EL FALLECIMIENTO DE
ABRAHAM VALDELOMAR
Detalles de su viaje,
de su fallecimiento y de la ceremonia de sus funerales
(De La Reforma de
Ayacucho, de 6 de noviembre)
El distinguido diputado regional por la provincia de Ica, uno de los
espíritus más cultos y altruistas, soñador infatigable; poeta netamente
peruano, pues todas sus composiciones tienen un sabor nacionalista que les da
un sello peculiar, una originalidad característica, Abraham Valdelomar, ha
muerto.
Nuestra labor de cronista nos pone al margen de apreciaciones que no
sean simplemente informativas; otros más preparados que nosotros harán la
apología del distinguido escritor, que al bajar a la tumba ha cubierto con
negro crespón las letras peruanas, dejando en ellas un vacío no difícil, sino
imposible llenarse.
Su
viaje de Lima a Huancayo
El señor Valdelomar, deseoso de conocer la ciudad de Ayacucho, la
histórica Huamanga, como él lo decía, no vaciló en emprender viaje a la ciudad
de Huancayo, tomando el tren en la estación de Desamparados, donde fue
despedido por numerosos amigos y miembros de su familia; durante el trayecto
viajó sin la menor novedad hasta la estación de Ticlio, cerca del túnel de
Galera, punto más elevado de la línea del Ferrocarril Central, donde cogió un
fuerte soroche, llegando a Huancayo en malas condiciones, resolviendo regresar
a Lima, porque temía que el soroche en la puna de Alto Pongo, que tenía que
atravesar, fuera para él de funestas consecuencias; pero las insinuaciones de
sus compañeros de viaje, las bromas de sus amigos y la imperiosa presión del
cumplimiento del deber, pesaron más en su ánimo batallador que los peligros del
viaje, y así resolvió continuar su marcha a esta ciudad.
De
Huancayo a Ayacucho
Efectivamente, el lunes 27 de octubre, a las 8 de la mañana, salían
de Huancayo, sin ningún inconveniente. A poco más o menos leguas de esa ciudad,
Valdelomar sufre otro accidente: la bestia en que cabalgaba lo tumba,
felizmente sin consecuencias; pero produce ingrata impresión en el ánimo del
ilustre viajero, y empieza en su alma a germinar el temor a la muerte; es desde
este lugar que tiene un funesto presentimiento, que yendo en aumento culmina en
Tablachaca, donde echado sobre un pellón, dice a sus compañeros con el alma
apenada: "Qué fuese que me muriese aquí", uno de ellos, que profesa
un especial afecto por su compañero de viaje, toma en broma las palabras del
escritor, y tratando de disipar las penas de su alma, le contesta: "Qué
más quisieras. Tú eres excéntrico, bohemio; te haríamos un entierro digno de ti:
taladraríamos esa roca, esa peña viva la cavaríamos sepultándote en sus
entrañas, y pondríamos el siguiente epitafio: Aquí yacen los restos del Conde
de Lemos, que murió de flojo". Ocurrencia que causó hilaridad y tuvo la
virtud de variar al preocupado espíritu del viajero.
Valdelomar
en Marcas
En este lugar que, como saben nuestros lectores, está a un día de
camino de Ayacucho, los viajeros descansaron, con el fin de almorzar.
Valdelomar se retiró por breves instantes de sus compañeros y volvió
profundamente preocupado: estuvo largo rato con la mirada fija y hablando
consigo mismo; en seguida pidió flores, las puso alrededor de su cama y se echó
a dormir breves momentos; después despertó y manifestó a sus compañeros el
deseo de quedarse hasta el siguiente día, con el fin de escribir, pero éstos,
lejos de acceder a ello, lo obligaron a continuar el viaje, y así, sin ningún
otro accidente, llega a esta ciudad el viernes 31 a las 4 y media de la tarde,
en medio de crecida cabalgata, pues numerosos amigos de los viajeros habían
salido a recibirlos hasta las afueras de la ciudad.
Valdelomar
en Ayacucho
Desde su llegada a la ciudad, el ilustre escritor es objeto de la
simpatía de las diversas clases sociales que acuden a su alojamiento del hotel
Cosmopolita a darle la bienvenida, muy en especial los numerosos amigos con que
contaba el extinto en esta ciudad; pronto se ve, pues, rodeado de amigos y
admiradores, a quienes ofrece desarrollar un vasto programa de conferencias,
adecuadas a las diferentes capas sociales. En la noche se instalaba la primer
junta preparatoria. Valdelomar es elegido secretario del congreso. Antes de su
elección, con la gentileza que caracterizó siempre todos sus actos, expresó en
términos sencillos y elocuentes el saludo de la ciudad de Ica a la de Ayacucho,
recibiendo una gran ovación al finalizar su bello discurso. El 1° del presente,
al día siguiente de su llegada, se instala el congreso; y Valdelomar, en su
calidad de secretario, da lectura al decreto de convocatoria; se nota en él
suma nerviosidad; uno de sus compañeros de cámara le hace notar esta
circunstancia; Valdelomar sonríe con tristeza de impenetrables alcances.
Concluida la ceremonia de instalación y desfile de las fuerzas se dirige a su
alojamiento y manifiesta su deseo de conocer un farmacéutico; pocos instantes
después, llega un oficial a invitarlo a comer, en nombre del coronel Bonilla.
Valdelomar pide su capa y se la pone; pero acto continuo la rechaza
y encarga al empleado le lleve al hotel donde va a comer; su estado de
nerviosidad se hace, una vez más, visible. En seguida se dirige al hotel, donde
el oferente le esperaba; saluda a todos los presentes; se sienta inquieto,
mortificado; después manifiesta su deseo de salir por breves instantes al
interior del establecimiento, y así lo hace, acompañado por un oficial, que lo
condujo hasta la puerta que da comienzo a la escalera trágica; allí se detiene
y dice a su compañero que agradece su compañía y le manifiesta su deseo de
quedar solo, ofreciendo volver en el acto a la mesa donde lo esperan a comer.
Valdelomar
es hallado tendido en la escalera
Como transcurriese largo rato y el escritor no apareciese, se dirige
el dueño del Hotel Bolognesi al lugar donde había sido conducido momentos
antes, y con gran sorpresa, halla a Valdelomar tendido de espaldas en la
escalera y quejándose de fuertes dolores en la columna vertebral;
inmediatamente da aviso y es recogido con todo cuidado por todas las personas
que se hallaban en el hotel y conducido a una de las habitaciones, donde acuden
en el acto los médicos doctores Alarcón, jefe de la sanidad militar; García del
Barco y Canales. Estos facultativos desde el instante en que lo vieron
manifestaron que el caso era grave y que harían lo posible por salvarlo.
Efectivamente, pocos instantes después, comienza a apoderarse la fiebre del
paciente; sus extremidades inferiores no funcionan; tampoco los órganos
principales de la digestión y vejiga; frecuentemente siente que se ahoga,
delira; su estado es gravísimo.
La noticia de su caída cunde rápidamente en toda la ciudad; todas
las clases sociales, sin distinción alguna, acuden frecuentemente a informarse
de la salud del huésped distinguido, cuya vida preciosa se agota a cada
instante; sin que los cuidados de los médicos y las atenciones de toda la sociedad
sean suficientes para salvarlo de la muerte.
Como la gravedad del enfermo requería cuidados esmerados, imposibles
de verificarse en un hotel, el presidente del congreso Dr. Velarde Álvarez, que
desde el primer momento se preocupó de dictar todas las medidas que el caso
requería, consiguió la traslación del paciente a la casa contigua, ocupada por
el señor Huarote Ayvar, quien con toda gentileza accedió a la petición del
presidente del congreso. En este local se constituyó una de las enfermeras que
presta sus servicios profesionales en el hospital de San Juan de Dios y que fue
enviada por el director de la beneficencia, señor Alberto Arca; también se
constituyeron dos soldados de la sanidad militar, y los señores representantes
acordaron relevarse por turno, de día y de noche, para atender a las
necesidades y cuidados del enfermo.
Valdelomar
fallece
A las 2 de la tarde del día 3, anotaba una ligera mejoría, que causó
grata impresión en los presentes; el enfermo pidió leche, y mientras la traían
uno de sus compañeros de cámara le dijo que estaba muy mejor, a lo que contestó
el escritor con profunda convicción: "No, estoy muy grave; yo me
muero". Efectivamente, instantes después le sobrevenía fuerte ronquera,
perdía el conocimiento, ya no se daba cuenta de la leche que le hacían beber, y
cinco minutos después sin los crueles estertores de la agonía, sin un
movimiento, transponía el umbral de la vida y penetraba en los obscuros e
insondables arcanos de la muerte, dejando tras sí una senda llena de glorias,
llena de ejemplos, de abnegación, fe, patriotismo e idealismo dignos de
imitarse.
En el instante en que el médico declaró que Valdelomar era ya
cadáver, todos los presentes: representantes a congreso y particulares,
sintieron la más profunda pena: pálidos, inmóviles, como si aún dudasen de la
amarga realidad que tenían a la vista, permanecían fijas las miradas en los
restos venerables del camarada querido, que de manera trágica los dejara cuando
en su talento y patriotismo tenían cifradas grandes expectativas de colaboración
en el seno del congreso.
La fatal noticia se esparció inmediatamente en la ciudad entera; la
más profunda pena se notaba en todos los semblantes de los transeúntes, que
acudían presurosos a cerciorarse de la amarga e irremediable realidad, al mismo
tiempo que las campanas de toda la ciudad doblando a muerte con sus tristes
tañidos, comunicaban a todos los ámbitos de Ayacucho que una terrible desgracia
se cernía sobre la ciudad; que acababa de bajar a la tumba uno de sus más
ilustres huéspedes.
A la casa donde yacían los restos inanimados del Conde de Lemos
acudían infinidad de personas, presas de profundo dolor; pero llevando todavía
en el corazón un rayo de esperanza, esperanza que pronto se disipaba ante la
terrible realidad.
La
sesión de congreso
A las 3 de la tarde se reunió el congreso con asistencia de todos
sus miembros.
El presidente, doctor Francisco Velarde, dio cuenta al congreso, en
frases sentidas, el fallecimiento del diputado por Ica, y levantó la sesión en
señal de duelo, no sólo el del fallecimiento, sino también los subsiguientes,
hasta el día de la inhumación de los restos del malogrado representante.
La
conducción de los restos al local del congreso
Desde el instante en que se realizó el fatal desenlace, se empezaron
a tomar las medidas indispensable para proceder a la conducción de los restos
al local del congreso. Los compañeros de viaje del malogrado poeta acordaron
conducir el cadáver en hombros al local del congreso; pero la juventud
ayacuchana, que había tomado igual acuerdo, mandó una comisión a suplicar a los
señores antes mencionados tuvieran la gentileza de acceder a que ese honor
cupiese a la juventud ayacuchana, petición que fue atendida. Efectivamente, a
las 8 de la noche era colocado en el ataúd, vestido de rigurosa etiqueta, el
cadáver de Valdelomar; a las 9 p.m., la casa mortuoria se encontraba atacada de
un gentío enorme, que, sin distinción de clases sociales, había acudido a la
ceremonia de traslación de los restos. A las 10 de la noche salió la caja
mortuoria, conducida por la juventud ayacuchana en medio de un acompañamiento
jamás visto en Ayacucho: escoltaba una compañía del regimiento de caballería
No. 7, con banda y bandera, hasta el local del congreso, donde fue colocado en
una severa capilla ardiente, estableciéndose inmediatamente la guardia de honor
de gran parada y el turno de sus compañeros de cámara.
El
embalsamamiento
A las 9 de la mañana del día 4 se procedió por los médicos doctores
Demetrio García del Barco y Fortunato Canales, al embalsamamiento del cadáver,
acto que fue presenciado por una comisión especial de la cámara y por algunas
personas interesadas en conocer el resultado de este acto. El embalsamamiento
fue llevado a cabo con el más absoluto acierto y escrupulosidad, por los
profesionales mencionados; del resultado daremos cuenta en nuestro próximo
número, pues aún no ha sido elevado el informe respectivo de los facultativos.
En este acto también fue sacada la máscara del malogrado
representante, por uno de los artistas de esta ciudad, que a decir de personas
entendidas en esta materia, realizó un trabajo perfecto digno del merecido
elogio. Terminado el embalsamamiento; fue nuevamente vestido en traje de
etiqueta y colocado el cadáver descubierto en el catafalco donde permaneció
hasta el momento de su traslación al templo de la catedral.
Los
aparatos florales
Una prueba elocuente de la manifestación del pesar intenso que ha
sentido toda la sociedad ayacuchana con la desaparición de Valdelomar, es sin
duda alguna la gran cantidad de aparatos florales que se han remitido a la
capilla ardiente y cuya relación damos en otro lugar; siendo de admitir que
para la construcción de coronas y cruces se han tenido que salvar grandes
dificultades; porque con motivo de la romería al cementerio el día 3 se habían
casi agotado las flores en los escasos jardines con que cuenta Ayacucho.
La
traslación de los restos
Desde las primeras horas de la mañana del día 5 se notaba gran
movimiento en la población ayacuchana que se preparaba a asistir en masa a la
traslación de los restos al cementerio general. Efectivamente; a las 9 de la
mañana llegaban los representantes y la comisión de policía del congreso, en
traje de rigurosa etiqueta, la corte superior; en comitiva oficial; el
comandante general, prefecto accidental del departamento, jefes y oficiales
francos de la guarnición, cabildo eclesiástico, comisiones especiales de la
municipalidad, beneficencia, junta departamental, club "9 de
Diciembre", sociedad de obreros, en corporación con su estandarte e insignia,
y todas las clases sociales sin distinción alguna. A las 9 y minutos de la
mañana se inició el desfile, que presentaba un imponente golpe de vista como
jamás ha presenciado Ayacucho; las calles se hallaban absolutamente
congestionadas de concurrentes, los balcones del tránsito totalmente ocupados
por el bello sexo ayacuchano; que al paso de los restos ilustres depositaban
una lágrima como último homenaje de su afecto y pesar.
Al llegar a la Plaza de Armas, las fuerzas del ejército, que se
encontraban formadas de gran parada, en todo el cuadrilátero, a las órdenes del
teniente coronel don José Vallejo, comandante del regimiento de caballería,
número 7, recibió el ingreso de los restos tocando la marcha fúnebre
respectiva. En el trayecto tomaron las cintas el prefecto del departamento, el
presidente de la corte superior, el comandante general, presidente del congreso
y los representantes y personas visibles de la localidad. En la catedral fue
recibido por todo el cabildo eclesiástico, presidido por el señor obispo de la
diócesis.
Concluida la ceremonia fúnebre en la catedral, se trasladaron los
restos al cementerio general; el ataúd fue conducido por la juventud que, como
hemos dicho anteriormente, había solicitado se le diese la preferencia para su
conducción. Al salir el ataúd de la catedral, la Plaza de Armas presentaba un
imponente golpe de vista por el enorme gentío de todas las clase sociales
congregado con el fin de tributar su último testimonio de afecto al noble
extinto. A los acordes de la marcha fúnebre fue conducido a su última morada el
ya inerte cuerpo del insigne escritor, del prosador inimitable. Durante el
trayecto y en las esquinas que median entre el Parque y la Buenamuerte,
hicieron uso de la palabra las siguientes personas: Señor Velit, diputado regional
por Chincha a nombre del congreso; señor Hernández diputado por Lima, a nombre
del mecenazgo y del Ateneo; diputado por Lima, a nombre del periodismo y del
Ateneo; alcalde de Ayacucho, director de Beneficencia, señor Alberto Arca,
señor Escribens, diputado por Lima, señor Castro, diputado por Huancavelica,
doctor Sánchez Palacios, diputado por Canta, señor Manuel Bustamante, director
del centro escolar, normalista, señor Gustavo Castro.
La mayoría de las personas siguieron hasta el cementerio general,
donde guardaron inhumados los restos del extinto, y que serán guardados por la
sociedad ayacuchana, con fervoroso culto cual merecen los restos del soñador e
idealista infatigable.
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