrón de cada pueblo, a quienes contemplaban de lejos, en silencio. Era indudable que Cimarrón esperaba algo. Solía permanecer varias horas, de bruces, entre las hierbas de Guinea, mirando ese camino poco transitado, que una rana–toro podía medir de un gran salto. Perro se distraía en esas esperas dispersando enjambres de mariposas blancas, o intentando, a brincos, la imposible caza de un zunzún vestido de lentejuelas.

Un día que Cimarrón esperaba así algo que no llegaba, un cascabeleo de cascos lo levanto sobre las muñecas. Una volanta venía a todo trote, tirada jaca torda del ingenio. De sobre las varas, el calesero Gregorio hacía restallar el cuero, mientras el párroco agitaba la campanilla del viático a sus espaldas. Hacía tanto tiempo que Perro no se divertía en correr más pronto que los caballos, que se olvidó al punto de la discreción a que estaba obligado. Bajó la cuesta a las cuatro patas, espigado, azul bajo el sol, alcanzó el coche y se dio a ladrar por los corvejones de la jaca, a la derecha, a la izquierda, delante, pasando y volviendo a pasar, enseñando los dientes al calesero y al sacerdote. La jaca se abrió a galopar por lo alto, sacudiendo las anteorejas y tirando del bocado. De pronto, quebró una vara, arrancando el tiro. Luego de aspaventarse como peleles; el párroco y el calesero se fueron de cabeza contra el puentecillo de piedra. El polvo se tiñó de sangre.

Cimarrón llegó corriendo. Blandía un bejuco para azotar a Perro, que ya se arrastraba pidiendo perdón. Pero el negro detuvo el gesto, sorprendido por la idea de que todo no era malo en aquel percance, Se apoderó de la estola y de las ropas del cura, de la chaqueta y de las altas botas del caselero. En bolsillos y bolsillos había casi cinco duros. Además, la campanilla de plata. Los ladrones regresaron al monte. Aquella noche, arropado en la sotana, Cimarrón se dio a soñar con placeres olvidados. Recordó los quinqués, llenos de insectos muertos, que tan tarde ardían en las últimas casas del pueblo, allí donde, por dos veces, le habían dejado pedir el aguinaldo de Reyes y gastárselo como mejor le pareciera. El negro, desde luego, había optado por las mujeres.

IV

La primavera los agarró a los dos, al amanecer, Perro despertó con una tirantez insoportable entre las patas traseras y una mala expresión en los ojos. Jadeaba sin tener calor, alargando entre los colmillos una lengua que tenía filosas blanduras de lapa. Cimarrón hablaba solo. Ambos estaban de pésimo genio. Sin pensar en la caza, fueron temprano hacia el camino. Perro corría desordenadamente, buscando en vano un olor rastreable. Mataba insectos que siempre lo habían asqueado, por el placer de destruir, desgranaba espigas entre sus dientes, arrancaba arbustos tiernos. Acabó de exasperarse cuando un sapo le escupió los ojos. Cimarrón esperaba, como nunca había esperado.

Pero aquel día nadie pasó por el camino. Al caer la noche, cuando los primeros murciélagos volaron como pedradas sobre el campo, Cimarrón echó a andar lentamente hacía el caserío del ingenio. Perro le siguió, desafiando la misma tralla y las mismas cadenas. Se fueron acercando a los barracones por el cauce de la cañada. Ya se percibía un olor, antaño familiar, de leña quemada, de lejía, de melaza, de limaduras de cascos de caballo. Debían estarse haciendo las pastas de guayaba, ya que un interminable dulzor de mermeladas era esparcido por el terral. Perro y Cimarrón seguían acercándose, lado a lado, la cabeza del hombre a la altura de la cabeza del Perro.

De pronto una negra de la dotación atravesó el sendero de la herrería. Cimarrón se arrojo sobre ella, derribándola entre las albahacas. Una ancha mano ahogó los gritos. Perro avanzó, ya sólo, hasta el lindero del batey. La Perra inglesa, adquirida por don Marcial en una exposición de París, estaba allí. Hubo un intento de fuga. Perro le cortó el camino, erizado de la cola a la cabeza. Su olor a macho era tan envolvente, que la inglesa olvidó que la habían bañado, horas antes, con jabón de castilla.

Cuando Perro regresó a la caverna, clareaba. Cimarrón dormía, arrebozado en la sotana del párroco. Allá abajo, en el río, dos manatíes retozaban entre los juncos, enturbiando la corriente con sus saltos que abrían nubes de espuma sobre los limos.

V

Cimarrón se hacía cada vez más imprudente. Rondaba, ahora, en torno a los caseríos, acechando a cualquier hora una lavandería solitaria, o una santera que buscaba culantrillo, retama o pitahaya para algún despojo. También, desde la noche en que había tenido la audacia de beberse los duros del capellán en un parador del camino, se hacía ávido de monedas. Más de una vez, en los atajos, se había llevado el cinturón de un guajiro, luego de derribarlo de su caballo y de acallarlo con una estaca. Perro lo acompañaba en esas correrías, ayudando en lo posible. Sin embargo, se comía peor que antes y, más que nunca, era necesario desquitarse con huevos de codorniz, de gallinuela o de garza. Además, Cimarrón vivía en un continuo sobresalto. Al menor ladrido de Perro, echaba mano al machete o se trepaba de un árbol.

Pasaba la crisis de primavera, Perro se mostraba cada vez más reacio a acercarse a los pueblos. Había demasiados niños que tiraban piedras, gente siempre dispuesta a dar de patadas y, al oler su proximidad, todos los perros lanzaban gritos de guerra. Además, Cimarrón volvía, esas noches con el paso inseguro, y su boca despedía un olor que Perro detestaba tanto como el del tabaco. Por ello, cuando el amo entraba en una casa mal alumbrada, Perro lo esperaba a una distancia prudente. Así se fue viviendo hasta la noche hasta que Cimarrón se encerró demasiado tiempo en el cuarto de una mondonguera. Pronto, la choza fue rodeada de hombres cautelosos, que llevaban mochas en claro. Al poco rato, Cimarrón fue sacado a la calle, desnudo, dando tremendos alaridos. Perro, que acababa de oler al mayoral del ingenio, echó a correr al monte, por la vereda de los cañaverales.

Al día siguiente, vio pasar a Cimarrón por el camino. Estaba cubierto de heridas cubiertas con sal. Tenía hierros en el cuello y en los tobillos, y lo conducían cuatro números de la Benemérita de San Fernando, que le daban un Baquetazo a cada dos pasos, tratándole de ladrón, de borracho y de mal nacido.

VI

Sentado sobre una cornisa rocosa que dominaba el valle, Perro aullaba a la luna. Una honda tristeza se apoderaba de él a veces, cuando aquel gran sol frío alcanzaba su total redondez, poniendo tan desvaídos reflejos sobre las plantas. Se habían terminado, para él, las hogueras que solían iluminar la caverna en noches de lluvia. Ya no conocería el calor del hombre en el invierno que se aproximaba, ni habría ya quien le quitara el collar de púas de cobre, que tanto le molestaba para dormir a pesar de que hubiera heredado la sotana del párroco. Cazando sin cesar, se había hecho más tolerante, en cambio, con los seres que no servían para ser comidos. Dejaba escapar el majá entre las piedras calientes, sin ladrar siquiera, desde que Cimarrón no estaba ahí para azuzarlo, con la esperanza de hacerse un cinturón o de recoger manteca para untos. Además, el olor de las serpientes lo asqueaba; cuando había agarrado alguna por la cola, era en virtud de esas obligaciones a que todo ser que depende de alguien se constreñido. Tampoco—salvo en caso de hambre extrema—podía atreverse ya con el cochino jíbaro. Se contentaba ahora con aves de agua, hurones, ratas, y una que otra gallina escapada de los corrales aldeanos. Sin embargo, el ingenio estaba olvidado. Su campaña había perdido todo sentido. Perro buscaba ahora el amparo de mogotes casi inaccesibles al hombre, viviendo en un mundo de dragos que el viento mecía con ruido de albarda nueva, de orquídeas, de bejucos lombriz, donde arrastraban los lagartos verdes, de orejas blancas, de esos que tan mal saben y, por lo mismo, permanecen donde están. Había enflaquecido. Sobre sus costillares marcados en hueco, la lana apresaba guisazos que ya no tenían espinas.

Con los aguinaldos, volvió la primavera. Una tarde en que lo desvelaba un extraño desasosiego, Perro dio nuevamente con aquel misterioso olor a hembra, tan fuerte, tan penetrante, que había sido la causa primera de su fuga al monte. También ahora caían ladridos de la montaña. Esta vez, Perro agarró el rastro en firme, recobrándolo luego de pasar un arroyo a nado. Ya no tenía miedo. Toda la noche siguió la huella, con la nariz pegada al suelo, largando baba por el canto de la lengua. Al amanecer, el olor llenaba toda una quebrada. El rastreador estaba en frente a una jauría de Perros jíbaros. Varios machos, con perfil de lobos, se apretaban ahí, relucientes los ojos, tensos sobre sus patas, listos para atacar. Detrás de ellos, se cerraba el olor a hembra.

Perro dio un gran salto. Los jíbaros se le echaron encima. Los cuerpos se encajaron, unos en otros, en un confuso remolino de ladridos. Pero pronto se oyeron los aullidos abiertos por las púas del collar. Las bocas se llenaban de sangre. Había orejas desgarradas. Cuando Perro saltó al más viejo, con la garganta desgajada, los demás retrocedieron, gruñendo con rabia inútil. Perro corrió entonces al centro del palenque, para librar la última batalla a la perra gris, de pelo duro, que lo esperaba con los colmillos fuera. El rastro moría a la sombra de su vientre.

VII

Los jíbaros cazaban en bandada. Por ello buscaban las piezas grandes, de más carne y más hueso. Cuando daban con un venado, era tarea de días. Primero el acoso. Luego, si la bestia lograba salvar una barranca de un salto, el atajo. Luego, cuando una caverna venía en ayuda de la presa, el asedio. A pesar de herir y entorar, el animal moría siempre en dientes de la jauría, que iniciaba la ralea sobre un cuerpo vivo aún, arrancándole tiras de pelo pardo, y bebiendo una sangre, fresca a pesar de su tibieza, en las arterias del cuello o en las raíces de una oreja arrancada. Muchos de los jíbaros habían perdido un ojo, sacados por una asta, y todos estaban cubiertos por cicatrices, mataduras y peladas rojas. En los días de celo, los perros combatían entre sí, mientras las hembras esperaban, echadas, con sorprendente indiferencia, el resultado de la lucha. La campana del ingenio, cuyo diapasón era traído a veces por la brisa, no despertaba en Perro el menor recuerdo.

Un día, los jíbaros agarraron un rastro habitual en aquellas selvas de bejucos, de espinas, de plantas malvadas que envenenaban al herir. Olía a negro. Cautelosamente, los Perros por el desfiladero de los caracoles, donde se alzaba una vieja piedra con cara de muerto. Los hombres suelen dejar huesos y desperdicios por donde pasan. Pero es mejor cuidarse de ellos, porque son los animales más peligrosos, por ese andar sobre las patas traseras que les permite sus gestos con palos y objetos. La jauría había dejado de ladrar. De pronto, el hombre apareció. Olía a negro. Unas cadenas rotas, que le colgaban de las muñecas, ritmaban su paso. Otros eslabones, más gruesos, sonaban bajo los flecos del pantalón rayado. Perro reconoció a Cimarrón.

–¡Perro! –alborozó el negro–. ¡Perro!

Perro se le acercó lentamente. Le olió los pies, aunque sin dejarse tocar. Daba vueltas en trono a él, moviendo la cola. Cuando era llamado, huía. Y cuando no era llamado parecía buscar aquel sonido de voz humana que había entendido un poco, en otros tiempos, pero que ahora le sonaba tan raro, tan peligrosamente evocador de obediencias. Al fin Cimarrón dio un paso, adelantando una mano blanda hacia su cabeza. Perro lanzó un extraño grito, mezcla de ladrido sordo y de aullido, y saltó al cuello del negro.

Había recordado, de súbito, una vieja consigna dada por el mayoral del ingenio, el día que un esclavo huía al monte.

VIII

Como no olía a hembra y los tiempos eran apacibles, los jíbaros durmieron el hartazgo durante dos días. Arriba, las auras pasaban sobre las ramas, esperando que la jauría se marchara sin concluir el trabajo. Perro y la perra gris se divertían como nunca, jugando con la camisa listada de Cimarrón. Cada uno halaba por su lado, para probar la solidez de los colmillos. Cuando se desprendía una costura, ambos rodaban por el polvo. Y volvían a empezar, con el harapo cada vez más menguado, mirándose a los ojos, las narices casi juntas, Al fin, se dio la orden de partida. Los ladridos se perdieron en lo alto de las crestas arboladas.

Durante muchos años, los monteros evitaron, de noche, aquel atajo dañado por huesos y cadenas.

Alejo Carpentier (1904–1980) fue un novelista, ensayista y musicólogo cubano, figura central de la literatura latinoamericana del siglo XX y precursor del boom literario.

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