jueves, 14 de mayo de 2026

EL TROMPO

 

EL TROMPO

 

José Diez Canseco

Sobre el cerro San Cristóbal la neblina había puesto una capota sucia que cubría la cruz de hierro. Una garúa de calabobos se cernía entre los árboles lavando las hojas, transformándose en un fango ligero y descendiendo hasta la tierra que acentuaba su color pardo. Las estatuas desnudas de la Alameda de los Descalzos se chorreaban con el barro formado por la lluvia y el polvo acumulado en cada escorzo. Un policía, cubierto con su capote azul de vueltas rojas, daba unos pasos aburridos entre las bancas desiertas, sin una sola pareja, dejando la estela fumosa de su cigarro. Al fondo, en el convento de los frailes franciscanos se estremecía la débil campanita como un son triste..

En esa tarde todo era opaco y silencioso. Los automóviles, los tranvías, las carretillas repartidoras de cervezas y sodas, los "colectivos", se esfumaban en la niebla gris-azulada y todos los ruidos parecían lejanos. A veces surgía la estridencia característica de los neumáticos rodando sobre el asfalto húmedo y sonoro y surgía también solitario y escuálido, el silbido vagabundo del transeúnte invisible. Esta tarde se parecía a la tarde del vals sentimental y huachafo que, hace muchos años, cantaban los currutacos de las tiorbas:

¡La tarde era triste, la nieve caía!

Por la acera izquierda de la Alameda iba Chupitos, a su lado el cholo Feliciano Mayta. Chupitos era un zambito de diez os, con ojos vivísimos sombreados por largas pestañas y una jeta burlona que siempre fruncía con estrepitoso sorbo. Chupitos le llamaron desde que un día, hacía un año más o menos, sus amigos le encontraron en la puerta de la botica de San zaro pidiendo:

-¡Despáchabame esta receta!...

Uno de los ganchos, Glicerio Carmona, le preguntó:

-¿Quién está enfermo en tu casa?

-Nadies...Soy yo que me ha salido unos chupitos... Y con "Chupitos" quedó bautizado el mocoso que ahora iba con Feliciano, Glicerio, el bizco Nicasio, Faustino Zapata, pendencieros de la misma edad que venan suertes o pregonaban crímenes, ávidamente leídos en los diarios que ofrecían. Cerraba la marcha Ricardo, el famoso Ricardo que, cada vez que entraba a un cafetín japonés a comprar un alfajor o un comeycalla, salía, nadie sabía mo, con dulces o bizcochos para todos los feligreses de la tira:

-¡Pestaña que tiene uno, compadre!

Gran pestaña, famosa  pestaña  que  un  día  le  fal,  desgraciadamente, como siempre falla, y que costó una noche íntegra en la comisaría de donde salió con el orgullo inmenso de quien tiene la experiencia carcelera que él sintetizaba en una frase  aprendida de una crónica policial:

-Yo soy un avesado en la senda del crimen...

El grupo iba en silencio. El día anterior, Chupitos había perdido su trompo, jugando a la "cocina" con Glicerio Carmona, ese juego infame y taimado, sin gallardía de destreza, sin arrogancia de fuerza. Un juego que consiste en ir empujando el trompo contrario hasta meterlo dentro de un círculo, en la "cocina", en donde el perdidoso tiene que entregar el trompo cocinado a quien tuvo la habilidad rastrera de saberlo empujar.


No era ese un juego de hombres. Chupitos y los otros sabían bien que los trompos, como todo en la vida, deben pelearse a tajos y a quiñes, con el puñal franco de las púas sin la mujeril arteria del evangelio. El pleíto tenía siempre que ser definitivo, con un triunfador y un derrotado, sin prisionero posible para el orgullo de los mulatos palomillas.

Y, naturalmente, Chupitos andaba medio tibio por haber perdido su trompo. Le había costado veinte centavos y era de naranjo. Con esa ciencia sutil y maravillosa, que sólo poseen los iniciados, el muchacho había acicalado su trompo así como su padre acicalaba sus ajisecos y sus giros, sus cenizos y sus carmelos, todos esos gallos que eran su mayor y su más alto orgullo. Así como a los gallos se les corta la cresta para que el enemigo no pueda prenderse y patear a su antojo, así Chupitos le cortó la cabeza al trompo, una especie de perrilla que no servía para nada; lo fue puliendo, nivelando y dándole cera para hacerlo más resbaladizo y le cambió la innoble púa de garbanzo, una púa roma y cobarde, por la púa de clavo afilada y brillante como una de las navajas que su padre amarraba a las estacas de sus pollos peleadores.

Aquel trompo había sido su orgullo. Certero en la chuzada, Chupitos nunca quedó el último y, por consiguiente, jamás ordenó cocina, ese juego zafio de empellones. ¡Eso nunca! Con los trompos se juega a los quiñes, a rajar al chantado y sacarle hasta la contumelia que en, en lengua faraona, viene a ser algo así como la vida. ¡Cuántas veces su trompo, disparado con su fuerza infantil, había partido en dos al otro que ensaba sus entrañas compactas de madera, la contumelia destrozada! Y cómo se ufanaba entonces de su hazaña con una media sonrisa pero sin permitirse jamás la risotada burlona que habría humillado al perdedor:

-Los hombres cuando ganan, ganan. Y ya está.

Nunca se permitió una burla. Apenas la burla presuntuosa que delataba el orgullo de su sabiduría en el juego y, como la cosa más natural del mundo, volver a chuzar para que otro trompo se chantase y rajarlo en dos con la infalibilidad de su certeza. Sólo que el día anterior, sin que él se lo pudiese explicar hasta este instante, cayó detrás de Carmona. ¡Cosas de la vida! Lo cierto es que tuvo que chantarse y el otro, sin poder disimular su codicia, ordenó rápidamente por las ganas que tenía de quedarse con el trompo hazañudo de Chupitos:

-¡Cocina!

Se atolondró la protesta del zambito:

-¡Yo no juego a la cocina! Si quieres a los quiñes...

La rebelión de Chupitos causó un estupor inenarrable en el grupo de los palomillas. ¿Desde cuándo un chantado se atrea a discutir al prima? El gran Ricardo murmuró con la cabeza baja mientras enhuracaba su trompo:

-Tú sabes, Chupitos, que el que manda, manda, a es la ley...

Chupitos, claro está, ignoraba que la ley no es siempre la justicia y viendo la desaprobación de la tira de sus amigotes, no tuvo más remedio que arrojar su trompo al suelo y esperar, arrimado a la pared con la huaraca enrollada en la mano, que hicieran con su juguete lo que les daba la gana. ¡Ah, de fijo que le iban a quitar su trompo!... Todos aquellos compadres sabían lo suficiente para no quemarse ni errar un solo tiro y el arma de su orgullo iría a parar al fin en la cocina odiosa, en esa cocina que la avaricia y la cobardía de Glicerio Carmona


había ordenado para apoderarse del trozo de naranjo torneado, en que el zambito fincaba su viril complacencia de su fuerza, Y, sin decirlo naturalmente, sin pronunciar las palabras en alta voz, Chupitos insultó espantosamente a Carmona pensando:

-¡Chontano tenía que ser!

Los golpes se fueron sucediendo y sucediendo hasta que, al fin, el grito de júbilo de Glicerio anunció el final del juego:

-¡Lo gané!

Sí, ya era suyo y no había poder humano que se lo arrebatase. Suyo, pero muy suyo, sin apelación posible, por la pericia mañosa de su juego. Y todos los amigos le envidiaban el trompo que Carmona mostraba en la mano exclamando:

-Ya no juego más...

 

II

 

 

 

¡Pero q mala pata, Chupitos! Desde chiquito la cosa haa sido de una pata espantosa. El día que nació, por ejemplo, en el Callejón de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, una vecina dejó sobre un trapo la plancha ardiente, encima de la tabla de planchar, y el trapo y la tabla se encendieron y el fuego se extendió por las paredes empapeladas con carátulas de revistas. Total: casi se quema el callejón. La madre tuvo que salir en brazos del marido y una hermana de éste alzó al chiquillo de la cuna. A poco, los padres tuvieron que entregarlo a una vecina para que lo lactara, no fuera que el susto de la madre se la pasara al muchacho. Luego fue creciendo en un ambiente "sumamente peleador", como decía él, para explicar esa su pasión por las trompeaduras. ¿Que sucedía? Que su madre, zamba engreída, había salido un poco volantusa, según la severa y acaso exagerada opinión de la hermana del marido, porque volantusería era, al fin y al cabo, eso de demorarse dos horas en la plaza del mercado y llegar a la casa, a los dos cuartos del callejón humilde, toda sofocada y preguntando por el marido:

-¿Ya llegó Demetrio?

Hasta que un día se armó la de Dios es Cristo y mueran los moros y vivan los cristianos. Chupitos tenía siete años y se acordaba de todo. Sucedque un día su mamá llegó con una oreja muy colorada y el revuelto pelo mal arreglado. El marido hizo la clásica pregunta:

-¿A dónde has estado?... La comida está fría y yo... ¡espera que te espera! A ver, vamos a ver...

Y, torpemente, sin poder urdir la mentira tan clásica como la pregunta, la zamba había respondido rabiosamente:

-¡Caramba! Ni que fuera una criminal... Arguyó la impaciencia contenida del marido:

-Yo no digo que tú eres una criminal. Lo que quiero es saber adónde has estado. Nada más.

-En la esquina.

-¿En la esquina? ¿Y q hacías en la esquina?

-Estaba con Juana Rosa...


Y dando una media vuelta que hizo revolar la falda, se fue a avivar los tizones y recalentar la carapulcra. La comida fue en silencio. Chupitos no se atrevía a levantar las narices del plato y el padre apuraba, uno tras otro, largos vasos de vino. Al terminar, el zambo se lió la bufanda al cuello, se terció la gorra sobre una oreja, y, encendiendo un cigarrillo, salió dando un portazo.

La mujer no dijo ni chus ni mus. Vio salir al marido y adivi a nde iba: ¡a hablar con Juana Rosa! Y entonces, sin reflexionar en la locura que  iba a cometer, se envolv en el pañolón, ató en una frazada unas cuantas ropas y salió también de estampida dejando al pobre Chupitos que, de puro susto, se tragaba unas grimas que le desbordaban los ojazos ingenuos sin saber el porqué. A medianoche regresó el marido con toda la ira del engaño avivada por el alcohol; abrió  la puerta de una patada y rabió la llamada:

-¡Aurora!

Le respondió el llanto del hijo:

-Se fue, papacito...

El zambo entonces guardó con lentitud el objeto de peligro que le brillaba en la mano y murmuró con voz opaco:

-Ah, se fue, ¿no?... Si tenía la conciencia más negra que su cara... ¡Con Juana Rosa!...¡Yo le voy a dar Juana Rosa!...

Su hermana había tenido razón: Aurora fue siempre una volantusa... No había nada q hacer. Es decir, sí, sí había q hacer: romperle la cara, marcarla duro y hondo para que se acordara siempre de su tamaña ofensa. Allá, en la esquina, se lo habían contado todo y ya sabía lo que mejor hubiese ignorado siempre: esa oreja enrojecida, ese pelo revuelto, era el resultado de la rabia del amante que la zamaqueó rudamente por sabe Dios, o el diablo, q discusión sin vergüenza... Ah, no sólo había habido engaño sino que, además, había otro hombre que también se creía con derecho de asentarle la mano... No, eso no: los dos tenían que saber quién era Demetrio Velásquez... ¡Claro que lo iban a saber!

Y lo supieron. lo que, después, Demetrio estuvo preso quince días por la paliza que propinó a los mendaces y quien, en buena cuenta pagó el pato el pobre Chupitos que se que si madre y con el padre preso, mal consolado por la hospitalidad de la tía, la hermana de Demetrio, que todo el día no hacía sino hablar de Aurora.

-Zamba más sinvergüenza... ¡Jesús!

Cuando el padre volvió de la prisión el chiquillo le pregun llorando:

-¿Y mi mamá?

El zambo arrugó sin piedad la frente:

-¡Se mur!... Y... ¡no llores!

El muchacho lo miró asombrado, sin entender, sin querer entender, con una pena y con un estupor que le dolían malamente en su alma huérfana. Luego se atrevió:

-¿De veras?

Tardó unos instantes el padre en responder. Luego, bajando la cabeza y apretándose las manos, murmuró sordamente:

-De veras. Mujeres con quiñes, como si fueran trompos... ¡Ni de vainas!


III

 

Fue la primera lección que aprendió Chupitos en su vida: mujeres con quiñes, como si fueran trompos, ¡ni de vainas! Luego los trompos tampoco debían tener quiñes...No, nada de lo que un hombre posee, mujer o trompo -juguetes- podía estar maculado por nadie ni por nada. Que si el hombre pone toda su complacencia y todo su orgullo en la compañera o en juego, nada ni nadie puede ganarle la mano. Así es la cosa y no puede ser de otra guisa. Esa es la dura ley de los hombres y la justicia dura de la vida.

Y no lo olvidó nunca. Tres años pasaron desde que el muchacho se quedara sin madre y, en esos tres años, sin más compañía que el padre, se fue haciendo hombre, es decir, fue aprendiendo a luchar solo, a enfrentarse a sus propios conflictos, a resolverlos sin ayuda de nadie, lo por la sutileza de su ingenio criollo o por la pujanza viril de sus puños palomillas, En las tientas de gallos, mientras sostenía al chuzo desplumado que servía de suelo a los gallos que su padre adiestraba, aprendió ese arte peligroso de saber pelear, de agredir sin peligro y de pegar siempre primero.

Ahora tenía que resolver la dura cuestión que le planteaba la codicia del cholo Carmona: ¡había perdido su trompo! Y aquella misma tarde de la derrota regresó a su casa para pedir a su padre después de la comida:

-Papá, regáleme treinta centavos, ¿quiere?

-¿Treinta centavos? Come tu ajiaco y cállate la boca,

El muchacho insistió levantando las cejas para exagerar su pena:

-Es que me ganaron mi trompo y tengo que comprarme otro.

-¿Y para q te lo dejaste ganar?

-¿Y q iba a hacer? La gica paterna:

-No dejártelo ganar...

Chupitos explicaba alzando más las cejas:

-Fue Carmona, papá, que mandó cocina y como tuve  que chantarme... Deme los treinta chuyos, ¿quiere?...

En la expresión y en la voz del muchacho el padre advirtió algo inusitado, una emoción que se mezclaba con la tristeza de una virilidad humillada y con la rabia apremiante de una venganza por cumplir. Y, casi sin pensarlo, se metió la mano en el bolsillo y sacó los tres reales pedidos:

-Cuidado con que te ganen otro.

El muchacho no respondió. Después de echar la cantidad inmensa de azúcar en la taza de té, bebió resoplando.

-¡Caray con el muchacho! ¡Te vas a sancochar el hocico! rezongó la tía

El zambito, sin responder, bebía y bebía, resopló al terminar, se limpió los belfos con el dorso de la mano y salió corriendo:

-¿A nde vas?

-¡A la chingana de la esquina!

Llegó acezando a la pulpería en donde el chino despachaba impasible a la luz amarilla del candil de kerosene:

-Oye, dame ese trompo!


Y señalaba uno, más chico que el anterior, también de naranjo, con su petulante cabecita y su vergonzante púa de garbanzo. Pagó veinte centavos y compró un pedazo de lija con q pulir el arma que le recuperase al día siguiente el trompo que fue su orgullo y la envidia de toda la tira del barrio.

Por la mañana se levantó temprano y temprano fue al corral. Allí escog un claro y comenzó toda la larga operación de transformar el pacífico juguete en un arma de combate. Le quitó la púa roma y con el serrucho más fino que su padre empleaba para cortar los espolones de sus gallos, le cortó la cabeza inútil. Luego con la lija, pulió el lomo y fue desbastando el contorno para hacerlo invulnerable. Dos horas estuvo afilando el clavo para hacer la púa de pelea, como las navajas de los gallos, y le robó un cabito de vela para encerarlo. Terminada la operación, enrolló el trompo con la huaraca, la fina cuerda bien manoseada, escupió una babita y lo lanzó con fuerza en el centro de la señal. Y al levantarlo, girando como

una sedita, sin una sola vibración, vio con orgullo mo la púa  de clavo le hacía sangrar la palma rosada de su mano morena:

-¡Ya está! ¡Ahora va a ver ese cholo currupantioso!

 

 

 

IV

 

La tarde era triste, la nieve caía!...

 

 

 

En Lima, gracias a Dios, no hay nieve que caiga ni caído nunca. Apenas esa garúa finita de calabobos, como dije al principio de este relato, chorreando su fanguito de las hojas de los árboles, morenizando el mármol de las estatuas que ornan la Alameda de los Descalzos. Allá iban los amigotes del barrio a chuzar esa partida en que Chupitos había puesto todo su orgullo y su angustiada esperanza:

-¿Se lo ganaré a Carmona?...

Al principio, cuando Mayta, por sugerencia del zambito, propuso la pelea de los trompos, el propio Chupitos opinó que en esa tarde, con tanta lluvia y tanto barro, no se podría jugar. Y como lo presumió, Carmona tuvo la mezquindad  de burlarse:

-Lo que tienes es miedo de que te quite otro trompo.

-¿Yo miento? No seas...

-Entonces, ¿vamos?

-Al tirito.

Y fueron al camino que conduce a la Pampa de Amancaes que todavía tiene, felizmente, tierra que juegan los palomillas. Carmona se apresuró a escupir la babita alrededor de la cual todos formaron un círculo. Mayta dispa primero, luego Ricardo, desps Faustino Zapata. Carmona midió la distancia con la piola, adelantó el pie derecho, enhuaracó con calma y disparó. Sólo que fue carrera de caballo y parada de borrico porque cayó el último. Chupitos disparó a su vez, inexplicablemente para él, su púa se hincó detrás de la marca de Ricardo quien resultó prima. Desgraciadamente, así, en público, el muchacho no pudo sugerirle que mandase la cocina con que habría recuperado su trompo y Ricardo mandó:


-¡Ques!

El trompo que ahora tenía Carmona, el trompo que antes había sido de Chupitos, se chantó ignominiosamente: ¡en sus manos jamás se habría chantado! Y allí estaba estúpido e inerte, esperando que las púas de los otros trompos se cebaran en su noble madera de naranjo. Y los golpes fueron llegando: Mayta le sacó una lonja y Faustino le hizo los quiñes de emparada. Hasta que al fin le llegó el turno a Chupitos. ¿Qué podría hacer?

¡Los trompos con quiñes, como la mujeres, ni de vainas!... Nunca sería el suyo ese trompo malamente estropeado ahora por la ley del juego que tanto se parece a la ley de la vida... Lenta, parsimoniosamente, Chupitos comenzó a enhuaracar su trompo para poner fin a esa vergüenza. Ajustó ahora la piola y pasó por la púa el pulgar y el índice mojados en saliva; midió la distancia, alzó el bracito y disparó con toda su alma. Una sola exclamación admirativa se escuchó:

-¡Lo rajaste!

Chupitos ni siquiera miró el trompo rajado: se alzó de hombros y abandonando junto al viejo el trompo nuevo, se metió las manos en los bolsillos y dio la espalda a la tira murmurando:

-Ya lo sabía...

Y se fue. Los muchachos no se explicaban por q los dos trompos al, tirados, ni por q se iba pegadito a la pared. De pronto se detuvo. Sus amigos que lo miraban marchar con la cabecita gacha, pensaron que iba a volver, pero Chupitos sacó del bolsillo el resto del clavo que le sirviera para hacer la segunda púa de combate, y arañando la pared, volv a emprender su marcha hasta que se perdió, solo, triste e inútilmente vencedor; tras la esquina esa en que, a la hora de la tertulia, tanto había ponderado al viejo trompo partido ahora por su mano:

-¡Más legal, te digo!...¡De naranjo purito!

 

 

 

(José Diez Canseco)

jueves, 2 de abril de 2026

LA ABUELA, Un gran cuento de Augusto Rojas Gasco

 

La abuela

 


Conocía muy bien a la abuela. Sabía que todas las mañanas se despertaba a las cinco en punto; y que a esa misma hora el gallo atado a la pata de su catre debería cantar, y cantaba. Sabía que antes de acostarse apuntaba en su agenda las tareas del día siguiente; y que las repartía entre nosotros en el desayuno, a las cinco y media. Sabía que, así como en el desayuno, ella nos esperaba en el comedor a la una para el almuerzo, a las cinco para el lonche, a las siete para la cena, y a las nueve para rezar el rosario, antes de acostarnos a las diez. Conocía también que esa actitud la mantenía aún el domingo, en que, después de dejar preparado el almuerzo y ensillar los caballos, nos dirigíamos a la ciudad, y en una mañana ordenada, ya habíamos ido a misa, de compras, y a visitar al abuelo en su tumba, para luego regresar justo a la hora del almuerzo. Conocía, finalmente, que la abuela siempre cumplía su palabra, y en el momento preciso, aun a costa de enemistarse con alguien, poner en riesgo sus bienes, su salud, o su vida. Porque así era ella.

Por eso, conociéndola así, quedé estupefacto cuando aquel domingo en el desayuno nos dijo que moriría en el día de San Juan, y a las cinco de la mañana cuando cantase el gallo.

Es curioso cómo en estos casos unas reacciones dejan lugar a otras, y se congregan sentimientos dispares. Por lógica y sentido común sabía que la premonición es un embuste, y que por lo tanto la abuela sobreviviría a aquella fecha. Pero al mismo tiempo no olvidaba que la abuela era una mujer especial, que jamás faltó a su palabra, y que siendo así, era evidente que moriría en la fecha, hora y del modo como lo había planeado. De tal manera que en unos momentos me sentía alegre, y en otros, muy triste. ¿Pero qué podía hacer ante este desorden de evidencias y sentimientos inconexos? Nada. Sólo vivir con angustia la semana que faltaba para el día de San Juan.

En cambio, ella, la abuela, durante toda esa semana lució espléndida. Espléndida en su mirada profunda y en sus maneras graves y vigorosas que le daban un aire imperturbable. Espléndida también en la sutileza cómo día por día dispuso, y sin alterar horarios ni obligaciones, los mínimos detalles de sus actos funerarios. Así, ese domingo compró todos los aditamentos para confeccionar un hábito blanco. Luego, el lunes, visitó al notario y le dictó su testamento. El martes, compró ropa de luto para mí y para mi hermana Martha. El miércoles, ordenó en la imprenta, además de los partes necrológicos, los partes para la misa del mes, y también pagó los gastos de la cámara mortuoria. El jueves, comprometió al párroco y al director de la banda de músicos para que le asistan con sus buenos oficios. El viernes, en la mañana, hizo con nosotros la limpieza de la casa, y en la noche, visitó a dos plañideras y las contrató para el velorio y los funerales. El sábado, en la mañana, dispuso qué animales se iban a sacrificar y quiénes deberían de ser las cocineras, y luego en la tarde, ayudó a los de la funeraria a instalar la capilla ardiente; y en la noche, nos hizo ingresar a su habitación para rezar el rosario, aconsejarnos, y decirle a mi hermana que cuando muriera le sujetase la mandíbula al cráneo hasta cerrarle la boca. Luego nos dio su bendición.

Como es de suponer, esta actitud de la abuela ahondó nuestro sufrimiento. La serenidad imperturbable, el casi júbilo con que planeaba su muerte nos abrumaba de confusión y angustia. Tanto, que Martha de día se mantenía silenciosa, y de noche lloraba con gran desconsuelo.

Por eso ya en la noche de la víspera de San Juan, después de la bendición de la abuela, y mientras Martha de tanto llorar se había quedado dormida, yo permanecí despierto, apoltronado en la mecedora frente al reloj grande de la sala. Referir con puntualidad las impresiones de aquella noche, es imposible. El tiempo mitiga las circunstancias ingratas. Lo cierto es que, en ese silencio, y sin perder de vista al reloj, fui registrando los objetos de las habitaciones de la casa, tratando de encontrar en cada uno de ellos alguna evocación que me explicara el porqué de mi orfandad de padres, y posiblemente en unas horas, también de abuela. Que me explicara el porqué de esa arquitectura de líneas exactas que guardaba la soledad de tantos muertos. Que me explicara por qué en ese orden exacto de cosas se encontraba siempre el rostro profundo de la abuela. Por qué las quince habitaciones estaban dispuestas como para cumplir una función precisa. Por qué los relojes de cada una de esas habitaciones jamás se atrasaban, ni adelantaban. Por qué el gallo atado a la pata del catre de la abuela nunca cantó antes de las cinco, ni después. Por último, que me explicara por qué ese silencio y esa angustia me tenían maniatado esperando la muerte.

De pronto, las campanas de las cuatro del reloj grande de la sala hicieron que saltara mi corazón, y viera a Martha que con ojos asustados corría hacia mí. Entonces, no pude más, y abracé sollozando a mi hermana.

Del cuarto de la abuela se oían cada vez más fuertes los rezos y el aletear del gallo.

Fuente: libroCUANDO LAS ÚLTIMAS LUCES SE HAYAN APAGADO, Y LOS CUENTOS GANADORES DEL PREMIO COPÉ 1994. Editado por el Departamento de Relaciones Públicas de PETROPERÚ, 1994

domingo, 22 de febrero de 2026

El incidente del puente del búho , de Ambrose Bierce

 El incidente del puente del búho

Ambrose Bierce


Desde un puente ferroviario, al norte de Alabama, un hombre contemplaba el rápido discurrir del agua seis metros más abajo. Tenía las manos detrás de la espalda, las muñecas sujetas con una soga; otra soga, colgada al cuello y atada a un grueso tirante por encima de su cabeza, pendía hasta la altura de sus rodillas. Algunas tablas flojas colocadas sobre los durmientes de los rieles le prestaban un punto de apoyo a él y a sus verdugos, dos soldados rasos del ejército federal bajo las órdenes de un sargento que, en la vida civil, debió de haber sido agente de la ley. No lejos de ellos, en el mismo entarimado improvisado, estaba un oficial del ejército con las divisas de su graduación; era un capitán. En cada lado un vigía presentaba armas, con el cañón del fusil por delante del hombro izquierdo y la culata apoyada en el antebrazo cruzado transversalmente sobre el pecho, postura forzada que obliga al cuerpo a permanecer erguido. A estos dos hombres no les interesaba lo que sucedía en medio del puente. Se limitaban a bloquear los lados del entarimado. Delante de uno de los vigías no había nada; la vía del tren penetraba en un bosque un centenar de metros y, dibujando una curvatura, desaparecía. No muy lejos de allí, sin duda, había una posición de vanguardia. En la otra orilla, un campo abierto ascendía con una ligera pendiente hasta una empalizada de troncos verticales con aberturas para los fusiles y un solo ventanuco por el cual salía la boca de un cañón de bronce que dominaba el puente. Entre el puente y el fortín estaban situados los espectadores: una compañía de infantería, en posición de descanso, es decir, con la culata de los fusiles en el suelo, el cañón inclinado levemente hacia atrás contra el hombro derecho, las manos cruzadas encima de la caja. A la derecha de la hilera de soldados había un teniente; la punta de su sable tocaba tierra, la mano derecha reposaba encima de la izquierda. Sin contar con los verdugos y el reo en el medio del puente, nadie se movía. La compañía de soldados, delante del puente, miraba fijamente, hierático. Los vigías, en frente de los límites del río, podrían haber sido esculturas que engalanaban el puente. El capitán, con los brazos entrelazados y mudo, examinaba el trabajo de sus auxiliares sin hacer ningún gesto. Cuando la muerte se presagia, se debe recibir con ceremonias respetuosas, incluso por aquéllos más habituados a ella. Para este mandatario, según el código castrense, el silencio y la inmovilidad son actitudes de respeto.

El hombre cuya ejecución preparaban tenía unos treinta y cinco años. Era civil, a juzgar por su ropaje de cultivador. Poseía elegantes rasgos: una nariz vertical, boca firme, ancha frente, cabello negro y ondulado peinado hacia atrás, inclinándose hacia el cuello de su bien terminada levita. Llevaba bigote y barba en punta, pero sin patillas; sus grandes ojos de color grisáceo desprendían un gesto de bondad imposible de esperar en un hombre a punto de morir. Evidentemente, no era un criminal común. El liberal código castrense establece la horca para todo el mundo, sin olvidarse de las personas decentes.

Finalizados los preparativos, los dos soldados se apartaron a un lado y cada uno retiró la madera sobre la que había estado de pie. El sargento se volvió hacia el oficial, lo saludó y se colocó detrás de éste. El oficial, a su vez, se desplazó un paso. Estos movimientos dejaron al reo y al suboficial en los límites de la misma tabla que cubría tres durmientes del puente. El extremo donde se situaba al civil casi llegaba, aunque no del todo, a un cuarto durmiente. La tabla se mantenía en su sitio por el peso del capitán; ahora lo estaba por el peso del sargento. A una señal de su mando, el sargento se apartaría, se balancearía la madera, y el reo caería entre dos durmientes. Consideró que esta acción, debido a su simplicidad, era la más eficaz. No le habían cubierto el rostro ni vendado los ojos. Observó por un instante su inseguro punto de apoyo y miró vagamente el agua que corría por debajo de sus pies formando furiosos torbellinos. Una madera que flotaba en la superficie le llamó la atención y la siguió con la vista. Apenas avanzaba. ¡Qué indolente corriente!

Cerró los ojos para recordar, en estos últimos instantes, a su mujer y a sus hijos. El agua brillante por el resplandor del sol, la niebla que se cernía sobre el río contra las orillas escarpadas no lejos del puente, el fortín, los soldados, la madera que flotaba, todo en conjunto lo había distraído. Y en este momento tenía plena conciencia de un nuevo motivo de distracción. Al dejar el recuerdo de sus seres queridos, escuchaba un ruido que no comprendía ni podía ignorar, un ruido metálico, como los martillazos de un herrero sobre el yunque. El hombre se preguntó qué podía ser este ruido, si procedía de una distancia cercana o alejada: ambas hipótesis eran posibles. Se reproducía en regulares plazos de tiempo, tan pausadamente como las campanas que doblan a muerte. Esperaba cada llamada con impaciencia, sin comprender por qué, con recelo. Los silencios eran cada vez más largos; las demoras, enloquecedoras. Los sonidos eran menos frecuentes, pero aumentaba su contundencia y su nitidez, molestándole los oídos. Tuvo pánico de gritar... Oía el tictac de su reloj.

Abrió los ojos y escuchó cómo corría el agua bajo sus pies. «Si lograra desatar mis manos -pensó- podría soltarme del nudo corredizo y saltar al río; esquivaría las balas y nadaría con fuerza, hasta alcanzar la orilla; después me internaría en el bosque y huiría hasta llegar a casa. A Dios gracias, todavía permanece fuera de sus líneas; mi familia está fuera del alcance de la Posición más avanzada de los invasores.» Mientras se sucedían estos pensamientos, reproducidos aquí por escrito, el capitán inclinó la cabeza y miró al sargento. El suboficial se colocó en un extremo.

II

Peyton Farquhar, cultivador adinerado, provenía de una respetable familia de Alabama. Propietario de esclavos, político, como todos los de su clase fue, por supuesto, uno de los primeros secesionistas y se dedicó, en cuerpo y alma, a la causa de los Estados del Sur. Determinadas condiciones, que no podemos divulgar aquí, impidieron que se alistara en el valeroso ejército cuyas nefastas campañas finalizaron con la caída de Corinth, y se enojaba de esta trabazón sin gloria, anhelando conocer la vida del soldado y encontrar la ocasión de distinguirse. Estaba convencido de que esta ocasión llegaría para él, como llega a todo el mundo en tiempo de guerra. Entre tanto, hacía lo que podía. Ninguna acción le parecía demasiado modesta para la causa del Sur, ninguna aventura lo suficientemente temeraria si era compatible con la vida de un ciudadano con alma de soldado, que con buena voluntad y sin apenas escrúpulos admite en buena parte este refrán poco caballeroso: en el amor y en la guerra, todos los medios son buenos.

Una tarde, cuando Farquhar y su mujer estaban descansando en un rústico banco, próximo a la entrada de su parque, un soldado confederado detuvo su corcel en la verja y pidió de beber. La señora Farquhar sólo deseaba servirle con sus níveas manos. Mientras fue a buscar un vaso de agua, su esposo se aproximó al polvoriento soldado y le pidió ávidamente información del frente.

-Los yanquis están reparando las vías del ferrocarril -dijo el hombre- porque se preparan para avanzar. Han llegado hasta el Puente del Búho, lo han reparado y han construido una empalizada en la orilla norte. Por una orden, colocada en carteles por todas partes, el comandante ha dictaminado que cualquier civil a quien se le sorprenda en intento de sabotaje a las líneas férreas será ejecutado sin juicio previo. Yo he visto la orden.

-¿A qué distancia está el Puente del Búho? -pregunto Faquhar.

-A unos cincuenta kilómetros.

-¿No hay tropas a este lado del río?

-Un solo piquete de avanzada a medio kilómetro, sobre la vía férrea, y un solo vigía de este lado del puente.

-Suponiendo que un hombre -un ciudadano aficionado a la horca- pudiera despistar la avanzadilla y lograse engañar al vigía -dijo el plantador sonriendo-, ¿qué podría hacer?

El militar pensó:

-Estuve allí hace un mes. La creciente de este invierno pasado ha acumulado una enorme cantidad de troncos contra el muelle, en esta parte del puente. En estos momentos los troncos están secos y arderían con mucha facilidad.

En ese mismo instante, la mujer le acercó el vaso de agua. Bebió el soldado, le dio las gracias, saludó al marido y se alejó con su cabalgadura. Una hora después, ya de noche, volvió a pasar frente a la plantación en dirección al norte, de donde había venido. Aquella tarde había salido a reconocer el terreno. Era un soldado explorador del ejército federal.

III

Al caerse al agua desde el puente, Peyton Farquhard perdió la conciencia, como si estuviera muerto. De este estado salió cuando sintió una dolorosa presión en la garganta, seguida de una sensación de ahogo. Dolores terribles, fulgurantes, cruzaban todo su cuerpo, de la cabeza a los pies. Parecía que recorrían líneas concretas de su sistema nervioso y latían a un ritmo rápido. Tenía la sensación de que un enorme torrente de fuego le subía la temperatura insoportablemente. La cabeza le parecía a punto de explotar. Estas sensaciones le impedían cualquier tipo de raciocinio, sólo podía sentir, y esto le producía un enorme dolor. Pero se daba cuenta de que podía moverse, se balanceaba como un péndulo de un lado para otro. Después, de un solo golpe, muy brusco, la luz que lo rodeaba se alzó hasta el cielo. Hubo un chapoteo en el agua, un rugido aterrador en sus oídos y todo fue oscuridad y frío. Al recuperar la conciencia supo que la cuerda se había roto y él había caído al río. Ya no tenía la sensación de estrangulamiento: el nudo corredizo alrededor de su garganta, además de asfixiarle, impedía que entrara agua en sus pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río! Esta idea le parecía absurda. Abrió los ojos en la oscuridad y le pareció ver una luz por encima de él, ¡tan lejana, tan inalcanzable! Se hundía siempre, porque la luz desaparecía cada vez más hasta convertirse en un efímero resplandor. Después creció de intensidad y comprendió a su pesar que subía de nuevo a la superficie, porque se sentía muy cómodo. «Ser ahogado y ahorcado -pensó- no está tan mal. Pero no quiero que me fusilen. No, no habrán de fusilarme. Eso no sería justo.»

Aunque inconsciente del esfuerzo, el vivo dolor de las muñecas le comunicaba que trataba de deshacerse de la cuerda. Concentró su atención en esta lucha como si fuera un tranquilo espectador que podía observar las habilidades de un malabarista sin demostrar interés alguno por el resultado. Qué prodigioso esfuerzo. Qué magnífica, sobrehumana energía. ¡Ah, era una tentativa admirable! ¡Bravo! Se desató la cuerda: sus brazos se separaron y flotaron hasta la superficie. Pudo discernir sus manos a cada lado, en la creciente luz. Con nuevo interés las vio agarrarse al nudo corredizo. Quitaron salvajemente la cuerda, la lanzaron lejos, con rabia, y sus ondulaciones parecieron las de una culebra de agua. «¡Ponla de nuevo, ponla de nuevo!» Creyó gritar estas palabras a sus manos, porque después de liberarse de la soga sintió el dolor más inhumano hasta entonces. El cuello le hacía sufrir increíblemente, la cabeza le ardía; el corazón, que apenas latía, estalló de inmediato como si fuera a salírsele por la boca. Una angustia incomprensible torturó y retorció todo su cuerpo. Pero sus manos no le respondieron a la orden. Golpeaban el agua con energía, en rápidas brazadas de arriba hacia abajo, y lo sacaron a flote. Sintió emerger su cabeza. El resplandor del sol lo cegó; su pecho se expandió con fuertes convulsiones. Después, un dolor espantoso y sus pulmones aspiraron una gran bocanada de oxígeno, que al instante exhalaron en un grito.

Ahora tenía plena conciencia de sus facultades; eran, verdaderamente, sobrenaturales y sutiles. La terrible perturbación de su organismo las había definido y despertado de tal manera que advertían cosas nunca percibidas hasta ahora. Sentía los movimientos del agua sobre su cara, escuchaba el ruido que hacían las diminutas olas al golpearlo. Miraba el bosque en una de las orillas y conocía cada árbol, cada hoja con todos sus nervios y con los insectos que alojaba: langostas, moscas de brillante cuerpo, arañas grises que tendían su tela de ramita en ramita. Contempló los colores del prisma en cada una de las gotas de rocío sobre un millón de briznas de hierba. El zumbido de los moscardones que volaban sobre los remolinos, el batir de las alas de las libélulas, las pisadas de las arañas acuáticas, como remos que levanta una barca, todo eso era para él una música totalmente perceptible. Un pez saltó ante su vista y escuchó el deslizar de su propio cuerpo que surcaba la corriente.

Había llegado a la superficie con el rostro a favor de la corriente. El mundo visible comenzó a dar vueltas lentamente. Entonces vio el puente, el fortín, a los vigías, al capitán, a los dos soldados rasos, sus verdugos, cuyas figuras se distinguían contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban, señalándolo con el dedo; el oficial le apuntaba con su revólver, pero no disparaba; los otros carecían de armamento. Sus movimientos a simple vista resultaban extravagantes y terribles; sus siluetas, grandiosas.

De pronto escuchó un fuerte estampido y un objeto sacudió fuertemente el agua a muy poca distancia de su cabeza, salpicando su cara. Escuchó un segundo estampido y observó que uno de los vigías tenía aún el fusil al hombro; de la boca del cañón ascendía una nube de color azul. El hombre del río vio cómo le apuntaba a través de la mirilla del fusil. Al mirar a los ojos del vigía, se dio cuenta de su color grisáceo y recordó haber leído que todos los tiradores famosos tenían los ojos de ese color; sin embargo, éste falló el tiro.

Un remolino le hizo girar en sentido contrario; nuevamente tenía a la vista el bosque que cubría la orilla opuesta al fortín. Escuchó una voz clara detrás de él; en un ritmo monótono, llegó con una extremada claridad anulando cualquier otro sonido, hasta el chapoteo de las olas en sus oídos. A pesar de no ser soldado, conocía bastante bien los campamentos y lo que significaba esa monserga en la orilla: el oficial cumplía con sus quehaceres matinales. Con qué frialdad, con qué pausada voz que calmaba a los soldados e imponía la suya, con qué certeza en los intervalos de tiempo, se escucharon estas palabras crueles:

-¡Atención, compañía ...! ¡Armas al hombro...! ¡Listos...! ¡Apunten...! ¡Fuego...!

Farquhar pudo sumergirse tan profundamente como era necesario. El agua le resonaba en los oídos como la voz del Niágara. Sin embargo, oyó la estrepitosa descarga de la salva y, mientras emergía a la superficie, encontró trozos de metal brillante, extremadamente chatos, bajando con lentitud. Algunos le alcanzaron la cara y las manos, después siguieron descendiendo. Uno se situó entre su cuello y la camisa: era de un color desagradable, y Farquhar lo sacó con energía.

Llegó a la superficie, sin aliento, después de permanecer mucho tiempo debajo del agua. La corriente lo había arrastrado muy lejos, cerca de la salvación. Mientras tanto, los soldados volvieron a cargar sus fusiles sacando las baquetas de sus cañones. Otra vez dispararon y, de nuevo, fallaron el tiro. El perseguido vio todo esto por encima de su hombro. En ese momento nadaba enérgicamente a favor de la corriente. Todo su cuerpo estaba activo, incluyendo la cabeza, que razonaba muy rápidamente. «El teniente -pensó- no cometerá un segundo error. Esto era un error propio de un oficial demasiado apegado a la disciplina. ¿Acaso no es más fácil eludir una salva como si fuese un solo tiro? En estos momentos, seguramente, ha dado la orden de disparar a voluntad. ¡Qué Dios me proteja, no puedo esquivar a todos!»

A dos metros de allí se escuchó el increíble estruendo de una caída de agua seguido de un estrepitoso escándalo, impetuoso, que se alejaba disminuyendo, y parecía propasarse en el aire en dirección al fortín, donde sucumbió en una explosión que golpeó las profundidades mismas del río. Se levantó una empalizada líquida, curvándose por encima de él; lo cegó y lo ahogó. ¡Un cañón se había unido a las demás armas! El obús sacudió el agua, oyó el proyectil, que zumbó delante de él despedazando las ramas de los árboles del bosque cercano.

«No empezarán de nuevo -pensó-. La próxima vez cargarán con metralla. Debo fijarme en la pieza de artillería, el humo me dirigirá. La detonación llega demasiado tarde: se arrastra detrás del proyectil. Es un buen cañón.» De inmediato comenzó a dar vueltas y más vueltas en el mismo punto: giraba como una peonza. El agua, las orillas, el bosque, el puente, el fortín y los hombres ahora distantes, todo se mezclaba y desaparecía. Los objetos ya no eran sino sus colores; todo lo que veía eran banderas de color. Atrapado por un remolino, marchaba tan rápidamente que tenía vértigo y náuseas. Instantes después se encontraba en un montículo, en el lado izquierdo del río, oculto de sus enemigos. Su inmovilidad inesperada, el contacto de una de sus manos contra la pedriza, le devolvió los sentidos y lloró de alegría. Sus dedos penetraron la arena, que se echó encima, bendiciéndola en voz alta. Para su parecer era la cosa más preciosa que podría imaginar en esos momentos. Los árboles de la orilla eran gigantescas plantas de jardinería; le llamó la atención el orden determinado en su disposición, respiró el aroma de sus flores. La luz brillaba entre los troncos de una forma extraña y el viento entonaba en sus hojas una armoniosa música interpretada por un arpa eólica. No quería seguir huyendo, le bastaba permanecer en aquel lugar perfecto hasta que lo capturaran.

El silbido estrepitoso de la metralla en las hojas de los árboles lo despertaron de su sueño. El artillero, decepcionado, le había enviado una descarga al azar como despedida. Se alzó de un brinco, subió la cuesta del río con rapidez y se adentró en el bosque.

Caminó todo el día, guiándose por el sol. El bosque era interminable; no aparecía por ningún sitio el menor claro, ni siquiera un camino de leñador. Ignoraba vivir en una región tan salvaje, y en este pensamiento había algo de sobrenatural.

Al anochecer continuó avanzando, hambriento y fatigado, con los pies heridos. Continuaba vivo por el pensamiento de su familia. Al final encontró un camino que lo llevaba a buen puerto. Era ancho y recto como una calle de ciudad. Y, sin embargo, no daba la impresión de ser muy conocido. No colindaba con ningún campo; por ninguna parte aparecía vivienda alguna. Nada, ni siquiera el ladrido de un perro, sugería un indicio de humanidad próxima. Los cuerpos de los dos enormes árboles parecían dos murallas rectilíneas; se unían en un solo punto del horizonte, como un diagrama de una lección de perspectiva. Por encima de él, levantó la vista a través de una brecha en el bosque, y vio enormes estrellas áureas que no conocía, agrupadas en extrañas constelaciones. Supuso que la disposición de estas estrellas escondía un significado nefasto. De cada lado del bosque percibía ruidos en una lengua desconocida.

Le dolía el cuello; al tocárselo lo encontró inflamado. Sabía que la soga lo había marcado con un destino trágico. Tenía los ojos congestionados, no podía cerrarlos. Su lengua estaba hinchada por la sed; sacándola entre los dientes apaciguaba su fiebre. La hierba cubría toda aquella avenida virgen. Ya no sentía el suelo a sus pies.

Dejando a un lado sus sufrimientos, seguramente se ha dormido mientras caminaba, porque contempla otra nueva escena; quizá ha salido de una crisis delirante. Se encuentra delante de las rejas de su casa. Todo está como lo había dejado, todo rezuma belleza bajo el sol matinal. Ha debido caminar, sin parar, toda la noche. Mientras abre las puertas de la reja y sube por la gran avenida blanca, observa unas vestiduras flotar ligeramente: su esposa, con la faz fresca y dulce, sale a su encuentro bajando de la galería, colocándose al pie de la escalinata con una sonrisa de inenarrable alegría, en una actitud de gracia y dignidad incomparables. ¡Qué bella es! Él se lanza para abrazarla. En el momento en que se dispone a hacerlo, siente en su nuca un golpe que le atonta. Una luz blanca y enceguecedora clama a su alrededor con un estruendo parecido al del cañón... y después absoluto silencio y absoluta oscuridad.

Peyton Farquhar estaba muerto. Su cuerpo, con el cuello roto, se balanceaba de un lado a otro del Puente del Búho.

 

sábado, 14 de febrero de 2026

CASA TOMADA


Casa Tomada






Julio Cortázar Bruselas, 1914 - París, 1984) Escritor argentino, uno de los grandes escritores del llamado «boom» de la literatura hispanoamericana.

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales), guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura, pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos a mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos pocos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por los bisabuelos en nuestra casa.

Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

Pero es de la casa que me interesa hablar, de la casa y de Irene, porque yo no tengo importancia. Me pregunto qué hubiera hecho Irene sin el tejido. Uno puede releer un libro, pero cuando un pulóver está terminado no se puede repetirlo sin escándalo. Un día encontré el cajón de abajo de la cómoda de alcanfor lleno de pañoletas blancas, verdes, lila. Estaban con naftalina, apiladas como en una mercería; no tuve valor de preguntarle a Irene qué pensaba hacer con ellas. No necesitábamos ganarnos la vida, todos los meses llegaba la plata de los campos y el dinero aumentaba. Pero a Irene solamente la entretenía el tejido, mostraba una destreza maravillosa y a mí se me iban las horas viéndole las manos como erizos plateados, agujas yendo y viniendo y una o dos canastillas en el suelo donde se agitaban constantemente los ovillos. Era hermoso.

Cómo no acordarme de la distribución de la casa. El comedor, una sala con gobelinos, la biblioteca y tres dormitorios grandes quedaban en la parte más retirada, la que mira hacia Rodríguez Peña. Solamente un pasillo con su maciza puerta de roble aislaba esa parte del ala delantera donde había un baño, la cocina, nuestros dormitorios y el living central, al cual comunicaban los dormitorios y el pasillo. Se entraba a la casa por un zaguán con mayólica, y la puerta cancel daba al living. De manera que uno entraba por el zaguán, abría la cancel y pasaba al living; tenía a los lados las puertas de nuestros dormitorios, y al frente el pasillo que conducía a la parte más retirada; avanzando por el pasillo se franqueaba la puerta de roble y más allá empezaba el otro lado de la casa, o bien se podía girar a la izquierda justamente antes de la puerta y seguir por un pasillo más estrecho que llevaba a la cocina y al baño. Cuando la puerta estaba abierta advertía uno que la casa era muy grande; si no, daba la impresión de un departamento de los que se edifican ahora, apenas para moverse; Irene y yo vivíamos siempre en esta parte de la casa, casi nunca íbamos más allá de la puerta de roble, salvo para hacer la limpieza, pues es increíble cómo se junta tierra en los muebles. Buenos Aires será una ciudad limpia, pero eso lo debe a sus habitantes y no a otra cosa. Hay demasiada tierra en el aire, apenas sopla una ráfaga se palpa el polvo en los mármoles de las consolas y entre los rombos de las carpetas de macramé; da trabajo sacarlo bien con plumero, vuela y se suspende en el aire, un momento después se deposita de nuevo en los muebles y en los pianos.

Lo recordaré siempre con claridad porque fue simple y sin circunstancias inútiles. Irene estaba tejiendo en su dormitorio, eran las ocho de la noche y de repente se me ocurrió poner al fuego la pavita del mate. Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta de roble, y daba la vuelta al codo que llevaba a la cocina cuando escuché algo en el comedor o la biblioteca. El sonido venía impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación. También lo oí, al mismo tiempo o un segundo después, en el fondo del pasillo que traía desde aquellas piezas hasta la puerta. Me tiré contra la puerta antes que fuera demasiado tarde, la cerré de golpe apoyando el cuerpo; felizmente la llave estaba puesta de nuestro lado y además corrí el gran cerrojo para más seguridad.

Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:

—Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.

Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.

—¿Estás seguro?

Asentí.

—Entonces —dijo recogiendo las agujas— tendremos que vivir en este lado.

Yo cebaba el mate con mucho cuidado, pero ella tardó un rato en reanudar su labor. Me acuerdo que tejía un chaleco gris; a mí me gustaba ese chaleco.

Los primeros días nos pareció penoso porque ambos habíamos dejado en la parte tomada muchas cosas que queríamos. Mis libros de literatura francesa, por ejemplo, estaban todos en la biblioteca. Irene extrañaba unas carpetas, un par de pantuflas que tanto la abrigaban en invierno. Yo sentía mi pipa de enebro y creo que Irene pensó en una botella de Hesperidina de muchos años. Con frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza.

—No está aquí.

Y era una cosa más de todo lo que habíamos perdido al otro lado de la casa.

Pero también tuvimos ventajas. La limpieza se simplificó tanto que aun levantándose tardísimo, a las nueve y media por ejemplo, no daban las once y ya estábamos de brazos cruzados. Irene se acostumbró a ir conmigo a la cocina para ayudarme a preparar el almuerzo. Lo pensamos bien y se decidió esto: mientras yo preparaba el almuerzo, Irene cocinaría platos para comer fríos de noche. Nos alegramos porque siempre resulta molesto tener que abandonar los dormitorios al atardecer y ponerse a cocinar. Ahora nos bastaba con la mesa en el dormitorio de Irene y las fuentes de comida fiambre.

Irene estaba contenta porque le quedaba más tiempo para tejer. Yo andaba un poco perdido a causa de los libros, pero por no afligir a mi hermana me puse a revisar la colección de estampillas de papá, y eso me sirvió para matar el tiempo. Nos divertíamos mucho, cada uno en sus cosas, casi siempre reunidos en el dormitorio de Irene que era más cómodo. A veces Irene decía:

—Fíjate este punto que se me ha ocurrido. ¿No da un dibujo de trébol?

Un rato después era yo el que le ponía ante los ojos un cuadrito de papel para que viese el mérito de algún sello de Eupen y Malmédy. Estábamos bien, y poco a poco empezábamos a no pensar. Se puede vivir sin pensar.

(Cuando Irene soñaba en alta voz yo me desvelaba en seguida. Nunca pude habituarme a esa voz de estatua o papagayo, voz que viene de los sueños y no de la garganta. Irene decía que mis sueños consistían en grandes sacudones que a veces hacían caer el cobertor. Nuestros dormitorios tenían el living de por medio, pero de noche se escuchaba cualquier cosa en la casa. Nos oíamos respirar, toser, presentíamos el ademán que conduce a la llave del velador, los mutuos y frecuentes insomnios.

Aparte de eso, todo estaba callado en la casa. De día eran los rumores domésticos, el roce metálico de las agujas de tejer, un crujido al pasar las hojas del álbum filatélico. La puerta de roble, creo haberlo dicho, era maciza. En la cocina y el baño, que quedaban tocando la parte tomada, nos poníamos a hablar en voz más alta o Irene cantaba canciones de cuna. En una cocina hay demasiado ruido de loza y vidrios para que otros sonidos irrumpan en ella. Muy pocas veces permitíamos allí el silencio, pero cuando tornábamos a los dormitorios y al living, entonces la casa se ponía callada y a media luz, hasta pisábamos más despacio para no molestarnos. Yo creo que era por eso que de noche, cuando Irene empezaba a soñar en voz alta, me desvelaba en seguida.)

Es casi repetir lo mismo salvo las consecuencias. De noche siento sed, y antes de acostarnos le dije a Irene que iba hasta la cocina a servirme un vaso de agua. Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamó la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo, casi al lado nuestro.

No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían más fuerte, pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.

—Han tomado esta parte —dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.

—¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? —le pregunté inútilmente.

—No, nada.

Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.

Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.




"La huida" cuento del escritor Augusto Rojas Gasco.

 

La huida.


Augusto Rojas Gasco

Aunque sintiera que le faltaba el aliento, que el pecho se le reventaba, que los músculos de sus piernas amenazaban con acalambrarse, que su cuerpo se untaba de sudor, de un sudor que además le enturbiaba la vista y le dificultaba precisar los obstáculos y eludirlos, aunque sintiera todo eso, no debía detenerse, debía continuar corriendo por ese terreno desconocido y disparejo, de piedras, yerbas, árboles, ciénagas, totoras, algodonales, lomas; por ese camino debía alejarse para encontrar algún río, y meterse en sus aguas y avanzar en sentido del viento, hasta burlar el olfato de esas bestias, de esos perros que lo rastreaban, y luego buscar, lejos de cualquier colmillo que lo amenazara, la boca de una cueva o el lecho de algún arbusto espeso, y tumbarse para descansar; para descansar aunque sea un momento, porque no bien se estuviera aliviando, y se creyera a salvo, sentiría el ladrido de esas bestias, el olor inconfundible que el viento le traería de ellas, y empezaría nuevamente a correr, y seguiría corriendo; porque así había vivido últimamente: huyendo; pues huir era ahora su existencia, a eso había estado condenado esos días; pero a él, no le importa todo ese padecimiento, pues confía en que, con su juventud y vigor, llegará al palenque donde se encuentran cimarrones como él; a ese palenque, del cual, cuando en una ocasión sus dueños lo llevaron a la Ciudad de los Reyes, supo por boca de unos esclavos que se ubicaba cerca de esa ciudad, en un paraje llamado Huachipa; a ese lugar se dirige, a ese palenque donde se encuentran miles de cimarrones encabezados por un negro congo; donde no sería tratado como un animal sino como un hombre libre; donde tendría la oportunidad junto con sus hermanos de color, de defenderse, de luchar a muerte si fuera necesario contra el hombre blanco, contra esos hombres que lo perseguían, que usaban a esas bestias de colmillos filosos, entrenadas para despedazar negros.

Pero para llegar a ese palenque antes debía burlar a sus perseguidores hasta entrar en el bosque, que se encontraba en su camino, donde ellos no se atreverían a seguirlo, ya que es un terreno plagado de alimañas, de animales salvajes, de forajidos y de cimarrones agrupados en bandas; y desde donde, luego, continuaría su marcha hacia el norte, hasta llegar al palenque. Hacia ese bosque se dirige, aun cuando sabe que le será casi imposible llegar, ya que, para librar a una india que era apaleada por uno de los capataces de don Álvaro de Villadiego, se trabó con aquel en una pelea, y lo mató; por eso el español don Álvaro, su amo, negrero de horca y cuchillo y maestre de campo despiadado, lo persigue como no se había visto perseguir antes a un cimarrón; por eso, y no por otro motivo, porque sabe que de no atraparlo y acabar con él, aquella muerte serviría de ejemplo para los demás esclavos.

De ahí que don Álvaro lo rastreaba con una partida inusual de capataces y de indios, y con sus mastines, esos perros que él mismo había entrenado con prendas de negros, para que odien el olor a negro; para que, como tantas veces había ocurrido, a su sola orden se arrojen sobre un cimarrón, o sobre un negro insumiso, y lo despedacen a mordiscones. De ahí, también, que en esta cacería haya involucrado a otros hacendados del lugar. En su huida, oculto en el follaje, desde lo alto de las lomas, ha avistado como lo rastreaban las partidas de los hacendados; ha escuchado que éstos azuzan a gritos a sus capataces y a sus perros para que lo encuentren; ha oído como hacen apuestas sobre quien lo caza primero y sus pronósticos de cómo lo iban a matar. Lo perseguían en arreglo con don Álvaro, y con mucha animosidad, con la misma, con que, a fin de reducirlo por hambre, habían guarecido sus almacenes, cocinas y rancherías, con perros y con vigilantes a pie o a caballo; a tal punto que, no bien se acercaba de noche para robar alimentos o alguna ropa, escuchaba ladridos, estampidos de arcabuz, el relincho y trotar de caballos, y los mismos gritos de que le disparen a matar.

Persecución que por eso mismo le ha obligado a veces a replegarse, a veces a avanzar dando rodeos, a descansar lo necesario, a depender para todo de lo que encuentra en su camino, y a evitar cualquiera enfrentamiento pues se encuentra desarmado. Persecución de la cual, en realidad, no se habría mantenido airoso, de no haber sido por las enseñanzas que recibió de sus padres: un negro congo y una negra zaire. Don Álvaro los había comprado al capitán de un galeón negrero, en el Callao, y los trajo a la hacienda y los apareó. De esa unión nació él, y también el pacto que ellos juraron: el hijo de ambos no envejecería esclavo. De modo que mientras trabajaban apañando el algodón o en la vendimia; o mientras lavaban en el río; o cuando de noche se evadían al corral de la casa hacienda, a donde poco después los llevaron; es decir: en cualquier momento en que sabían que no eran vistos ellos lo adiestraban, y desde muy niño, con cuantos recursos trajeron del África o aprendieron de los indios para enfrentar una huida como ésta. Le enseñaron a cazar aves y otros animales del lugar, y a valerse de los frutos silvestres, de la raíces, de las hojas, de las cortezas, del barro, del agua, para según sea el caso, alimentarse, curar sus heridas, resguardarse del frío y del calor; asimismo le adiestraron a orientarse por los astros, a nadar, a borrar sus rastros, a correr, a esconderse, a atacar; pero, ante todo le enseñaron a desconfiar del hombre blanco, de esos hombres que habían usurpado esas tierras; de esos hombres extraños que profesaban una religión extraña, que adoraban a un Dios que ellos mismos habían matado; ese Dios, le habían dicho, es falso, los verdaderos dioses son: Olurún, Obatalá, Ochalá, Ogún Changó, Babalú Ayé, Yemayá, y demás Orichás…Y a ellos se encomendaba.

Es por eso que se mantiene airoso. Aunque, a decir verdad, en una ocasión se creyó vencido.

Ocurrió en la mañana de hoy, en que está corriendo, cuando a punto de ser atrapado (ya que no bien se libraba de una patrulla otra empezaba a perseguirlo) debió de atravesar ríos a nado, rebasar cultivos, tierras eriazas y montes, hasta llegar, hacia el mediodía, al rellano de una pendiente, donde, tras comprobar que nadie lo seguía, cayó exhausto, presa de escalofríos y de fiebre; entonces se sintió indefenso y se apoderó de él un insólito miedo, que no era para menos, cuanto más si a poco lo abrasó el delirio y con una velocidad y nitidez espantosas cruzaron por su mente escenas de su vida; en una (de aquellas que más lo atormentaron) vio que sus padres eran vendidos por don Álvaro, vio que con mucha rabia se enfrentó a los hombres de éste, y que lo redujeron a golpes, y que era azotado por su amo en el cepo hasta que se le abrieron las carnes; en otra, vio que la india era apaleada por el más fornido, despiadado y abusivo de todos los capataces españoles de don Álvaro, y además su hombre de confianza; vio que para amparar a esa india se trabó en una lucha desigual, pues mientras que su oponente portaba un facón, él se batía a manos limpias; vio que con suerte logró arrebatarle el arma y que con ella lo tendió de una estocada; pero, sin duda, la visión que más lo espantó no se refería a un hecho de su vida, sino a una aparición que inesperadamente empezó a padecerla, porque se vio tendido en ese rellano con los ojos puestos en una nube que se deformaba en imágenes caprichosas, y que de pronto se trocó en la silueta de un guerrero, o quizás un dios negro, gigantesco y extremadamente fornido, ataviado con pieles de fieras, con un collar de colmillos, con una imponente lanza en la diestra, con brazales de oro en forma de culebras, y con un enorme cuchillo ceñido a la cintura; vio que, ante esa colosal aparición, quiso incorporarse, gritar, huir, pero que su cuerpo no le obedecía; vio que aquella aparición hincó la rodilla en el suelo, posó la mano en la frente de él, y le hablaba con voz a la vez potente y afectuosa.

Al principio el ruido lo oyó como un chasquido, luego como un murmullo; pero no era ni lo uno ni lo otro: era la cuadrilla de don Álvaro; era don Álvaro que se acercaba cabalgando, con sus capataces e indios, y con sus perros. Abrió los ojos, recuperado ya de sus malestares y se incorporó de un golpe y viró; pero no vio a nadie. Pero el corazón se lo anunciaba. Corriendo subió el trecho que le faltaba de la pendiente; llegó a la cima; luego procedió a bajar la pendiente contraria, hacia el llano. Huía como tantas otras veces, solo que ahora, inusitadamente, corría con mayor velocidad, como si de pronto intuyera que empezaba el tramo más difícil, el decisivo en su huida, y que por lo mismo, del esfuerzo que desplegara para superarlo dependía que lo maten, o que ingrese en el bosque y sea un hombre libre; por eso es que ahora sólo le interese correr raudamente, mantener ese ritmo; de ahí que, ahora cuando está corriendo, aunque sintiera que le faltaba el aliento, que el pecho se le reventaba, que los músculos de sus piernas amenazaban con acalambrarse, que su cuerpo se untaba de sudor, que aunque sintiera todo eso, no debía detenerse, debía continuar evadiéndose por esa explanada de piedras, yerbas, árboles, totoras, barro, rocas; para luego subir la pendiente de esa loma que estaba frente a sus ojos, y proseguir hasta encontrar algún río, y meterse en sus aguas y avanzar en sentido del viento, y así burlar el olfato de esas bestias, de esos perros que lo seguían; y buscar luego, la boca de una cueva o el lecho de algún arbusto espeso, y tumbarse para descansar, aunque sea un momento, porque no bien se hubiera aliviado, y se creyera a salvo, sentiría el ladrido de esas bestias, el olor inconfundible que el viento le traería de ellas, y empezaría nuevamente a correr, hasta penetrar en el bosque, que no se encontraba lejos; para luego de atravesarlo, continuar su travesía hacia el norte, y antes de entrar en la Ciudad de los Reyes desviarse hacia Huachipa, a ese lugar donde se encontraba el palenque de negros libres.

Pero al llegar a la cresta de la loma quedó perplejo

Frente a sus ojos se encontraba el bosque, el ansiado bosque, y como le habían descrito unos comerciantes en la hacienda antes del bosque había una cuesta, y antes de la cuesta un río, y antes del río una pampa de pasto salvaje. Pero le asaltó de nuevo el presentimiento anterior y viró violentamente, y esta vez sí distinguió, con ojos alarmados, a sus perseguidores; vio que no solo lo seguía una partida, sino dos. Aunque imprecisamente, reconoce en una de ellas la silueta de don Álvaro. Lo reconoce por su cabello y barba color del bronce, y por su apariencia arrogante y baladrona: con la espada, el arcabuz, la ballesta, la faca, el trabuco. Sabe, también, que don Álvaro lo ha visto no solo por el modo como dirige a su patrulla, en coordinación con la otra, sino también por los disparos que efectúa. Disparos que a poco lo intrigan, porque don Álvaro es entendido en artillería, y sabe que él no se encuentra a tiro de arcabuz. Vuelve entonces la cabeza a diestra y siniestra, como si sospechara cuál era el propósito del hacendado, y se percata que, a lo lejos, en ambos extremos de la loma, otras patrullas, que ya lo han visto, se han movilizado para cerrarle el paso. Comprende ahora sí, con temor y amargura, que le han tendido una celada. Pero se reanima, y acto seguido calcula la distancia que lo separa del río, y del bosque; calcula la distancia que lo aparta de las patrullas que se aproximan, y de aquellas que se movilizan para darle el encuentro, y la posibilidad de que éstas lo intercepten. Concluye en que tiene pocas posibilidades de llegar al río, pero que aun así es su única oportunidad de sobrevivir; y empieza a correr, a bajar la falda de la loma a toda brida, endiabladamente, sin apartar las espinas de las zarzas y de los ramajes que le laceraban las carnes, y llega a la pampa y continúa corriendo con ese mismo ritmo que le hace sentir que pisa en el aire, que se eleva sobre las piedras y matorrales; con esa aceleración que amenaza, por el esfuerzo que despliega, fulminarlo en cualquier momento; pero le son indiferentes esos riesgos; así como también le son indiferentes los gritos de sus perseguidores, el infernal ladrido de la jauría y el retumbar de los cascos, el estampido de los arcabuces cuyos proyectiles los siente cada vez más cerca; nada de eso le interesa; solo le interesa llegar a la orilla, de la cual ya ve los matorrales rastreros; a esa orilla, bajo la cual, en la hondonada, se encuentra el río, puede escuchar ahora el rumor de las aguas; a esa orilla, por último, a la cual ha llegado.

A esa orilla, desde la cual, al cabo, salta al vacío.

Corría un ventarrón salvaje en la tarde turbia, y él siente, mientras lanza espantosos gritos, que en el aire se precipita inerme, bamboleándose, sin control. Luego al impactar contra el río se apodera de él un dolor inclemente; y así, espantado y adolorido, se hunde hasta las corrientes profundas. Pero lucha instintivamente contra estas corrientes y emerge. Se abraza entonces de un tronco que es arrastrado por las aguas lentas. El movimiento que hace le descubre una ligera efusión de sangre que mana de su brazo izquierdo, y eleva la mirada. Arriba, las patrullas que se desplazan a ambos flancos lo avistan. Escucha que don Álvaro ordena que le disparen a fuego graneado. Se oye el estampido de las armas y el silbido de los proyectiles. Pero él se da cuenta de que ahora todo era diferente: ahora no estaba a tiro de arcabuz ni de ballesta ni de lanza, ni al alcance de los perros. Aunque esta situación lo desconcierta, solloza de júbilo. El crepúsculo ya fenecía cuando braceó rápidamente hasta la orilla, repechó la cuesta y llegó al primer árbol. Allí, y en tanto recobra aliento, voltea y mira por unos segundos las sombras de las patrullas confundidas con la noche… Finalmente, vira, y sin más reparos, penetra en la completa oscuridad del bosque.

Cuento tomado del libro Historia del Jabón y los cuentos ganadores y finalistas XIII Bienal de Cuento “Premio COPÉ 2004”, publicado por PETROPERÚ

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