LUGARES PROPICIOS A LA VID
El silencio no es una palabra escrita sobre una pared, es una canción solitaria con el viento que no se detiene en el medio de un infierno. Silencio señores grandes, que despiertan las historias. León Gieco.
miércoles, 15 de julio de 2026
LUGARES PROPICIOS A LA VID
LA PRIMERA BATALLA POR LA INDEPENDENCIA DEL PERÚ FUE EN EL CENTRO DE NASCA
LA PRIMERA BATALLA POR LA
INDEPENDENCIA DEL PERÚ FUE EN EL CENTRO DE NASCA
La
acción de armas por la causa de la Independencia del Perú, realizada en la
entonces Villa de Nasca, el 15 de Octubre de 1820, por las fuerzas del General
don José de San Martín, al desembarcar en Paracas, algunos historiadores
contemporáneos, tergiversando los hechos, señalan esta batalla en la zona de
Changuillo (109), cuando en esa época no era un pueblo sino el nombre de unas chácaras
que pertenecieron a la jurisdicción de la hacienda de San Javier, propiedad que
fue de la Compañía de Jesús desde el año de 1742. El Gral. San Martín, con el
propósito de atacar la división enemiga de Quimper que había fugado de Pisco a
Ica y de penetrar al centro del país por la Sierra, formó una Vanguardia el día
3 de Octubre de 1820, al mando del General don Juan Antonio Álvarez de
Arenales, quien llegó en dos jornadas a Ica, en la madrugada del día 6 de
Octubre, atravesando las pampas de “Villakurí” y las sendas cerradas de los
montes guarangales de Guadalupe, Makakona y Saraja, y no encontró obstáculo
alguno, antes bien el Cabildo, los prelados de los conventos y los párrocos, y
una parte del vecindario, mostrando gran alegría, salieron a extramuros de la
ciudad a recibir al Ejército Libertador. Álvarez de Arenales indagó que Quimper
y el Conde de Monte-Mar don Fernando Carrillo, hacendado de Chincha, había
fugado con rumbo al Sur precipitadamente la noche de 5 de Octubre, con 500
infantes, 100 caballos y una pieza. Entonces, Álvarez Arenales dispuso que el
Coronel Manuel Rojas, “CON 80 CABALLOS E IGUAL NÚMERO DE INFANTES, MARCHASE
HASTA NAZCA, DONDE, SEGÚN NOTICIAS CONSTANTES, PERMANECÍA EL ENEMIGO CON CUANTO
PUDO SALVAR EN SU FUGA”. (110). En el mismísimo Boletín Nº 2, también,
menciónase: “EL DÍA 12 SALIÓ DE ICA EL TENIENTE CORONEL ROJAS DIRIGIENDO SU
MARCHA POR DESIERTOS EXTRAVIADOS LLEGÓ EL 15 A CHANGUILLO, TRES LEGUAS DE
RETAGUARDIA DEL ENEMIGO”. Este párrafo prueba claramente que el Coronel Rojas
llega a Changuillo, posiblemente, en la madrugada del día 15 e indaga que se
encuentra a tres leguas de retaguardia del enemigo. El historiógrafo Bartolomé
Mitre es preciso y lacónico en sus términos al tiempo de comentar el Boletín
del Ejército Libertador: “MARCHANDO POR CAMINOS EXTRAVIADOS SITUOSE A TRES
LEGUAS DE RETAGUARDIA DE QUIMPER, QUE CON 600 HOMBRES DE INFANTERÍA Y
CABALLERÍA, HABÍA HECHO ALTO EN EL PUEBLO DE NASCA”. La distancia que media
entre Changuillo y Nasca está equivocada, por cuanto los naturales de ese lugar
no suministran un cómputo preciso; de esto mismo Álvarez de Arenales ya se
quejaba desde Chunchanga al tiempo de escribir a San Martín, en su jornada de
Pisco a Ica; empero, la distancia que media entre Changuillo y Nasca es de más
de 40 kilómetros, y que el Ejército Libertador de Rojas, para atravesar el
despoblado de “Sokos” y llegar hasta Nasca, debió emplear, por lo menos, cinco
horas. El Coronel Manuel Rojas salió de Changuillo el día 15 por la mañana y
desembocó por la zona de “Kunkumayo”, único camino de entrada para el pueblo de
Nasca. El mismo Coronel dispuso que los valientes capitanes Lavalle, Bermúdez y
el Teniente Suárez de cazadores de la escolta, entraran por las calles del
pueblo con la caballería a galope, mientras avanzaba la infantería. Refiere el
Boletín que el día 15 de Octubre de 1820, la confusión y el desorden fueron
igual a la sorpresa: “LOS ENEMIGOS ABANDONARON LA PLAZA CON LA VELOCIDAD DEL
MIEDO Y FUERON PERSEGUIDOS Y ACUCHILLADOS HASTA UNA LEGUA DEL PUEBLO: EL CAMINO
POR DONDE EMPRENDIERON SU FUGA QUEDÓ SEMBRADO DE CADÁVERES”. Esto prueba que la
batalla fue sangrienta. Los soldados realistas fueron perseguidos a cinco
kilómetros de Nasca, por el camino de herradura de Pangaraví que conducía hasta
el Cantón o “Portachuelo”, en el que existe, antes de tramontar hacia Pajonal,
una pampa eriaza. En esta batalla campal los enemigos, entre muertos y heridos,
tuvieron 50 hombres; prisioneros, 6 oficiales y 80 soldados de línea, y gran
número de milicianos; se recogieron 300 fusiles, crecido número de tercerolas,
fornituras, sables y lanzas y todos los equipajes de la división. El Coronel
Quimper salió de esta refriega en fuga y dijo según declaración de un soldado
realista, en su escape a Acarí: “que le siguiese la caballería”.
Los
restos de los soldados y oficiales defensores de la libertad que murieron en el
combate de Nasca, el día 15 de Octubre de 1820, fueron sepultados en el
cementerio de San Clemente (hoy clausurado), tal como consta en las partidas de
defunción asentadas en los libros parroquiales de Nasca.
Después
de esta sangrienta refriega, en la que fueron vencidos el ejército realista, el
comandante Rojas fue informado por los vecinos de Nasca, que el enemigo había
remitido “100 cargas de pertrechos de guerra y otros efectos” al pueblo de
Acarí, en las fronteras de Arequipa. Refiere el Boletín: “En la noche del 15
dispuso que el Teniente Suárez, con una partida de cazadores, saliese con
prontitud a apoderarse de aquel cargamento. La actividad de este oficial venció
las dificultades que le oponían la distancia y la calidad del terreno; y el día
16 a las 2 de la tarde entró en Acarí y se apoderó de todo por sorpresa. Los
habitantes recibieron a nuestros soldados con entusiasmo y era fácil conocer en
sus semblantes, que suspiraban tiempo ha por abrazar a sus libertadores”.
El día
19 de Octubre de 1820, en medio de gran entusiasmo, regresó el Comandante Rojas
a Ica, llevando muy alto la bandera libertadora salpicada con la sangre de
chilenos y argentinos, como primer ensayo de aquella Vanguardia encabezada por
el general Álvarez de Arenales, cuya división tuvo que salir de Ica en
dirección a Huamanga el día 20, dejando como Comandante del Sur al bravo
Coronel Bermúdez, el que había peleado en la Batalla de Nasca.
(109) Manuel C. Bonilla — Epopeya de la
Libertad, T. I, pág. 145, año 1921.
(110) Boletín Nº 2 del Ejército Libertador —
Cuartel General de Pisco, Octubre 22 de 1820. Mariano Felipe Paz Soldán —
Historia del Perú Independiente — Primer Período (1819-1822), Lima, 1848, pág.
73.
P. ALBERTO ROSSEL CASTRO
LLEGADA DE LA VID AL PERÚ
LLEGADA DE LA VID AL
PERÚ
Sin asomo de duda, el padre Bernabé Cobo afirmaba: “La planta más
provechosa y necesaria que los españoles han traído y plantado en este Nuevo
Mundo es la vid”;¹ y a renglón seguido referirá del Perú: “donde primero se
plantaron parras en él y se dieron uvas fue en esta ciudad de Lima, a la cual
el primero que trajo y plantó la vid fue uno de sus primeros pobladores,
llamado Hernando de Montenegro; y el primer año que cogió abundancia de uvas
para vender fue el de 1551, y se las puso al licenciado Rodrigo Niño, que a la
sazón era fiel ejecutor, a medio peso de oro la libra, que montaba entonces
doscientos y veinticinco maravedices. El cual precio pareció tan bajo al dicho
Montenegro para la estimación que se tenía en aquel tiempo de fruta tan nueva y
regalada, que, como de agravio manifiesto que se le hacía, apeló a la Real
Audiencia”.²
Esta referencia del padre Cobo contrasta con la que hace Garcilaso
de la Vega, quien afirma que la vid llegó al Perú traída por el toledano
Francisco de Caravantes, “antiguo conquistador de los primeros del Perú”. Las
cepas, según refiere, fueron de uva prieta, recogidas en las Islas Canarias.
Por otra parte informa que el primer vino producido en el Perú fue elaborado en
el Cusco, en el año de 1560, en la hacienda Marcahuasi, propiedad de Pedro
López de Cazalla. La uva fue pisada en artesa, a falta de lagar. Al decir de
Garcilaso, Cazalla fue movido a elaborar el primer vino, más por “la honra y
fama de haber sido el primero que en el Cuzco hubiese hecho vino de sus viñas”
que por “la codicia de los dineros de la joya” (dos barras de plata de
trescientos ducados cada una), “que los Reyes Católicos y el Emperador Carlos
Quinto habían mandado se diese de su real hacienda al primero que en cualquier
pueblo de españoles sacase fruto nuevo de España, como trigo, cebada, vino y
aceite en cierta cantidad”.³ Antes de Cazalla se elaboraba un vino “no del todo
tinto”, según el decir de Garcilaso, de muy baja calidad y al que se dio el
nombre de aloque o aloquillo.
Tal traslado de la viticultura a tierras del Nuevo Mundo, tuvo sus
razones. Fue expresión, por un lado, del alto aprecio de los españoles por la
vid y sus productos, y, por otro, de la necesidad de vinos ligada a la liturgia
católica. O, también, según refiere Garcilaso, “porque las ansias que los
españoles tuvieron por ver cosas de su tierra en las Indias han sido tan
boscosas y eficaces, que ningún trabajo se les ha hecho grande para dejar de
intentar el efecto de su deseo”. Así, durante las etapas iniciales de su
expansión por tierras del nuevo continente, España estimuló la siembra de la
vid en sus colonias, tal como lo indica una ordenanza del año 1522, promulgada
por la Casa de Contratación de Sevilla, y en la cual se manda “que todos los
barcos que salgan hacia el Nuevo Mundo, deberán llevar cepas”.
La vid como que germinó en tierra propicia, y fue tan exitosa su
suerte que muy pronto su cultivo se extendió por casi toda la superficie del
virreinato del Perú. Especialmente en Ica y Moquegua, donde se la cultivó en
gran escala, convirtiéndose tales zonas en los más importantes centros de
producción vitivinícola del país.
En la Crónica del Perú,⁴ publicada en 1553 y que puede ser considerada
como la más antigua fuente que informa acerca de la producción de vid en el
país, su autor, el soldado Pedro de Cieza de León refiere que vio viñas en San
Miguel de Piura, Pacasmayo, Santa, Chincha y León de Huánuco; las parras, según
dice, se aclimataron tan bien que por todo lugar propicio se las encontraba y
que por todo poblado donde hubiera españoles existían cultivos de vid.
Según testimonios de época, a mediados del siglo XVII la viticultura
no sólo estaba muy difundida, sino que ya se cosechaba gran variedad de uvas:
mollar, albilla, moscatel, blanca, negra y, como informa Cobo, “otras dos o
tres diferencias de ellas”.
Cobo da cuenta también del éxito y extensión
de la vid en el Nuevo Mundo: “Ha cundido ya esta planta por todas las Indias, y
principalmente por este reino [del Perú], de manera que en muchas partes hay
grandes pagos de viñas, y algunas tan cuantiosas que dan de quince a veinte mil
arrobas de mosto; y de sólo el vino que se cosecha (vendimia) en el
corregimiento de Ica.
Notas / Referencias bibliográficas
1.
Bernabé Cobo. Historia del Nuevo Mundo [1653]. Madrid, Biblioteca de Autores
Españoles, 1964, tomo I, p. 391. Libro X, cap. XIII. “De la vid”.
2.
Bernabé Cobo. Op. cit., pp. 391-392.
3.
Garcilaso de la Vega. Comentarios reales [1617]. Caracas, Biblioteca Ayacucho,
1976, tomo 2. Libro 9, Cap. XXV, pp. 255-258.
4.
Pedro de Cieza de León. Crónica del Perú [1551]; Madrid, Biblioteca de Autores
Españoles, 1853. Cap. LXXI.
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