martes, 20 de enero de 2026

Es que somos muy pobres

 



Es que somos muy pobres

Juan Rulfo

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder, aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.

Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río

El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.

Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.

A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.

Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.

Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.

No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.

Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.

Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.

Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.

La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.

Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.

Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas.

Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quién se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.

Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: "Que Dios las ampare a las dos."

Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.

-Sí -dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.

Ésa es la mortificación de mi papá.

Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.

Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.

¡Diles que no me maten!

 


¡Diles que no me maten!

Juan Rulfo

-¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad.

-No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.

-Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios.

-No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá.

-Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.

-No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este tamaño.

-Anda, Justino. Diles que tengan tantita lástima de mí. Nomás eso diles.

Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:

-No.

Y siguió sacudiendo la cabeza durante mucho rato.

Justino se levantó de la pila de piedras en que estaba sentado y caminó hasta la puerta del corral. Luego se dio vuelta para decir:

-Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?

-La Providencia, Justino. Ella se encargará de ellos. Ocúpate de ir allá y ver qué cosas haces por mí. Eso es lo que urge.

Lo habían traído de madrugada. Y ahora era ya entrada la mañana y él seguía todavía allí, amarrado a un horcón, esperando. No se podía estar quieto. Había hecho el intento de dormir un rato para apaciguarse, pero el sueño se le había ido. También se le había ido el hambre. No tenía ganas de nada. Sólo de vivir. Ahora que sabía bien a bien que lo iban a matar, le habían entrado unas ganas tan grandes de vivir como sólo las puede sentir un recién resucitado. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba:

Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.

Primero se aguantó por puro compromiso. Pero después, cuando la sequía, en que vio cómo se le morían uno tras otro sus animales hostigados por el hambre y que su compadre don Lupe seguía negándole la yerba de sus potreros, entonces fue cuando se puso a romper la cerca y a arrear la bola de animales flacos hasta las paraneras para que se hartaran de comer. Y eso no le había gustado a don Lupe, que mandó tapar otra vez la cerca para que él, Juvencio Nava, le volviera a abrir otra vez el agujero. Así, de día se tapaba el agujero y de noche se volvía a abrir, mientras el ganado estaba allí, siempre pegado a la cerca, siempre esperando; aquel ganado suyo que antes nomás se vivía oliendo el pasto sin poder probarlo.

Y él y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo. Hasta que una vez don Lupe le dijo:

-Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.

Y él contestó:

-Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.

"Y me mató un novillo.

"Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel. Todavía después, se pagaron con lo que quedaba nomás por no perseguirme, aunque de todos modos me perseguían. Por eso me vine a vivir junto con mi hijo a este otro terrenito que yo tenía y que se nombra Palo de Venado. Y mi hijo creció y se casó con la nuera Ignacia y tuvo ya ocho hijos. Así que la cosa ya va para viejo, y según eso debería estar olvidada. Pero, según eso, no lo está.

"Yo entonces calculé que con unos cien pesos quedaba arreglado todo. El difunto don Lupe era solo, solamente con su mujer y los dos muchachitos todavía de a gatas. Y la viuda pronto murió también dizque de pena. Y a los muchachitos se los llevaron lejos, donde unos parientes. Así que, por parte de ellos, no había que tener miedo.

"Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado y enjuiciado para asustarme y seguir robándome. Cada vez que llegaba alguien al pueblo me avisaban:

"-Por ahí andan unos fureños, Juvencio.

"Y yo echaba pal monte, entreverándome entre los madroños y pasándome los días comiendo verdolagas. A veces tenía que salir a la media noche, como si me fueran correteando los perros. Eso duró toda la vida. No fue un año ni dos. Fue toda la vida."

Y ahora habían ido por él, cuando no esperaba ya a nadie, confiado en el olvido en que lo tenía la gente; creyendo que al menos sus últimos días los pasaría tranquilos. "Al menos esto -pensó- conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz".

Se había dado a esta esperanza por entero. Por eso era que le costaba trabajo imaginar morir así, de repente, a estas alturas de su vida, después de tanto pelear para librarse de la muerte; de haberse pasado su mejor tiempo tirando de un lado para otro arrastrado por los sobresaltos y cuando su cuerpo había acabado por ser un puro pellejo correoso curtido por los malos días en que tuvo que andar escondiéndose de todos.

Por si acaso, ¿no había dejado hasta que se le fuera su mujer? Aquel día en que amaneció con la nueva de que su mujer se le había ido, ni siquiera le pasó por la cabeza la intención de salir a buscarla. Dejó que se fuera sin indagar para nada ni con quién ni para dónde, con tal de no bajar al pueblo. Dejó que se le fuera como se le había ido todo lo demás, sin meter las manos. Ya lo único que le quedaba para cuidar era la vida, y ésta la conservaría a como diera lugar. No podía dejar que lo mataran. No podía. Mucho menos ahora.

Pero para eso lo habían traído de allá, de Palo de Venado. No necesitaron amarrarlo para que los siguiera. Él anduvo solo, únicamente maniatado por el miedo. Ellos se dieron cuenta de que no podía correr con aquel cuerpo viejo, con aquellas piernas flacas como sicuas secas, acalambradas por el miedo de morir. Porque a eso iba. A morir. Se lo dijeron.

Desde entonces lo supo. Comenzó a sentir esa comezón en el estómago que le llegaba de pronto siempre que veía de cerca la muerte y que le sacaba el ansia por los ojos, y que le hinchaba la boca con aquellos buches de agua agria que tenía que tragarse sin querer. Y esa cosa que le hacía los pies pesados mientras su cabeza se le ablandaba y el corazón le pegaba con todas sus fuerzas en las costillas. No, no podía acostumbrarse a la idea de que lo mataran.

Tenía que haber alguna esperanza. En algún lugar podría aún quedar alguna esperanza. Tal vez ellos se hubieran equivocado. Quizá buscaban a otro Juvencio Nava y no al Juvencio Nava que era él.

Caminó entre aquellos hombres en silencio, con los brazos caídos. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más, llena de ese olor como de orines que tiene el polvo de los caminos.

Sus ojos, que se habían apenuscado con los años, venían viendo la tierra, aquí, debajo de sus pies, a pesar de la oscuridad. Allí en la tierra estaba toda su vida. Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne. Se vino largo rato desmenuzándola con los ojos, saboreando cada pedazo como si fuera el último, sabiendo casi que sería el último.

Luego, como queriendo decir algo, miraba a los hombres que iban junto a él. Iba a decirles que lo soltaran, que lo dejaran que se fuera: "Yo no le he hecho daño a nadie, muchachos", iba a decirles, pero se quedaba callado. "Más adelantito se los diré", pensaba. Y sólo los veía. Podía hasta imaginar que eran sus amigos; pero no quería hacerlo. No lo eran. No sabía quiénes eran. Los veía a su lado ladeándose y agachándose de vez en cuando para ver por dónde seguía el camino.

Los había visto por primera vez al pardear de la tarde, en esa hora desteñida en que todo parece chamuscado. Habían atravesado los surcos pisando la milpa tierna. Y él había bajado a eso: a decirles que allí estaba comenzando a crecer la milpa. Pero ellos no se detuvieron.

Los había visto con tiempo. Siempre tuvo la suerte de ver con tiempo todo. Pudo haberse escondido, caminar unas cuantas horas por el cerro mientras ellos se iban y después volver a bajar. Al fin y al cabo, la milpa no se lograría de ningún modo. Ya era tiempo de que hubieran venido las aguas y las aguas no aparecían y la milpa comenzaba a marchitarse. No tardaría en estar seca del todo.

Así que ni valía la pena de haber bajado; haberse metido entre aquellos hombres como en un agujero, para ya no volver a salir.

Y ahora seguía junto a ellos, aguantándose las ganas de decirles que lo soltaran. No les veía la cara; sólo veía los bultos que se repegaban o se separaban de él. De manera que cuando se puso a hablar, no supo si lo habían oído. Dijo:

-Yo nunca le he hecho daño a nadie -eso dijo. Pero nada cambió. Ninguno de los bultos pareció darse cuenta. Las caras no se volvieron a verlo. Siguieron igual, como si hubieran venido dormidos.

Entonces pensó que no tenía nada más que decir, que tendría que buscar la esperanza en algún otro lado. Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio de aquellos cuatro hombres oscurecidos por el color negro de la noche.

-Mi coronel, aquí está el hombre.

Se habían detenido delante del boquete de la puerta. Él, con el sombrero en la mano, por respeto, esperando ver salir a alguien. Pero sólo salió la voz:

- ¿Cuál hombre? -preguntaron.

-El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.

-Pregúntale que si ha vivido alguna vez en Alima -volvió a decir la voz de allá adentro.

-¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? -repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.

-Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.

-Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.

-Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.

-¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.

Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:

-Ya sé que murió -dijo-. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:

-Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto. Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta. Con nosotros, eso pasó.

"Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago. Me contaron que duró más de dos días perdido y que, cuando lo encontraron tirado en un arroyo, todavía estaba agonizando y pidiendo el encargo de que le cuidaran a su familia.

"Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. Lo que no se olvida es llegar a saber que el que hizo aquello está aún vivo, alimentando su alma podrida con la ilusión de la vida eterna. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco; pero el hecho de que se haya puesto en el lugar donde yo sé que está, me da ánimos para acabar con él. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca".

Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:

-¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!

-¡Mírame, coronel! -pidió él-. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates...!

-¡Llévenselo! -volvió a decir la voz de adentro.

-...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. Me castigaron de muchos modos. Me he pasado cosa de cuarenta años escondido como un apestado, siempre con el pálpito de que en cualquier rato me matarían. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!

Estaba allí, como si lo hubieran golpeado, sacudiendo su sombrero contra la tierra. Gritando.

En seguida la voz de allá adentro dijo:

-Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.

Ahora, por fin, se había apaciguado. Estaba allí arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Lo echó encima del burro. Lo apretaló bien apretado al aparejo para que no se fuese a caer por el camino. Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.

-Tu nuera y los nietos te extrañarán -iba diciéndole-. Te mirarán a la cara y creerán que no eres tú. Se les afigurará que te ha comido el coyote cuando te vean con esa cara tan llena de boquetes por tanto tiro de gracia como te dieron.

FIN

viernes, 16 de enero de 2026

En la estancia

 



En la estancia

Augusto Rojas Gasco

El fuete se estrelló en su cuerpo como un fogonazo que lo arrojó del caballo y lo aplastó contra el suelo, y todo fue un ataque de pánico y un dolor de carnes y huesos que lo ofuscaron, hasta el punto de que no atina sino a revolcarse, a intentar escapar arrastrándose, a escudarse con los brazos al divisar que su agresor tras apearse de su cabalgadura se impulsa para patearlo, a dar alaridos cuando el golpe en el estómago lo dobla de dolor y un segundo puntapié en el pecho lo deja tendido boca abajo sobre el suelo. Sobre ese suelo de tierra apisonada donde su verdugo lo deja, con el fin de retornar a su caballo, sacar de la alforja una botella de aguardiente y beber del gollete. Y donde él, mientras tanto, atormentado por el dolor, se abandona para, aprovechando ese respiro, recuperarse aunque sea un poco, y al mismo tiempo para decidir cómo enfrentará a su enemigo, porque de todos modos tendrá que enfrentarlo. Pero no tiene tiempo de nada: un griterío lo sobresalta. Es el barullo de los invitados a la yunza y de los músicos, que han venido de diversos puntos de la explanada y han formado un ruedo alrededor de él y del bandolero.

—Es el cholo Eustaquio.

—Sí. Veinte años en la cárcel lo han envejecido

—No aguantará. Está acabado.

Él sólo logra captar el mensaje mal agüero de algunos de esos chillidos; pero pronto se olvida de ese bullicio y se concentra en sus propias cavilaciones y temores que lo asaltan a la vista, no ya de los asistentes a la yunza, sino de ese cholo alto, joven, fuerte, colorado, de ojos zarcos, con el carrillo abultado por una bola de cal y coca, con una botella de aguardiente en la mano, que lo está mirando burlonamente y se dirige a él con insultos, y que en cualquier momento lo embestirá otra vez. Sólo esos pensamientos lo atormentan. Pero, a poco desde el pretil de la casa le llega un grito, una voz chillona que azuza al bandido.

— Zarco… ¿Qué esperas para matar a ese indio miserable?… ¡Acábalo de una vez!… ¡Qué esperas!

No necesita divisarla para saber quién es. Es doña Santos, la dueña de esa estancia pequeña, con su casa de adobe y techo de tejas; con su tienda; con eucaliptos, sauces y moras, bordeando la explanada; con el árbol de la yunza al centro, y más a la derecha la chacra; y a la izquierda el maguey, la acequia y la pirca del camino. Es la viuda sin hijos, la mujer que tiempo atrás había perdido la piedad por los demás. Le conoce la voz, porque cuando era el bandido más temido, y no el viejo de ahora, ella lo había recibido con afecto; y porque la había escuchado no hacía mucho, cuando tras detener su marcha hacia la chacra que había heredado de sus padres, cometió el desatino de entrar en la estancia para proveerse de víveres.

— ¡Lárgate! —le había gritado ella al reconocerlo, antes de que desmonte—. ¡Si vuelves, te echaré los perros, indio maldito!

Y él, que no buscaba problemas, había doblado el pescuezo de su caballo para salir y continuar su camino, cuando de pronto entraron los bandoleros como demonios, con el poncho arremangado sobre el hombro, el sombrero a la pedrada, empuñando fusiles máuser, con machetes y puñales sujetos a la cintura; y el cabecilla de éstos, el zarco, apenas lo avistó le asestó a bocajarro el fuetazo. Esa quemazón que, con fuete de cuero trenzado, le había abierto la piel, lo había arrojado de su cabalgadura y había empezado el suplicio que lo tiene ahora casi muerto en el suelo.

Por eso no necesita verla para saber quien es. Sólo le preocupa el efecto que sus palabras desaten en el bandido, porque se da cuenta de que ella conoce a éste. Además, sabe de sobra que en la tienda de ella se abastecen todos los forajidos y por eso la respetan.

—Zarco... ¿Qué te pasa?... Qué esperas para matar a ese indio... ¿Qué te pasa?... ¡Mátalo de una vez...! ¡Qué esperas!… ¿Acaso le tienes miedo?

—Ya la escuché, patroncita —le responde el bandido, mientras hacía chasquear el fuete—. No se apure, patrona, aguántese, que a éste lo mato a poquitos... Para que sirva de escarmiento, carajo... Para que todos sepan quién mató al cholo Eustaquio... Pero no lo voy a matar con arma, ni a golpes... Lo voy a matar a rebencazos, como a perro sarnoso, carajo... Y tú, mi amigo —se dirige ahora con sorna a Eustaquio—: Te hemos seguido desde que llegaste de la cárcel de Cajamarca... En el pueblo les decía a mis muchachos que te íbamos a agarrar en la estancia de doña Santos, y ya ves... te atrapé, carajo... Y nadie dirá que maté a un viejo indefenso, porque aquí todos dicen que eres el criminal más temido, jijuna... Mejor te hubiera ido en la cárcel de Cajamarca... Dejuro... Ahora te quiero ver... Te quiero ver, carajo, pidiendo perdón de rodillas... Orinándote en tus pantalones... Dejuro... Pidiendo que te mate, carajo, ... Porque no vas a poder aguantar los rebencazos, viejo jijuna... ¡No vas a poder... no vas a aguantar, carajooo...!

Él permanece en silencio. Con el corazón al galope. Asombrado escucha el ruido de esos latidos. Un ruido tan violento como el que hace el chasquido del fuete. Está viejo, pero no tanto como aparenta; sin embargo, se siente más viejo y débil que nunca. Con el antebrazo comprueba que el puñal de treinta centímetros se encuentra colgando de su cadera, en su cinto. Arma que la usará en el momento oportuno. Mientras tanto debe aguantar. Pero, ¿podrá aguantar? No podrá aguantar ni siquiera los primeros latigazos. Ha querido cerrar los ojos, pero los ha abierto más, los ha agrandado para ver al bandido que levanta con ímpetu el fuete... y lo descarga. Un fuetazo. Dos. Tres. El bandido, furibundo, lo azota en aspa. Cuatro fuetazos. Cinco. La estancia comenzó a poblarse de gritos, de relinchos y ladridos. Seis fuetazos. Siete. Ocho. Nueve. No podrá aguantar. Cada fuetazo es una quemazón que le hace gritar y gemir, que lo empuja a brincos hacia el maguey, hacia la acequia. El cuerpo se le ha ido despellejando en tiras y pintando de sangre. Diez fuetazos. Once. Doce. Trece. Ahora comenzó a sentir dolores diferentes, desde más adentro. Ahora es cuando empezaron los quejidos para dentro; cuando, además, sintió que algo interno se le descolgaba, que le costaba trabajo respirar. Que se estaba muriendo. Pero es también, cuando él, de pronto, se incorpora como un rayo y ante el asombro de los presentes le asesta al bandido, sin darle tiempo ni para resollar, un puñetazo en la nariz, otro en el estómago y otro en el mentón. Derribándolo.

Pero el zarco es cholo recio, se incorpora de un brinco y, olvidando el fuete que se le ha ido de la mano, acomete con puntapiés y puñetazos violentos. Golpes que a veces Eustaquio logra sortear rotando sobre sus talones, agachándose, pero que las más de las veces le sacuden la cabeza, le aplanan la nariz, le aplastan las orejas, los riñones, las canillas. Entonces, comprendiendo que por la velocidad de los golpes le es imposible contrarrestar a distancia el ataque, Eustaquio arremete con la cabeza gacha, a riesgo de que le partan los labios y los pómulos, y logra abracar al bandido por la cintura, fuertemente, haciéndolo trastabillar, y finalmente haciéndole, con una zancadilla, caer de culo. Oportunidad que aprovecha para martillarlo en el suelo con puntapiés en el estómago, en las orejas, en todo el cuerpo. Pero ocurre que el bandido, tras bloquear la última patada con una mano, coge con la otra la pierna que sirve de apoyo a Eustaquio y lo derriba, y enseguida se le abalanza, y con los brazos le enlaza el cuello y comienza a estrangularlo recostado sobre él. Eustaquio entonces siente que se asfixia como una gallina acogotada, y, como por más que pugna no puede librarse de ese nudo de acero, clava con rabia dos dedos en forma de horqueta en los ojos de su rival, consiguiendo que éste a tiempo que lanza un grito de dolor le quite los brazos. Lo que sí no pudo evitar Eustaquio fue que el bandido, en su desesperación y como único recurso, le planche el pecho con la suela de su bota y lo lance rodando unos metros.

Luego hubo una tregua. Eustaquio no bien se detuvo, se sentó y, resollando, empezó a limpiarse con el poncho la sangre que le fluía de la nariz y de los labios, en tanto que el zarco, con el rostro también ensangrentado, se restregaba los ojos y echaba maldiciones. Pausa que ambos, cansados y adoloridos como estaban, hacen durar más de lo previsto, a pesar de que los invitados les reclaman reanudar la pelea, y de que doña Santos fustiga sin misericordia al bandido, exigiéndole a gritos que liquide de una vez por todas al cholo. Tregua que pudo durar más todavía, de no haber sido porque de pronto uno de los secuaces del Zarco, desde su montura, le arroja a éste un machete que casi le cae en las manos. Eustaquio entonces, advirtiendo esa maniobra, se incorpora rápidamente, se despoja del poncho y dirige la diestra hacia la cintura y saca el puñal; pero no puede usarlo, porque, viendo que el zarco se encontraba a un palmo ya de él, con el machete en descenso, salta ágilmente hacia un costado para esquivar la hoja. Luego brinca otra vez para evitar un segundo machetazo. Lo mismo, ante un tercer machetazo. La rapidez con que el zarco blande el arma obliga a Eustaquio a retroceder a brincos, a la espera de que su rival, por el cansancio, afloje su ataque y le ofrezca un flanco descuidado por donde hundir el puñal. Pero choca con la mesa del banquete, y esta vez con dificultad esquiva la hoja, que pasa y se estrella en el tablero con tal violencia, que lo raja, a la vez que hace saltar en pedazos la vajilla con su contenido. Cuando el bandido, más enfurecido por su desafortunado embate, se vuelve otra vez con el machete en alto, no puede bajarlo, porque Eustaquio con la zurda rápidamente le aprehende la mano, a la par que con la diestra le envía el puñal de abajo arriba. Pero el zarco, a su vez, con increíble habilidad captura la mano con el puñal antes de que éste penetre en su cuerpo. Se produce entonces un forcejeo. Ambos contienen la mano del otro, la mano con el arma, al mismo tiempo que se aplican rodillazos, y cabezazos. Enredo que es breve, porque en un descuido del zarco, el cholo hace fintas de cintura, y se zafa, y enviando el puñal velozmente hacia atrás lo hunde en el brazo izquierdo de su rival, y enseguida se vuelve para embestir nuevamente, pero, el zarco, advertido, recula el pie derecho, ladea el cuerpo, y a la par que sortea al cholo le descarga un machetazo feroz en las costillas.

Cuando Eustaquio cae ya entraba la noche y del cielo encapotado se precipitaba un aguacero de diluvio. En tanto que no muy lejos, por los cerros, empezaron a sentirse los rayos, los truenos y los relámpagos. Sólo entonces Eustaquio comenzó a oír el bramido del Río Chotano, que probablemente a esa hora arrastraba árboles, lodo, o algún animal muerto. Sólo en ese momento, también, atisbó la dolorosa herida que sangraba; una herida que, habiendo el machete tajado su camisa de lino y penetrado por debajo de la axila, le permitía ver parte de sus costillas. Pero el cholo tiene el alma bien puesta. No siente miedo ni desesperación, sino rabia de estar viejo, y también deseos de reposar apaciblemente bajo ese aguacero, sobre ese suelo de piedrecillas y lodo. De buena gana se hubiera abandonado allí, esperando a que su enemigo lo remate; pero el deseo que súbitamente le asaltó de vivir, de pasar los últimos años de su vida en la chacra de sus padres, rodeado de nostalgias y de paz, le hizo cambiar de parecer. Entonces fue cuando el cholo, a la vez que lanza un grito estremecedor, haciendo un esfuerzo sobrehumano se incorpora como un loco, y voltea con el puñal para embestir al zarco, pero es también cuando éste, que está parado detrás de él con el machete en alto, le descarga un feroz tajo, y enseguida, desdeñando el «crac» de hueso partido y el gemido ronco, se endereza y eleva otra vez rápido la hoja a fin de asestarle un segundo tajo, el machetazo definitivo. Pero el cholo, con una rapidez del demonio, con un movimiento que nadie vio, le hundió el puñal en la boca del estómago de abajo arriba, con tal contundencia que el bandido cayó fulminado. Casi enseguida cayó Eustaquio. Ambos quedaron en un lodazal enrojecido, tiesos, remojándose en el aguacero infernal.

 

Tomado del libro "Ayaymama y los cuentos ganadores y finalistas de la XVI Bienal de Cuento «Premio Copé Internacional 2010». Ediciones PETROPERÚ

LA QUENA DE CHILCA

 



La quena más antigua en el Perú, data de hace 5,700 años, hallada en la tumba de un hombre de 35 años en el distrito de Chilca, provincia de Cañete, departamento de Lima, hallada en 1963 por el arqueólogo suizo Frédéric Engel.

Es una flauta vertical de madera oscura, que mide 230 mm de largo por 17 mm de diámetro, con 4 orificios y boquilla de bisel, similar a la actual quena, pero menos pronunciado, lleva una decoración con motivo pirograbado de un animal de pie tocando una flauta.
Este artefacto es esencial para la investigación etnomusical, se encuentra en exhibición en el museo del CIZA (Centro de Investigaciones de Zonas Áridas de la Universidad Nacional Agraria La Molina), ahora MUNABA (Museo Nacional de Antropología, Biodiversidad, Agricultura y Alimentación), en la vitrina correspondiente a la “Época Agrícola Incipiente”.
La quena de Chilca es una joya testimonial que evidencia las prácticas musicales previas a las civilizaciones que se desarrollaron en nuestro territorio, revelando conceptos de los aerófonos, la riqueza en sus escalas y posibilidades sonoras en las sociedades pre cerámicas.

Grupo Pachacamac

sábado, 10 de enero de 2026

"VOCES REUNIDAS" Segunda Edición (AUGUSTO ROJAS GASCO)

 "VOCES REUNIDAS" Segunda Edición (Aumentada y corregida)



que arrojaste a los mercaderes del templo
y aceptaste valeroso te dejaran como paloma clavada
agónica desangrando en dos maderos
por qué aún permaneces
solitario de dolor prendido
enmudecido de amor tiznado
lágrima desmayada sobre el pecho
Baja de esa cruz
arroja las espinas
ponte de nuestro lado.

Déjanos oír tu voz encendiendo el fuego;
tu risa de palomas combativas.

Trenza tus manos con las nuestras en látigo rotundo
para acabar con los mercaderes
y sembrar en tu costado el reino del trigo
la abolición de la piedra.

https://www.autoreseditores.com/libro/31103/augusto-flavio-rojas-gasco/voces-reunidas.html

viernes, 21 de noviembre de 2025

Ensayo "El silencio protege al agresor, no a la víctima

 

El silencio protege al agresor, no a la víctima.

 


Hoy en día escuchamos muchas veces la frase “No a la violencia contra la mujer”, pero decirlo no es suficiente si no hacemos algo para que realmente cambie nuestra sociedad, es el momento de actuar, de hacerle frente a la violencia abrazados todos los que amamos la paz. La violencia de género no es solo un problema del Perú, sino del mundo entero, pero nuestro país sigue siendo uno de los más afectados. Muchas mujeres todavía viven con miedo dentro de sus propios hogares, cuando deberían vivir en paz, libremente y con respeto.Como estudiantes, también tenemos un papel importante en esta lucha.

Cuando hablamos de violencia contra la mujer, muchas personas piensan solo en golpes, pero no es así. La violencia puede ser psicológica, física, sexual, económica, verbal y digital (como el acoso por redes sociales). A veces un insulto, un grito o una humillación dañan más que un golpe. También existe la violencia que busca controlar: cuando alguien decide con quién puede hablar una mujer, cómo debe vestir o qué hacer con su dinero. Eso también es violencia, solo que más silenciosa.

En el Perú, las cifras son alarmantes. Cada día, muchas mujeres denuncian agresiones, y otras ni siquiera pueden denunciar por miedo, vergüenza o falta de apoyo. Lo más triste es que, en la mayoría de casos, el agresor es alguien cercano: esposos, enamorados, padres, tíos o conocidos, sobretodo el padrastro, ya que la familia se quiebra tempranamente, iniciando la madre otra relación. Eso demuestra que la violencia no es un problema de desconocidos, sino un problema social y familiar. Esta realidad nos obliga a pensar: ¿qué estamos haciendo como país para detenerla? ¿Y qué estamos haciendo nosotros como jóvenes?

Para acabar con la violencia, no basta con castigar a los agresores, tenemos que educar desde edades tempranas en valores como el respeto, la igualdad y la empatía. No nacemos violentos; la violencia se aprende, se normaliza y se repite. Si un niño crece viendo que maltratar está “permitido”, puede convertirse en un agresor en el futuro. Pero si crecemos aprendiendo que hombres y mujeres valemos lo mismo, entonces construiremos una sociedad sin miedo.

La lucha contra la violencia hacia la mujer también implica cuestionar nuestras costumbres, nuestro lenguaje y la forma en que convivimos. Una frase machista, una burla “de broma”, un comentario que minimiza a una mujer o una actitud que la hace sentir inferior, son también formas de violencia que hemos normalizado sin darnos cuenta. Erradicar esta realidad no significa solo castigar al agresor, sino transformar la cultura que lo permite. Necesitamos aprender a relacionarnos con respeto, dejando atrás la idea de que alguien tiene derecho a controlar, ordenar o decidir sobre otra persona. Cuando una mujer es escuchada, apoyada y valorada, puede crecer, estudiar, soñar y transformar su entorno. Proteger a las mujeres no es un favor ni un acto de compasión: es una obligación moral que nos convierte en ciudadanos responsables y en seres humanos verdaderamente justos. Solo así podremos construir un país donde la libertad no sea un privilegio, sino un derecho garantizado para todas.

En Santa Cruz de Flores, aunque no tengamos tantos casos visibles como en ciudades grandes, eso no significa que debamos quedarnos tranquilos. Al contrario, debemos actuar antes de que la violencia ocurra. Nuestro colegio puede ser un lugar de cambio. Como estudiantes de 5to de secundaria, podemos proponer campañas de respeto, charlas, actividades artísticas, murales o marchas locales. Podemos usar redes sociales para mensajes positivos. Podemos escuchar y acompañar a quien sufre.

También las autoridades locales podrían ayudar. La municipalidad puede organizar talleres para familias, charlas sobre manejo de emociones, asesorías psicológicas gratuitas o campañas en fiestas y eventos públicos. La violencia no se combate solo con leyes, también con prevención y educación emocional.

 

Como joven y estudiante, yo también tengo una responsabilidad. No puedo cambiar el Perú entero, pero sí puedo cambiar algo en mi entorno. Debemos respetar a todas las mujeres que nos rodean: a mis compañeras, a mis profesoras, a las madres de mi comunidad. Puedo hablar si veo algo injusto, puedo apoyar a quien necesite ayuda, puedo escuchar sin juzgar. La seguridad y libertad de las mujeres empieza con nuestro comportamiento de todos los días. Sabemos que estamos viviendo una etapa complicada de nuestras vidas, desde ese instante en que aparece el enamoramiento debemos vivir con respeto, sin machismo, sin utilizar a la mujer como objeto, como una propiedad, de lo contrario aumentaría la estadística de agresiones y muertes. Aquí quiero contarle el testimonio de una estudiante del cuarto año, su confesión la hizo a un maestro conocido: Ella contó de la siguiente manera “Mi enamorado del primer año me dio una cachetada, revisó mi celular, no contento con ello me golpeo con su rodilla mi muslo izquierdo”. El consejo del maestro fue que debe cortar con esa relación, ya que, si siguen caminando juntos estableciendo un lazo más durable en el tiempo, se podrá llegar hasta situaciones que lamentar.

Decir “Ni una menos” no es una moda, es una promesa. Una promesa de lucha, respeto y justicia. El Perú necesita jóvenes que no repitan los errores del pasado, sino que construyan un futuro sin miedo, con decisión y valentía. Como estudiantes somos parte de ese cambio. No importa nuestra edad: podemos enseñar con el ejemplo, hay un dicho que dice: “Educa con lo que haces, no con lo que dices”, defender con la voz y apoyar con el corazón. Si algo me ha enseñado la vida es que las mujeres deben ser autónomas y para ello tienen que depender de ellas mismas, no de algún hombre, para lograrlo debemos estudiar y ser profesionales, entonces seremos libres de hacer con nuestro dinero lo que deseamos. Aquí en Santa Cruz de Flores muchas vecinas aceptan las agresiones de sus parejas porque dependen de ellos económicamente, temen ser abandonadas.

La violencia contra la mujer no se combate solo con protestas, sino con acciones reales, desde casa, desde el colegio y desde nuestra comunidad. Solo así lograremos un país donde las mujeres vivan libres, seguras y felices. Ese es el Perú que queremos. Ese es el Perú que podemos construir.

 

AUTOR: Luz Thatiana Chuquillanqui López

"Ensayo por el día de la no violencia contra la mujer".

 

La casa es el escenario del delito

Cada día despierto con noticias nacionales donde se ocurren hechos de sangre, conmueve cuando entre las víctimas se encuentran mujeres menores de edad, realizo una mirada a los acontecimientos, observo que es la familia el escenario, la casa que debería estar bajo la protección del padre y la madre, siente su ausencia, dejando solos a los pequeños, sin el calor de la figura paterna. Estas escenas no cuentan con personas extrañas, los agresores son del entorno, personas cercanas como el tío, primo, padrastro, gente conocida de las niñas menores de 14 años.

Un dato estadístico revela que la Institución Educativa Jesús Divino Maestro, tiene como apoderados mayormente a mujeres, es decir el 80% de los hogares son liderados por mujeres, llamadas madres solteras.  Ellas en su totalidad han sido abandonadas por sus primeras parejas. El machismo descrito de esta manera tiene en abandono la vida de muchos adolescentes. Según datos recogidos por el auxiliar y algunos buenos tutores, por las tardes como aves caminan por la calle sin rumbo fijo, alentados por otros estudiantes con situación similar. Ellos lo primero que encuentran es licor fácil, aquí abunda el trago corto, al ser consumido a temprana edad se convierte en una droga, que les permite evadir el infierno en que viven.

La señora Cristina Arias ha decidido rehacer su vida, mi compañera Kaori ahora tiene padrastro, según relató a un personaje amigo, el señor se muestra muy amable, cariñoso, a veces tierno; sin embargo ella se siente preocupada cuando se encuentra sola en casa, por eso me visita frecuentemente con el pretexto de estudiar. Él tiene mucho poder, en eso lo puedo comparar con los gamonales de la época que vivió José María Arguedas, ellos abusaban de los indígenas, de su peones, los patronos ahora son los padrastros en este tipo de hogar. Mi amiga al leer Warma Kuyay, se conmueve, se acurruca a mí como una palomita, ambos nos damos cariño, ese afecto que nos falta como mujeres. Se siente tan triste porque su madre ve como un Dios a su pareja y siempre le da la razón, teme que con la complicidad de ella algún día pueda ser violentada. Sin duda su mamá se encuentra atada a su pareja porque le da dinero, eso la lleva a aceptar todo lo que le proponen, también ronda por su cabeza ser abandonada por segunda vez.

Lo descrito anteriormente forma partes de una reflexión, la situación en que se encuentran los adolescentes en Flores, en esta sociedad peruana cada vez más cruel, alentada por los gobernantes de turno, la violencia crece a mil kilómetros por hora ¿Estamos viviendo en un narcoestado? ¿Por qué el aumento de extorsionadores y sicarios? ¿Será por el sistema económico imperante, hace cada vez más pobres a los peruanos y solo un puñado de ricos disfruta de su riqueza? Ya quisiera entender de política, mi profesor lo único que me recuerda siempre es leer y leer para tener un mejor entendimiento de cómo se mueven los hilos desde el Legislativo y el Ejecutivo. Otras de las noticias de hoy fue que un policía golpeó y mató a una mujer, si ellos son nuestros protectores, nos deben cuidar, no utilizar su arma de reglamento para acabar con la vida de seres humanos. Creo que la salud mental está en crisis, la gente no vive en paz, se sigue viendo a la mujer como un objeto de su propiedad. Un tema ligado a todo esto es la trata de personas y el tráfico de órganos, aquí es donde se mueve mucho dinero, capaz de corromper al más honesto policía.

Las escuelas donde se seleccionan a los agentes de seguridad deben contar con mecanismos rigurosos en su ingreso, en todos estos tiempos se habla de meritocracia, pero no se nota el avance en las instituciones del estado, aún existe el nepotismo, amiguismo en los cargos públicos, el país no es estable. Venimos de tener cinco presidentes en un corto tiempo, el país se encuentra “dividido” entre los que quieren conservar el modelo económico neo liberal y quienes plantean una reforma del estado o nueva constitución. Ayer escuché en la noticia que hay propuestas de reformar el Ministerio del Interior. Mis maestros sostienen que “Los alumnos que ahora son policías, tenían problemas de conducta, eran los más indisciplinados, con un rendimiento académico bajísimo”. Todos estos antecedentes, deberían servir para hacer cumplir las normas vigentes que señalan que toda institución educativa debe contar con un profesional en Psicología, para atenuar los traumas de infancia, que tanto cuesta superar en etapas posteriores de nuestras vidas.

Después de hacer un pequeño balance de mi país, el país de todas las sangres como lo describió José María Arguedas, debo advertir que en las zonas andinas todavía se sigue ejerciendo violencia contra las mujeres, en las comunidades nativas, pueblos alejados. Hechos que no salen en noticias, ni son denunciados por temor o simplemente por impedir que los demás se enteren. Santa Cruz de Flores está catalogado como zona rural, y recibe personas migrantes de muchos lugares del ande, del oriente o selva peruana. Mi amiga Kaori vino con su madre muy pequeña desde un lugar donde se viaja en bote, desde allá sus sueños y esperanzas se alejan en una ciudad, llena de odio y discriminación. Se debe desarrollar las zonas andinas, crear universidades, centros de producción, industrializar los lugares alejados. Descentralizar el Perú, para evitar el éxodo tal como lo vivimos en la pandemia.

Para concluir, pido desde aquí, mi pequeño cuarto, dirigir la mirada a los lugares a donde no llega el estado, pero si han llegado extranjeros en busca de trabajo y mejor vida, ya somos un Distrito que recibimos venezolanas y venezolanos, del mismo modo ayacuchanos, huancavelicanos, apurimeños, amazónicos, la mayoría se moviliza con mamá, papá se quedó allá con otra familia, desde aquí inician procesos de alimentos. Aprendamos a convivir entre nosotros, ellos también son niños y adolescentes, estudian conmigo pensando en un futuro mejor. En esta etapa complicada, deberíamos estar acompañados, para que en el futuro seamos una sociedad más sana, con ciudadanos que aporten por el bien de nuestra nación. Nos falta mucho, diría hasta una política de recreación, infraestructura deportiva, para poder crecer fuertes y sanos.

 

Estudiante: Xiomara, AVALOS RUIZ

Tercer  Año “Institución Educativa Jesús Divino Maestro”

Entrada destacada

LA PATA DE MONO ( William W. JACOBS)

  LA PATA DE MONO WILLIAM W. JACOBS I La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Villa Laburnam los postigos estaban cerra...