Llamado a algunos doctores
José María Arguedas (Marzo, 1966)
A Carlos Cueto
Fernandini y John V. Murra
Dicen
que ya no sabemos nada, que somos el atraso, que nos han de cambiar la cabeza por
otra mejor.
Dicen
que nuestro corazón tampoco conviene a los tiempos, que está lleno de temores,
de lágrimas, como el de la calandria, como el de un toro grande al que se
degüella; que por eso es impertinente;
Dicen
que algunos doctores afirman eso de nosotros; doctores que se reproducen en
nuestra misma tierra, que aquí engordan o que se vuelven amarillos.
Que
estén hablando, pues; que estén cotorreando si eso les gusta.
¿De qué
están hechos mis sesos? ¿De qué está hecha la carne de mi corazón?
Los ríos
corren bramando en la profundidad. El oro y la noche, la plata y la noche
temible forman las rocas, las paredes de los abismos en que el río suena; de
esa roca están hechos mi mente, mi corazón, mis dedos.
¿Qué hay
a la orilla de esos ríos que tú no conoces, doctor?
Saca tu
largavista, tus mejores anteojos. Mira, si puedes.
Quinientas
flores de papas distintas crecen en los balcones de los abismos que tus ojos no
alcanzan, sobre la tierra en que la noche y el oro, la plata y el día se
meezclan. Esas quinientas flores son mis sesos, mi carne.
¿Por qué
se ha detenido un instante el sol, por qué ha desaparecido la sombra en todas
partes, doctor?
Pon en
marcha tu helicóptero y sube aquí, si puedes. Las plumas de los cóndores, de
los pequeños pájaros se han convertido en arco iris y alumbran.
Las cien
flores de la quinua que sembré en las cumbres hierven al sol en colores; en
flor se han convertido la negra ala del cóndor y de las aves pequeñas.
Es el
mediodía; estoy junto a las montañas sagradas; la gran nieve con lampos
amarillos, con manchas rojizas, lanza su luz a los cielos.
En esta
fría tierra siembro quinua de cien colores, de cien clases, de semilla
poderosa. Los cien colores son también mi alma, mis infatigables ojos.
Yo,
aleteando amor, sacaré de tus sesos las piedras idiotas que te han hundido.
El
sonido de los precipicios que nadie alcanza, la luz de la nieve rojiza que,
espantando, brilla en las cumbres;
el jugo
feliz de millares de yerbas, de millares de raíces que piensan y saben,
derramaré en tu sangre, en la niña de tus ojos.
El
latido de míriadas de gusanos que guardan tierra y luz; el vocerío de los
insectos voladores, te los enseñaré, hermano, haré que los entiendas;
Las
lágrimas de las aves que cantan, su pecho que acaricia igual que la aurora,
haré que las sientas y oigas.
Ninguna
máquina difícil hizo lo que sé, lo que sufro, lo que del gozar del mundo gozo.
Sobre la
tierra, desde la nieve que rompe los huesos hasta el fuego de las quebradas,
delante del cielo, con su voluntad y con mis fuerzas hicimos todo esto.
¡No
huyas de mí, doctor, acércate! Mírame bien, reconoceme. ¿Hasta cuándo he de
esperarte?
Acércate
a mí; levántame hasta la cabina de tu helicóptero. Yo te invitaré el licor de
mil savias diferentes;
la vida
de mil plantas que cultivé en siglos, desde el pie de las nieves hasta los
bosques donde tienen sus guaridas los osos salvajes.
Curaré
tu fatiga que a veces te nubla como bala de plomo; te recrearé con la luz de
las cien flores de quinua, con la imagen de su danza al soplo de los vientos;
con el pequeño corazón de la calandria en que se retrata el mundo; te
refrescaré con el agua limpia que canta y que yo arranco de la pared de los
abismos que tiemplan con su sombra a nuestras criaturas.
¿Trabajaré
siglos de años y meses para que alguien que no me conoce y a quien no conozco
me corte la cabeza con una máquina pequeña?
No,
hermanito mío. No ayudes a afilas esa máquina contra mí; acércate, deja que te
conozca; mira detenidamente mi rostro, mis venas; el viento que va de mi tierra
a la tuya es el mismo; el mismo viento respiramos; la tierra en que tus
máquinas, tus libros y tus flores cuentas, baja de la mía, mejorada, amansada.
Que
afilen cuchillos, que hagan tronar zurriagos; que [a]masen barro para
desfigurar nuestros rostros; que todo eso hagan.
No
tememos a la muerte; durante siglos hemos ahogado a la muerte con nuestra
sangre, la hemos hecho danzar en caminos conocidos y no conocidos.
Sabemos
que pretenden desfigurar nuestros rostros con barro; mostrarnos así,
desfigurados, ante nuestros hijos para que ellos nos maten.
No
sabemos bien qué ha de suceder. Que camine la muerte hacia nosotros; que vengan
esos hombres a quienes no conocemos. Los esperaremos en guardia; somos hijos
del padre de todos los ríos, del padre de todas las montañas. ¿Es que ya no
vale nada el mundo, hermanito doctor?
No
contestes que no vale. Más grande que mi fuerza en miles de años aprendida; que
los músculos de mi cuello en miles de meses, en miles de años fortalecidos, es
la vida, la eterna vida mía, el mundo que no descansa, que crea sin fatiga; que
pare y forma como el tiempo, sin fin y sin principio.
Marzo, 1966.
